BRÚJULA

Entre el realismo y la magia: un paseo por la Cartagena de Gabo


En esa ciudad, Gabriel García Márquez incursionó en el periodismo y escenificó dos dos de sus novelas. Su hermano Jaime muestra los sitios icónicos en la vida del escritor

En la ciudad costera, Gabo creó la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano
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14/04/2018

En Colombia hay un García Márquez que le hace más a los números que a las letras. Jaime, el hermano menor y ahijado de bautizo de Gabito (como el mismo le llama), es un ingeniero retirado que vive en Cartagena de Indias a la sombra de las escenas que aparecen en El amor en los tiempos del cólera y Del amor y otros demonios.

Es un atardecer de marzo y Jaime está sentado, con las piernas cruzadas, en uno de los sillones de la Fundación Para el Nuevo Periodismo Iberoamericano frente a un grupo de periodistas latinoamericanos. Viste de blanco de pies a cabeza: mocasines recién lustrados, calcetines estirados hasta media pantorrilla, pantalón y camisa de lino con las mangas remangadas. 

Cuando terminan de presentarlo, se levanta para encabezar el recorrido por la ciudad amurallada que su hermano amó, en la que se hizo periodista y a la que volvió escenario, con nombre propio, de dos de sus novelas.

Antes de contar el idilio de Gabito con Cartagena, Jaime advierte que “la peste del olvido” lo está por agarrar y que hay muchas cosas que ya no recuerda. “Éramos once hermanos, yo soy el quinto o sexto de abajo para arriba, pero no estoy seguro porque esa contabilidad nunca la he hecho”, confiesa con humor.

La caminata inicia en la calle San Juan, frente a una casa blanca de dos pisos que en 1948 fue la redacción del diario El Universal, donde Gabriel García Márquez, que acababa de abandonar la carrera de Derecho en Bogotá, adquirió el pulso de un escritor. En mayo de ese año, Gabo publicó su primer reportaje Los habitantes de la ciudad y con él despegó una de las carreras periodísticas más importantes de América Latina.

El hombre que hizo del reportaje una pieza de literatura, terminaba sus jornadas laborales en un bar. Jaime muestra el lugar donde había una bodega a la que Gabo y sus colegas iban después del cierre de cada edición. Confiesa que muchas de las historias plasmadas en las novelas están inspiradas en las conversaciones que corrían, entre ron y ron, en aquel local de la plaza San Pedro. “Gabito le sacaba el jugo a los cuentos de sus amigos y tomaba notas de ellos, ahí comenzó a calentársele el brazo”, recuerda Jaime.

Mientras avanzamos por las calles estrechas y coloridas del centro cartagenero, algunos guías de turismo lo señalan al pasar: “el señor de blanco que está allá es el hermano de Gabriel García Márquez”, y no falta quien que se acerca unos pasos para tomarle discretamente una foto.

El rastro en la memoria
A los 77 años, a Jaime lo persigue el olvido y cuando no recuerda algún dato relevante dice con la mirada pícara de un niño que sigamos avanzando mientras él le busca “la quinta pata al gato”, y así saltamos de tema en tema, de cuadra en cuadra. 

Pero el odio y el amor fijan memorias que el olvido no puede arrastrar. Jaime siempre recordará la vez que Mario Vargas Llosa golpeó a su hermano, y no dejará de enfurecerse cada vez que le vuelva a la memoria.  Tampoco olvidará el día en que se enteró que su hermano había ganado el premio Nobel de Literatura en 1982: era temprano por la mañana y él iba caminando por la calle cuando un vehículo “frenó de golpe, dio retro y el conductor me dijo ‘mira lo que están diciendo de tu hermano’ y me mostró un periódico en el que decía que Gabito había ganado el Nobel... yo quedé turulato”, relata con una emoción tan grande que pareciera que acaban de darle la noticia.

Una noche con Woody Allen
Gabriel era 13 años mayor que Jaime, que había nacido con apenas seis meses, y era su padrino de bautizo. Cuando Jaime era pequeño, Gabo dejó la casa familiar  y se fue a Bogotá, luego a Cartagena y más allá. 

Pero la vida los volvió a encontrar en muchos lugares. Uno de ellos fue Nueva York, a donde Gabo los invitó a él y a su esposa a una cena en la que estaría Woody Allen, de quien Jaime se considera un “hincha furibundo” y  por quien venció su pánico a volar, luego de tomarse “un par de tragos contra la cobardía”.

De esa noche recuerda que llevaba una cámara fotográfica con él pero no se atrevió a utilizarla porque a Gabriel no le gustaban las fotos. Ya en casa, le había contado que no los fotografió porque temía que se molestaran. “Pues claro que yo te hubiera reprochado, pero al menos ya teníamos la foto con Woody”, le había dicho Gabo entre risas.

Las anécdotas de la vida real y la ficción terminan de noche en un café cerca de la Torre del Reloj, donde un perro rabioso mordió a Sierva María de Todos los Ángeles y comenzó en la imaginación de Gabo, Del amor y otros demonios.

A lo largo de la noche, Jaime dice varias veces que él es el único García Márquez al que no le gusta escribir y el único que prefiere los números. Sin embargo tiene una  habilidad narrativa que no pasa desapercibida. Cuando se le hace el comentario, antes de la despedida, dice con humildad: “yo no escribo ni cartas de amor, pero mi mamá decía que las hablo”.



 




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