BRÚJULA

La invención de la censura


¿Dónde empieza la prohibición?. La censura es algo natural como la vida humana y, también como la vida humana, está condenada al fracaso, nos dice la autora 

Las letras están al filo entre la ley, lo que supuestamente deber ser, y lo que en la práctica es, dice la autora
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10/03/2018

Para la gestación de Algo divertido que nunca volveré a hacer, David Foster Wallace, el hombre, no el autor, se embarcó en un crucero. En alta mar conoció a personas que viajaban con él y que le hicieron confesiones, tal vez porque es agradable hablarle a un tipo muy, muy listo que, gajes del oficio, observa todo para crear algo. A lo largo de su reportaje-novelado-ensayo, el narrador D.F. Wallace ridiculiza al extremo a un capitán del barco que es presumido y que está escandalosamente orgulloso de sí mismo; también se burla de una chica que cita en todo momento a su prometido ausente, en la mesa del comedor y hasta en las actividades obligatorias y diseñadas para que te lo pases bien, puesto que estás en un crucero y DEBES pasarlo bien. El resultado fue que, tras publicar Algo supuestamente divertido que nunca volveré a hacer, Wallace el hombre, no el autor, quedó como un tipo arrogante y menospreciable, un sabiondo que deja mal a todo el mundo. En términos más profundos, sin embargo, ¿cuántos hemos disfrutado de los comentarios que su narrador dedica al capitán y a la prometida? ¿Cuánta felicidad ha proporcionado a lectores como nosotros, que por otra parte jamás conoceremos ni al uno ni a la otra?

Si la felicidad puede cuantificarse, seguramente David Foster Wallace, el autor, no el hombre, ha proporcionado más felicidad que infelicidad. Accidentalmente, la literatura puede ofender a personas concretas. Es cierto que un texto que busque la ofensa personal no puede ser un buen texto. Para los ataques personales ya existen los duelos con su guante negro, sus pasitos de espalda, su 3-2-1; para saber más lean a los autores rusos del XIX. Pero también es cierto que no hay buena literatura sin ofender a nadie.

Un punto de autocensura debe ser bueno. Recortar las frases bonitas que no funcionan en un texto y resultan superfluas es bueno. También tiene que ser bueno esconder ciertos textos que escribimos y que luego nos avergüenzan porque tienen demasiada emoción incontrolada que nada tiene que ver con la literatura, fíjense en sus viejos diarios personales, los que escribían antes de querer escribir como oficio: ¿no son asfixiantes? ¿no rebosan de pequeños celos mal gestionados y de una escasa precisión ambiental o descriptiva? Y sin embargo, el maestro George Saunders logra convertir unos días del diario de un semianalfabeto estadounidense ahogado por el crédito en un buen cuento, pero eso ya es otro tema. La autocensura sirve para trazar la línea entre el vómito sicológico de una misma y lo que merece la pena que los demás lean. No se trata de qué explicamos sino de cómo lo hacemos, la distinción no reside en el tema sino en la forma. 

Flaubert dijo un día que el estilo lo era todo. La autocensura solo debe ser una exigencia estilística, nunca la voluntad del hombre o la mujer que yace escondida tras su nombre de autor. Puedes escribir acerca de tus fantasías sexuales más ordinarias o vergonzantes y que merezca la pena leerlas. No existe tema personal que no pueda ser contado. Me viene a la memoria la novela Mis padres de Hervé Guibert, puesto que ahí el narrador muestra toda su inmundicia, sus recelos, su tensión sexual y su rechazo simultáneos hacia sus progenitores. El narrador termina por caernos mal, pero cuando llega el final de Mis padres pensamos que acabamos de cerrar un buen libro, pensamos que el alter ego de Guibert ha destapado algo de sí mismo que está en todos nosotros. ¿Será que la literatura tiene que mostrarnos que los humanos pueden ser repugnantes y rebosar sus propios límites muy a menudo? Tal vez el único requisito sea que las emociones que luego devienen libros reposen y se sirvan bien frías, como el gazpacho o la venganza.

Está la ley y están las letras. De ahí que tantos abogados, tras una vida respetable de estudio y éxitos profesionales —¿existe hoy el éxito profesional más allá del marketing, las finanzas o la ingeniería?— decidan pasarse a la literatura. Ahí está la norma, los mandamientos de Moisés que vino a dictar la ley para organizar nuestras vidas. Literatura era lo que pasaba mientras él subía y bajaba de la montaña, con su buena fe y creencia en la rectitud del hombre. A falta de la compañía de su líder Moisés, todos los mortales habían inventado a uno nuevo y correteaban por ahí entre carnes a la brasa, lujuria y vino. La ley divina o la política, que para el caso viene a ser lo mismo, pretenden encarrilarnos sin éxito. Prueba de su poco éxito es que ningún imperio ha sobrevivido suficiente tiempo para contarlo —de acuerdo, a China no le va mal, pero cayó Tse Tsung, cayeron las viejas tradiciones, sus ciudadanos emigraron a millones. Nada dura más de mil años. Ahora que lo pienso creo que este es el único tema del Antiguo Mandamiento, desde Eva la come-manzanas hasta la esposa de Lot, que dio la espalda a la ley divina para ver cómo ardía Sodoma. Y también está Antígona, que prefiere el amor por su hermano a la chifladura de los bandos de la guerra. ¡Existen tantos ejemplos de humanos míticos que transgreden la ley y tienen vagina! Quizás sea cierto que la literatura siempre ha sido cosa de chicas, quizás sea este el verdadero motivo de tantas brujas quemadas en hogueras. Las letras están al filo entre la ley, lo que supuestamente debe ser, y lo que en la práctica es. Lo que uno es para la galería y lo que vive en su interior, lo que la sociedad dice que es y lo que esta misma sociedad puede llegar a ser a veces.
La censura es algo natural como la vida humana y, también como la vida humana, está condenada al fracaso. Digo que la censura es natural porque para construir algo con un grupo de gente —un país, una revolución, una tortilla de patatas entre amigos— se necesitan ideas fijas y ciertos límites. Y aunque a lo largo de nuestra historia construimos países, empezamos revoluciones y cocinamos toneladas de tortilla de patatas, los humanos en general no estamos hechos para límites ni consensos acerca de ideas fijas a largo plazo. 
Para hacer tal cosa es necesario distinguir lo que está mal de lo que está bien, lo que se puede hacer y lo que no se puede hacer en cada caso.
Esto funciona unos días, meses, años, pero poco más. ¿Cuánto duró el buen gobierno de Lenin? Un par de años, luego empezó oler a represión: aterrizó en el poder Stalin, y el bueno y alcohólico de Sergei Dovlatov emigró con sus libros y su maleta a otra parte. En este mismo instante el arte soviético dejó de ser vanguardista y pasó a ser burdas postales de lo bien que se estaba en Rusia. Y cuando hay que reprimir lo literario para demostrar repetidamente lo bien que se vive en un sitio, mal para el sitio.

Los rusos fueron maestros de la censura: en libros, en cuadros y en fotografías, esas fotografías de las que desaparecían viejos amigos de Stalin sin dejar rastro. También el franquismo ensayó la censura, con más o menos éxito y con más o menos insistencia. Y Hitler, y Musolini, y en general todos los tiburones que se pasean orgullosos por los libros de texto. Sin embargo, la censura no es exclusiva de los tiranos; también hay censura sin -ismos, sin dictadura. ¿Cómo iban a permitir los franceses que Madame Bovary saliera a la luz? Con ella se hace evidente que el matrimonio “bien entendu”, la base de la familia y el modelo para la sociedad de entonces, es una norma que nunca se cumple o que siempre se cumple mal. 

Las francesas iban a mirarse al espejo y decir: “¡Madame Bovary, c’est moi! ¡Es normal enamorarse del primero que pasa por ahí! ¡El matrimonio no es un cuento de hadas, no coincide con MIS deseos ni con lo que YO quiero en la vida! ¡Quiero un cuento de hadas! pero lo mismo quiso Emma y… se murió!”. Desolador para la individua: se te pasan las ganas de casarte y de vivir en Francia. Casi dos siglos más tarde, las bovarys se han comprado otros sueños y los divorcios son el pan de cada día. He aquí la fragilidad de la censura, invento precario que cae por su propio peso. Con el tiempo, lo que no está bien y no se puede hacer acaba haciéndose y peor, reconociéndose; al principio nadie quiere ni se atreve, pero luego algún artista loco y talentoso escribe Madame Bovary y el adulterio empieza a tener nombre. ¿Acaso no somos lo que otros censuraron?

*Es periodista, colabora habitualmente en los diarios La Directa y Núvol. Es parte de  la revista literaria catalana Branca.



 




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