BRÚJULA

La artesanía de Santa Cruz: un patrimonio revitalizado


Al cumplirse un año del fallecimiento de Ada Sotomayor, el autor rinde homenaje a su gran obra, 
el Cidac y Artecampo, dos proyectos únicos en el área 

Trabajar con las manos era natural para Ada, hija de carpintero en la costa peruana
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02/06/2018

Hacia fines de 1984, una pequeña organización boliviana de artesanías en Santa Cruz, el Centro de Diseño, Investigación y Comercialización de la Artesanía Cruceña (Cidac), hizo un recuento de las ventas de su primer año de actividad, registrando un total de $us 1.800. Eso fue unas pocas semanas después de que la primera feria anual de artesanías incrementara los ingresos al dirigir la atención de los medios de difusión a este incipiente esfuerzo en beneficio de 150 artesanas.

¿Cómo hicieron las mujeres indígenas y mestizas marginadas del interior de la nación más pobre de Sudamérica para convertir un comienzo tan humilde en un éxito del desarrollo de base? La participación comunitaria, una estructura administrativa a su medida, el desarrollo de productos, la comercialización imaginativa, la capacitación práctica y las inyecciones continuas de pequeñas sumas de ayuda del exterior son los elementos de una estrategia a largo plazo. También lo es el liderazgo de Ada Sotomayor de Vaca, la emprendedora social que reunió a las artesanas y a un pequeño equipo de diseñadores, artistas y otros especialistas que ofrecen supervisión, orientación e ideas. Al aprovechar los recursos humanos y desarrollar otros, Ada y su equipo estimularon a las mujeres a forjar un nuevo futuro para sí mismas y sus 64 comunidades.

Ada Vaca (que falleció el lunes 6 de junio de 2017, a los 80 años) creció en un hogar afromestizo en la costa peruana. Como licenciada en servicio social, se sumergió en las complejidades de organizar comunidades en Lima. Allí conoció a Lorgio Vaca, uno de los muralistas y pintores más conocidos de Bolivia. Se casaron y se domiciliaron en Santa Cruz, la ciudad natal del pintor. Trabajar con las manos era natural para Ada, hija de carpintero, y aprendió a crear cerámicas y muebles de cuero de vaca para la exigente clientela de clase media que surgía en la ciudad. Cuando su marido perdió contratos del Gobierno debido a su visible oposición a los regímenes represivos de Bolivia, las ventas del taller que tenía en su casa sustentaron a la familia.

Pero el interés de Ada se trasladó con el tiempo de su propio negocio a las artesanas subestimadas que sufrían las consecuencias de la discriminación –como mujeres, campesinas e indígenas bolivianas– y la explotación por parte de intermediarios inescrupulosos. Una avalancha de productos industriales estaba desplazando a sus artesanías a medida que Santa Cruz se transformaba en la economía de mayor crecimiento de Bolivia. Ada se propuso vitalizar estas artes fomentando la participación de las comunidades. Su visión, gusto refinado e incansable compromiso social motivarían a las mujeres artesanas a desarrollar su talento y su técnica y apreciar sus contribuciones al vibrante patrimonio multicultural de Bolivia.

Conocí a Ada en 1982, cuando se comunicó conmigo por ser yo representante de la Fundación Interamericana para hablar de su propuesta de proyecto. Nos pusimos en contacto por intermedio de un amigo mutuo, un antropólogo con muchos años de experiencia en Bolivia. Ada, que tenía entonces 44 años, y Lorgio participaban activamente en la Cooperativa Cruceña de Cultura, un distinguido grupo de artistas, arquitectos, sociólogos, pedagogos y artesanos con conciencia social, profundamente apegados a Santa Cruz. La cooperativa patrocinó discusiones de los temas que surgían de la rápida modernización y crecimiento; su revista, Debate, se concentraba en políticas públicas y problemas que habían sido ignorados en una región considerada el motor económico de Bolivia. Ada dirigió la comisión de artesanas de la Cooperativa que se escindiría para formar el Cidac y abrió la tienda de Artecampo, la cual ayudó a crear confianza y entendimiento entre la zona urbana de Santa Cruz y sus comunidades rurales. 

¿Dónde encontramos un ejemplo de una asociación regional de artesanos que haya logrado la independencia financiera? El futuro de Artecampo quedó en las manos de las maestras notables. “Es responsabilidad de estas artesanas talentosas capacitar a muchas otras para un mercado en el que la demanda de nuestros productos excede la oferta”, sostenía Ada.



 




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