BRÚJULA

Héctor Feliciano y el negocio del arte robado en el mundo


Feliciano, autor de El Museo desaparecido (sobre el arte robado por los nazis), ha investigado y destapado una entramada red de corrupción en torno a este negocio, sobre el cual afirma es tan grande como el de las armas y las drogas

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03/11/2018

Durante la Segunda Guerra Mundial, los nazis organizaron un plan destinado al robo sistemático de obras de arte en los países europeos. Esas obras les fueron sustraídas a muchas familias judías, a coleccionistas y museos con el fin de engrosar el museo que Hitler planeaba crear en Alemania. Una vez concluida la guerra, miles de esas piezas nunca volvieron a sus dueños o herederos hasta que en los años 90 el periodista puertorriqueño Héctor Feliciano inició una larga investigación, en la que recuperó documentos, entrevistó a testigos y víctimas de ese expolio y destapó una entramada red de corrupción, complicidades y silencios no solo de particulares, sino también de museos e instituciones que mantenían como propias algunas de esas obras.

El resultado de esa labor lo plasmó en el libro El Museo desaparecido, que ha ayudado a devolver muchas obras a sus legítimos dueños. Feliciano estuvo semanas atrás en Santa Cruz de la Sierra para contar detalles de esa investigación en la IV Conferencia con Periodistas Expertos, organizada por el Banco Bisa. Durante su visita, el periodista contó sobre su labor a Brújula.

Ya han pasado varios años de la publicación de El Museo desaparecido. ¿Es ya un caso cerrado?

No, es un tema que sigue. Al año hay de 10 a 15 obras que se recuperan y esto va a continuar, mientras haya hijos y nietos vivos de los verdaderos propietarios, porque ya con los bisnietos, es algo más complicado. Calculo que se seguirán recuperando obras unos 10 a 15 años más.

¿Cuántas obras fueron las que se recuperaron después de la publicación de su libro?

Más de 60.000 piezas, entre pinturas, esculturas, dibujos y otros objetos recuperados.

¿Qué dificultades hay para recuperarlas?

Es complicado porque la persona tiene que demostrar que es dueña de la obra y en aquella época, al huir del país o ser arrestados, no se llevaban el certificado de propiedad, por eso casi siempre tienes que ir a una corte de justicia en cualquier país. Entonces, hasta que haya un veredicto pueden pasar de dos a siete años. No es tan fácil, aunque haya un inventario de confiscación nazi, que lo hay, donde se describe el cuadro. Los abogados de la parte contraria pueden decir “bueno, usted lo recuperó y luego lo vendió”. Mientras haya abogados, hay mucha complicación.

¿Cuál fue el origen de su investigación?

Yo era corresponsal en Europa y estaba haciendo un artículo sobre arte y estaba entrevistando a un francés jubilado del mundo del arte. Al finalizar la entrevista, que era sobre otro tema, él me hace una pregunta retórica: ¿usted sabe que hay muchas obras de arte robadas por los nazis, las cuales han desaparecido? Y a mí eso me intrigó, porque destruidas tal vez había muchas, pero desaparecidas… Me pareció un tema fascinante y en los días siguientes, ya por mi cuenta, empecé a buscar archivos y a hablar con personas en París. Eso originó el libro.

¿Lo demandaron por realizar estas investigaciones?
 

Sí. Yo encontré los manuscritos del medievo que pertenecían a una familia en París, pero estaban en manos de un marchante de arte de Nueva York. Los herederos del propietario original le hicieron el reclamo, pero él sabía que el que originó el reclamo fui yo. Entonces, para él era importante desprestigiarme. Si lo lograban se caía el caso. En esa época yo estaba viviendo en Nueva York, pero me demandaron en París, porque allá las leyes de difamación son mucho más estrictas. Tan pronto lo sé, lo divulgué con mis amigos de la prensa y el tema se conoció en Nueva York y a ellos se les complicó la vida, pero aun así estuve cuatro años demandado. Gané, pero como periodista tienes que luchar hasta el final, porque puede haber una decisión, por un detalle técnico, y se cae toda tu investigación.

¿Quiénes fueron los gestores de este robo sistemático de las obras de arte?

La razón de que haya una confiscación de obras de arte es porque Hitler, de entre todos los líderes políticos de la época (Mussolini, Franco, Stalin), era el único que se interesaba realmente en el arte. Bueno, algo le interesaba a Churchill, que pintaba los domingos y le prestaban cuadros impresionistas para que los imitara, pero al que realmente le interesaba mucho, desde muy joven, era a Hitler, que intentó ingresar a la escuela de Bellas Artes de Viena, a los 16 años, pero no pasó el examen, luego intentó en la escuela de Arquitectura y tampoco aprobó. Desafortunadamente no logra ingresar, porque quizás hubiera sido un mal pintor y nada más y no habría seguido los caminos que lo llevaron al poder. Pero él se interesó toda la vida en el arte, tanto es así que en 1945, antes de suicidarse, escribe un testamento y hay una sola cosa que deja al pueblo alemán y es su colección de arte.

En Mi Lucha, Hitler también le dedica un capítulo al arte germánico...

Sí, y también habla del arte degenerado. Él dice que este arte es producto de mentes degeneradas y para él son el cubismo, el surrealismo y el dadaísmo. Hitler se encargó de diseñar las banderas nazis, los uniformes de la SS y varios edificios. Él se consideraba un dibujante, excepcional, y lo decía.

¿Cuando llegan a Francia ya tenían la idea de apropiarse de las obras de arte?

Incluso mucho tiempo atrás. Antes de comenzar la guerra, Hitler reunió en Alemania a varios historiadores de arte para hacer una lista de todas las obras que habían sido, según él, robadas a los alemanes en las guerras desde la Edad Media. Él tenía una lista que incluía obras que estaban en el Museo Metropolitano de Nueva York y la British Gallery, en Londres, pero la primera etapa fue confiscar las de los judíos, los masones y los opositores políticos.

Esa idea del arte superior germánico ¿era consensuada o fue impuesta?

Cuando Alemania pierde la Primera Guerra Mundial, el nacionalismo crece más. Hitler lo que hace es tomar algunas ideas que ya están en el aire. La idea de que el arte alemán es el mejor viene de principios del siglo XIX; Johanna Schopenhauer, la mamá del filósofo, era una historiadora del arte y es la primera que escribe acerca del arte germánico. Ella destaca que hay un genio alemán. Hegel es otro que le da importancia al genio alemán. Todo eso es como un gran río que va a desembocar en Hitler, a nivel cultural, y es él el que va a proyectar todo eso. Tal vez no haya habido un consenso general, pero sí había una especie de caldo de cultivo en el que la gente veía con buenos ojos que el arte alemán sea la cúspide de todo el arte occidental.

Por qué no destruyeron el ‘arte degenerado’, si era tan despreciado?

Eran nazis, pero no eran bobos (risas). Es decir, puede que para ellos no hubiesen tenido valor, pero se dan cuenta de que esas obras tienen un valor comercial, sobre todo Hermann Goering, el segundo al mando después de Hitler. Todo eso era un proyecto secreto y ellos venden las obras de las consideradas degeneradas en lugares como Suiza, donde para pasarlas por la frontera utilizaban las valijas diplomáticas.

¿Se sabe cuántas obras fueron las robadas?

Como 100.000 obras en Francia, que es el país más saqueado, pero si se incluye Europa oriental hablamos de 300.000, incluyendo monumentos. Los nazis tenían una política hacia Europa oriental distinta porque la mayoría son países eslavos y ellos los consideraban inferiores y quisieron destruir esa cultura. Es por eso que destruyeron muchas de las iglesias, castillos y monumentos en Rusia, Ucrania y Polonia.

¿Algo de ese arte robado llegó a Latinoamérica?

Entre 1939 y 1945 hubo un sistema de triangulación de las obras robadas en la que Argentina tuvo un rol importante. Desde Alemania e Italia salían barcos con arte robado que era llevado a Buenos Aires, lo bajaban de esos barcos y lo subían a otros con destino a Nueva York, y claro cuando se preguntaba el origen de las obras decían que venían de Buenos Aires.

¿Es cierto que el negocio del arte robado es tan grande como el de las armas y las drogas?
Hay tres mercados que no están regulados en el mundo: uno es del arte. Junto con los armamentos y las drogas, son los tres grandes mercados de los que no hay ningún tipo de regulación. Y sí, el negocio del arte robado es tan grande como el de las armas y las drogas.

¿Por qué no funciona una regulación?
Porque tienes que tener países que quieran hacerlo, hay gente con mucho poder que no le interesa.

Los casos más dramáticos y recientes han sido los saqueos de obras de arte en Irak y en Siria ¿Qué opina de esos casos?
Cada vez que hay guerras o disturbios, siempre hay alguien que se va a aprovechar y en Irak, Afganistán y ahora Siria lo ha hecho. Muchas piezas robadas pasan por Israel, Londres y Estados Unidos, que no ha firmado un tratado muy importante de la Unesco acerca del resguardo de las antigüedades, porque los intereses comerciales allá priman y eso quiere decir que el mercado va para allá, donde no lo regulan.

“Gabo era como Mick Jagger”
Héctor Feliciano conoció a Gabriel García Márquez hace más de 10 años, cuando el escritor lo contactó para que sea maestro de la beca de la Fundación Gabriel García Márquez para el Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), pero luego el director de esa institución, Jaime Abello, le encargó el proyecto de editar una antología periodística de García Márquez, labor que lo llevó a tener una relación más cercana con el autor de Cien Años de Soledad y a publicar Gabo Periodista, libro que resulta esencial para conocer la faceta del autor colombiano.

_¿Qué parte considera más significativa del García Márquez periodista?
Gabo tenía un abanico muy grande como periodista, porque fue reportero, columnista, cronista, corresponsal y eso a mí me gusta mucho. Además, y en eso es inimitable, es que desde la primera columna que él escribió, a los 20 años, el nivel de su idioma y de la concepción de las cosas es de un nivel que solo los genio tienen, los demás tenemos que trabajar para llegar cerca (risas). Me gusta también que él ha reflexionado mucho acerca del periodismo, quizás hasta más que de la literatura. De hecho, él prefería estar entre periodistas que entre escritores. Se sentía más a gusto.

Fíjate que daba talleres de periodismo y no de escritura. Él era el tipo de periodista de la época del periodista bohemio, que fumaba mucho, que bebía mucho.

¿Qué cosas le sorprendieron de él al conocerlo?
Yo vi a Gabo a los 80 años en una fiesta en Guadalajara, en un lugar de mala muerte que se llama Skandal, donde se bajó media botella de whisky, a esa edad y bailando salsa con Mercedes, su esposa, y espérate, porque cuando montamos en el ascensor a las 4:00 él quería que la fiesta siguiera en su habitación. Ahí Mercedes le dice: “No, no a dormir”. Y eso es maravilloso. Tenía una vitalidad increíble. Era un hombre interesantísimo, con mucho humor. Había veces en las que te hablaba y era chiste tras chiste. No solo era buen contador de chistes, sino también en los comentarios que hacía tenía mucha chispa.

Yo tuve la suerte de verlo en esas situaciones cotidianas, a pesar de que no era de los amigos íntimos de él. Sus grandes amigos eran los de antes de los Cien años de Soledad y otra camada era de antes del Premio Nobel. Tuve la oportunidad de frecuentarlo porque el libro lo escribí con él y pasamos tiempo seleccionando fotos de sus álbumes personales y nada… era tremenda persona, igual su esposa, Mercedes.

Otra cosa que yo nunca había visto en mi vida es que un escritor sea tratado como estrella de rock hasta que lo vi con Gabo. Si él aparecía, por ejemplo en un hotel, se le acercaban los comensales, las cajeras, hasta la gente de la cocina se acercaba a saludarlo. En pocos minutos el lugar estaba lleno. Era una cosa impresionante. Era como si tú te estuvieras encontrando a los Buendía, no era solo el autor de esos personajes (risas).

Al parecer su presencia traía a la memoria de las personas el recuerdo que guardaban con sus personajes de ficción
Exacto, no ocurre con ningún otro escritor. Gabo era como Mick Jagger, de verdad era como un cantante de rock, quizás Víctor Hugo en el siglo XIX. Claro que eso quería decir que la vida de él no era fácil porque no lo dejaban tranquilo, entonces él siempre estaba con estrategias para salir sin ser reconocido.