LITERATURA

El mundo de Mary Shelley, la creadora de Frankenstein


Se publica en Bolivia el libro de la argentina Esther Cross La mujer que escribió Frankenstein, con el sello Mantis de la editorial Plural. Una mirada a la vida de Mary Shelley y al mundo que la rodeaba

Esther Cross, la autora de La mujer que escribió Frankenstein, que se presentará en la próxima feria del libro de Santa Cruz. Foto de abajo: portada de la edición boliviana del libro, editado por Mantis
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26/05/2018

Mary Shelley está en el cementerio, su padre la lleva con frecuencia a visitar la tumba de su esposa, que a la vez era la madre de Mary. En este lugar la niña aprovecha a practicar la lectura leyendo las lápidas. Con el tiempo, el cementerio se convierte en uno de sus lugares favoritos. Ahí se pasa horas con los libros que escribieron sus progenitores, los filósofos William Godwin y Mary Wollstonecraft. 

Los cementerios son una especie de tesoro pirata en esa Inglaterra de comienzos del siglo XIX. Los médicos y las universidades necesitan muchos cadáveres para formar a nuevos especialistas y para encontrar la cura de nuevas y viejas enfermedades, lo que provoca un enorme tráfico de cuerpos. Una vez concluido un funeral, la familia del difunto tiene que estar atenta para que no profanen su último aposento y sea sujeto a prácticas despiadadas en nombre de la ciencia.

Mary Shelley va creciendo y absorbe todo lo que sucede a su alrededor. Sabe lo que hacen los médicos, sabe de lo que sucede con los cadáveres, también, le gusta mucho escribir. Un día, después de un juego de retos con su esposo y amigos, cuando tenía 18 años, empieza la que se considera la primera novela de ciencia ficción de la historia: Frankenstein o el moderno Prometeo. 

Mary creadora de monstruos

La vida de Mary Shelley la cuenta de gran manera la escritora argentina Esther Cross en La mujer que escribió Frankenstein, un libro de no ficción que llega a Bolivia gracias al sello Mantis.

Cross lee en una ocasión que Mary guardaba el corazón de su marido -el poeta Percy Shelley- envuelto en un poema. Ese dato es el disparador de una búsqueda que llevará a la autora a investigar, a delinear la figura de una Mary Shelley errante por el mundo, con hijos que nacen y mueren, con esposo y amigos que mueren jóvenes, con la familia loca.

“Virginia Woolf se preguntó cómo sería  la biografía de un escritor contada desde el punto de vista de lo que ese escritor ve desde su ventana. En el caso de Mary Shelley, lo que había fuera de la ventana tuvo una importancia tremenda. Pero lo excepcional fue su reacción, su respuesta, su obra,  esta novela que finalmente definió a su época.  ¿Quién era cuando tenía dieciocho años y se le ocurrió escribir esta historia? La clave de no ficción me parecía  la mejor perspectiva, la mejor manera de acercarme.  Todo lo que leía superaba la ficción”, señala Cross. “Frankenstein es además una novela de una gran libertad narrativa: hija del romanticismo, novela epistolar, pionera de la ciencia ficción, reinvención gótica, una novela inclasificable, en fin, de una libertad narrativa sorprendente”, agrega.  

En La mujer que escribió Frankenstein hay pasajes médicos de esa época terribles, como el de la operación de extirpación de un seno a la escritora Fanny Burney, contado con sus propias palabras. Son textos que a pesar de su crudeza dejan filtrar un halo de belleza en ellos. “Cuando estudiaba  Psicología en la universidad, leía, además de ese gran escritor que fue Freud,  tratados de siquiatría.  Los leía fascinada porque eran en sí mismos bellos y terribles.  Con pocas palabras y sin rodeos, relataban procesos misteriosos, increíbles. En los libros de Foucault admiraba las citas provenientes de otros campos, insertas en medio de sus ensayos a modo de ejemplo.  Y  ahora,  mientras leía pensando en el libro, tantos años después, me pasó lo mismo. Más allá de la información que suministraban, los libros de medicina, algunos informes, los manuales de anatomía, podían editarse como literatura. Breve: lo tenía pensado pero superó mis expectativas”, dice la autora de novelas como  El banquete de la araña.

El libro sigue a la muchacha gótica y a su esposo por todos sus viajes, habla de las deudas que contraían y cómo escapaban -de manera literal- de ellas. Hay varios capítulos dedicados al hereje de Percy (cuando murió, un periódico inglés escribió “Shelley, autor de poesías ateas, murió ahogado. Ahora podrá enterarse de si Dios existe o no”), que dejó viuda a Mary a sus 24 años; otro capítulo a los mecanismos que inventaban las funerarias para evitar el robo de los cadáveres. Y otro capítulo donde Shelley puede ver su novela adaptada al teatro:

“[Mary]se dio cuenta del éxito que tenía su novela.  Cuando volvió a Inglaterra en 1822 y fue a ver una adaptación de su novela al teatro, ella misma escribió sorprendida, en una carta: ‘soy famosa’.  Cuando enviudó, y todavía estaba en Italia, su padre le escribió  para que volviese a Inglaterra. Le decía que podría mantenerse con su escritura, que confiara en su talento, que Frankenstein era uno de los libros más importantes de los últimos tiempos, aunque también  aclaraba que no era para todo el mundo. No sé si Mary Shelley tuvo noción de la importancia del libro, de su magnitud, de que se convertiría en un clásico”, apunta Cross. De lo que sí está segura la autora de La mujer que escribió Frankenstein, es de que la “horrible progenie”-como la misma Mary llamó a su monstruo- cumplió con el pedido que ella le hace en el prólogo de la tercera edición: salió al mundo y ha prosperado.