V PREMIO DE CRÓNICA PERIODÍSTICA

Las resurrecciones de Jesús


Una crónica que desvela una de las caras más desgarradoras del exilio económico que mucha gente de la región tuvo que atravesar en busca del no siempre hermoso sueño americano. Esta es la historia de Jesús Vélez Loor

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07/07/2018

NO TENÍA PARA COMER, PERO CONSIGUIÓ UN ARMA para matarlos a todos. Y luego, para matarse él. 
Con su todopoderoso calibre 38 se aseguraría esta vez de que aquí no habría más resurrecciones ni cobardías, como en el puente de Guayaquil o en las playas de Manabí. Esta vez no habría errores. Cara... 

El hombre con fachas de ‘homeless’ sentado frente a la embajada conocía los horarios: sabía a qué hora entraban, a qué hora salían a comer; a qué hora volvían, cuántos eran, dónde estaban, cuál era la oficina de la embajadora. Lo sabía, porque había estado ahí muchas veces pidiendo algo que se parezca a la justicia. No mucho. Algo.

Jesús Vélez Loor era un hombre cuyo  pasado reciente tenía mucho de pesadilla. Su desgracia había empezado dos años atrás, en 2002, cuando a los 36, casado, buen padre, pero desesperado por el desplome de la economía de su país, había optado por migrar al norte en busca de su sueño americano. Lo había hecho por tierra, porque la plata no alcanzaba. 

Desde 1999, la crisis neoliberal que tumbó gobiernos en Ecuador (2000), Argentina (2001) y Bolivia (2003) había vomitado a 1,5 millones de ecuatorianos al exilio. O sea, el 12,5% de una población de 12 millones. Él era uno más o uno menos, según se mire.

En esa aventura incierta en la que atravesó Colombia mezclado con hippies, que siempre iban de fiesta o con familias que huían de la guerra, fue cazado como animal en el Darién panameño; acusado de guerrillero y luego de ilegal, encarcelado, torturado, dado por muerto, resucitado al tercer día y por gracia de Dios deportado a Ecuador con la cabeza partida, el hombro dislocado, los genitales quemados y los pies insensibles por la tortura. Lo mandaron de vuelta con un short que no era suyo, una polera rota de los Stones y, claro, el colmo del dramatismo, sin dignidad ni chancletas. Lo violentaron así, en el cuerpo, en el alma. Y nadie le pidió disculpas. 

Por eso estaba ese martes 3 de febrero de 2004 frente a la embajada de Panamá en Quito, con el 38 entre las piernas, esperando que vuelvan de comer para hacer justicia y luego volarse la madre. Ya verán hijos de puta.

ESO ME CUENTA EN UN CAFÉ del centro de Santa Cruz la primera vez que nos vemos. No le creo, pero sé que no miente. Es tan cruel su verdad que debo defenderme un poco. 

Eso me cuenta al amparo del olor a pollo frito en la casita de cemento que levantó en un pueblo cruceño donde lo conocen como el hombre que ríe. Sonreír me sale fácil, desde chico. Luego, en la mesita del pollo frito o por mails me mostrará pruebas: fotos de las prisiones, audios, peritajes y la sentencia de la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) que recoge investigaciones, testimonios, más peritajes y su batalla jurídica ante un Estado que por diez meses le negó su condición de ser humano. 

Dice que solo quiere justicia. No mucha, algo. 

COLOMBIA

CUANDO JESÚS DEJÓ A SU MUJER Y A SU HIJA en Guayaquil para irse a Estados Unidos, llegó a una Colombia que en 2002 se hallaba contra la pared en ese conflicto del todos contra todos entre guerrilleros, paramilitares y militares. En medio, los civiles hartos de pistoleros, de ejecuciones en aldeas soplonas, de rapto de niños para hacerlos soldados, de falsos positivos de Uribe y del narco que les pagaba a todos para seguir produciendo. 

Que un ejército como el colombiano llevara medio siglo sin derrotar a las FARC solo tenía una explicación y me la dio un periodista en Cartagena de Indias: Sin FARC no hay dólares gringos para el gobierno y los militares. La guerra es negocio… Solo en 2005 Washington entregó a Bogotá 4.060 millones de dólares para el Plan Colombia: entonces, la sangre valía su horror en dólares.

Jesús llegó a Acandí, el último pueblo colombiano antes de Panamá, bajo un sol de mierda pero vio un Caribe hermoso. Cuando bajó de la lancha que lo trajo de Turbo, lo recibió una banda de hombres descalzos y desnudos hasta el torso, armados con machetes. El más grande le preguntó a quemarropa quién era y qué quería. 

-Soy Jesús y vengo a fotografiar flores. 
El más grande caminó alrededor de él, lo evaluó y le preguntó si tenía plata. Jesús le dijo que un poco, pero que le mandarían luego. Mentira: llevaba tanta para hacerlos felices a todos, pero ellos nunca lo sabrían. Lo dejaron ir. 

Con una mochila al hombro anduvo por las calles de tierra preguntando dónde podía quedarse hasta que una mujer con cara de haber visto mucha desgracia se apiadó de él: “Va, gira, no a la derecha, al otro lado, llega a la cancha y hay un letrero. No sé qué dice, pero ese es el hotel”. 
Se hospedó en el El Paisa, la joya del Chocó y de puro maniaco revisó el tubo de pasta dental donde llevaba sus 1.500 dólares. Ahí seguían. Por la tarde salió con su cámara para mostrarse, para justificar que había venido a una zona en guerra solo para sacar fotos. O es bien pendejo o nos está mamando. 

Esa noche le apareció en el hotel el verdadero líder de la banda, un gigante negro con dientes de oro y ojos de asesino que fumaba a lo bestia y miraba como si fuera el dueño del mundo. Se presentó como el jefe de las AUC y le preguntó cuándo le mandarían la plata que dijo que le iban a mandar. Jesús no tenía opciones. Era viernes, le dijo que el lunes y entonces Caliche le dio su número de cuenta. Que me lo depositen y yo se lo doy a cambio de una comisión. ¿Entiende? 

Cuatro años después, en 2006, Juan Carlos Muñoz Gutiérrez, alias ‘Caliche’, figuraría en la lista de paramilitares extraditables que George W. Bush le exigía a Bogotá para seguir dándoles plata por el Plan Colombia. Uribe no lo entregó, porque no lo había capturado y porque era negociador de las AUC con su Gobierno. Y porque pues, el Estado y los "paras" eran aliados contra las guerrillas. Después, el hombre se perdió en la historia, vaya uno a saber si muerto en batalla o arropado por sus amigos. 

Luego de esa propuesta que Jesús no pudo rechazar, Caliche no le creyó que no tuviera más plata encima, pero no lo dijo. Vélez se dio cuenta, por lo que al otro día dejó El Paisa por un sitio peor. El sábado se dejó ver comiendo en los arrabales de pescadores y el domingo ya no compró comida, la pidió en el mercado. Eso sí, se aseguró de que la banda lo viera. Sabía que si el lunes su dinero no estaba en la cuenta del ‘Caliche’, sería hombre muerto por una razón muy simple: las AUC apoyaban a la Policía de Acandí cuando las FARC o el ELN hostigaban la comarca. Ergo, el Caliche tenía impunidad asegurada. 

Era el puto amo.

Domingo a la tarde una moto pasaba seguido por el hostal. Jesús supo que cerraban el cerco sobre él. Se notaba que lo habían hecho antes, tenían un sistemita. A las cuatro de la mañana del lunes dejó el hostal, no avisó al patrón, pero dejó el pago. Burló a los vigilantes que dormían borrachos en la puerta y se escapó por el caminito hacia la frontera a cuatro horas a pie, según había averiguado antes preguntando de costado para que a los "orejas" del Caliche no les salten las alarmas. ¿Y qué lugares hay para ir? Panamá. ¿Es lejos? Cuatro horas a pie si va rapidito. ¿Y qué necesito para llegar? Lo que todos: Huevos, pero es lindo. 

Con eso, un mapa y su entrenamiento militar en el regimiento Guayas durante su conscripción, no necesitó más. El sol de grasa de coco lo halló en el sendero del contrabando y vio las casas abandonadas de los que habían huido de la guerra. Las vio derruidas, garabateadas al carbón con desafíos entre campeones de los grupos armados. ‘El Caballo’ quería sodomizar al ‘Machete’. El ‘Machete’ quería castrar al ‘Caballo’. Las ruinas estaban al lado de un camino sembrado de cosas de otros que habían pasado antes. Había colillas, bolsas, calzones de mujer engarzados en alambrados, casquillos de bala. Pese a ese cuadro atroz, Jesús se sentía por fin libre del Caliche y pensaba en su familia cuando de entre el aire le apareció una patrulla de las FARC que lo encañonó de cerquita con sus estupendas AK-47 sin darle chance de nada. Ahí sintió por primera vez que su vida no valía nada. Le revisaron la mochila y hallaron una tarjeta que decía:  C.I.A. Estás jodido. Tu vida no vale nada.  

Jesús explicó que era la tarjeta de un amigo guardia de seguridad en Ecuador. La empresa se llamaba eso: C.I.A. Le temblaron las piernas. Había leído que hay animales que se cagan cuando sienten que van a morir. Le daba vueltas la cabeza y temió cagarse delante de esos hombres. Qué derrota hubiera sido.

El comandante, hombre de poca fe, no le creyó lo del amigo. Lo vio de piel clara, grande, con el pelo cortado a cepillo, los ojos claros y no le creyó. Llamó al chico con cara aindiada que cargaba la radio, habló, dictó el número de la tarjeta y en los 4 minutos más largos de la vida de Jesús, al fin recibió confirmación. 

-Dices la verdad. En estos tiempos eso es revolucionario. Es un mandamiento no mentir ¿No?¿Eres creyente? Sí. Sí qué. Sí todo. Respeto a los creyentes, pero no les creo.

Entonces el comandante cambió de aires. Ya no era un matón ilustrado en la selva; ahora parecía un turista simpático, mezcla entre Clark Kent looser  y un amigo de toda la vida. Le preguntó si había visto al Ejército o a las AUC. No los había visto. Diría que no aunque sí. En Acandí, en un desliz extraño, Caliche le había dicho que a los grupos armados siempre se les dice que no viste a los otros. Es simple: si delatas a otros, los delatarás a ellos y hay que "darte de baja". Caliche, que quizá lo hubiera matado así le haya pagado, le había salvado la vida. Contradicciones, hubiera dicho el comandante marxista en su paja dialéctica.

Le devolvieron la mochila y lo dejaron ir con la orden de no mirar atrás. Mientras se alejaba sentía que oiría el tiro que lo iba a tumbar de cara. No de costado ni de espaldas: de cara. Siempre había pensado que la peor forma de morir era así, de cara, pero la muerte ya no lo quería. 
De pronto se vio solo, revisó y no se había cagado. Era hombre comprobado. Lo podría contar un día.


PANAMÁ

Cinco horas tardó en subir la cordillera del Darién, esa formidable frontera natural, y cuatro en bajarla. Siguió el río Tupiza, llegó a una aldea de indios Emberá, pero no entró. Vio el mapa: Al otro lado de la aldea empezaba la carretera Panamericana que atraviesa Panamá de punta a punta. Una vez ahí, EEUU estaría más cerca. Pero no iba a llegar a EEUU, menos a la carretera.

TREPÓ UN ÁRBOL ENORME COMO UNA MUJER DE UN RATO y esperó que la aldea se durmiera. No la podía rodear, era el único paso. El cielo estaba magníficamente estrellado; pensó en Yolanda, en sus muslos, en su boca.

Pensó en Melissa, en su sonrisa, en su voz. Las besó con los ojos cerrados. Una brisa con olor a savia de montaña le llenó los pulmones y se sintió feliz. Ese 11 de noviembre de 2002 en la aldea se apagaron las últimas lámparas a diésel, se callaron un par de gemidos amatorios tan de golpe como habían empezado, el caserío se durmió y entonces Jesús bajó del árbol y caminó hacia sus sueños.

Le pareció extraño que no haya grillos ni luciérnagas. Quizá se distrajo tanto en esos detalles absurdos que no vio la cuerda cruzada en el sendero. La pisó con una ingenuidad de ternura y todo el infierno le cayó encima. 

Sonaron alarmas y a la luz de bengalas vio el cuartel policial de Nueva Esperanza que se levantaba negro y rotundo entre el río Tupiza y la aldea. Un reflector lo cegó y entonces oyó los balazos que levantaban honguitos de polvo a su lado. Se tiró al piso bocabajo gritando que no disparen. Lo rodearon militares, lo apuntaron con esas AK-47 que se venden por el mundo como caramelos, porque es el fusil de asalto más exitoso de la historia; le pisaron las manos, le gritaron que diga cuántos eran. Habla o te matamos guerrillero hijo de puta.

Jesús sintió una bayoneta apretando su columna y apenas se oyó decir que venía solo, que migraba a Estados Unidos. Lo golpearon más. Mira que mentir a los custodios de la frontera más jodida del planeta. Le revisaron todo y en un minuto le hallaron los 1.500 dólares. Estos sí eran expertos, no como los aprendices del Caliche o los de las FARC. Lo esposaron y con grillos en los pies lo hicieron caminar descalzo sobre las filosas piedras del río hasta el cuartel en donde le pusieron enfrente un papel para que firme. No puedo ver. Dice que eres guerrillero. Y que lo confiesas. 

Pero dijo que no firmaría. Le dieron un golpe en la cara y cayó de espaldas sobre una mesa que no aguantó. Vas a firmar, porque sin este papel no existes. ¿Entiendes?

Entendió, ni que fuera tarado. Se paró, apoyó el papel a la pared y firmó. Lo doblaron de un culatazo, lo arrastraron hasta un tronco y lo colgaron de un brazo. Esa noche la tormenta apagó las estrellas. Los mosquitos se lo comían, pero Jesús se concentraba en sostener todo su peso sobre la punta de sus pies, porque la circulación cesaba en el brazo del que colgaba. Entonces se dislocó el hombro derecho para evitar la gangrena, para pisar mejor. Melissa. Así estuvo 8 horas. 

Por la mañana había descampado y se vio rodeado por los Emberá, porque el tronco del que colgaba estaba en el centro de la aldea. Una chica de bellas tetas al aire lo miraba con gustito. Un policía tipo Rambo con un mes de disentería le dijo: ¿Te gusta? te lo prestamos hasta que llegue el Chopper. 

El Chopper era el helicóptero y en ese momento el Huey veterano de Vietnam llegó para llevar "el paquete". Lo bajaron del tronco, lo doblaron sobre sí mismo contra natura hasta atarle juntas las manos y los pies, lo cargaron sobre el aparato y lo llevaron hasta el pueblito fluvial de Metetí. Ahí lo hicieron firmar más papeles hasta que llegó la orden de Ilka Varela, la jefaza de la Dirección Nacional de Migración y Naturalización del Ministerio de Gobierno y de Justicia de Panamá. Solo la llamaré por su nombre. Es un fastidio. 

Mediante la orden de detención No. 1430, Varela mandó a Jesús en lancha directo a la cárcel de La Palma. No estuvo ante un juez, ni tuvo abogado ni le notificaron nada. No hubo debido proceso. Aunque el año anterior Bin Laden había tumbado las Torres Gemelas en Nueva York y era claro que Occidente no estaba bajo régimen talibán, La Palma sí.  

LA PALMA ES UN CASERÍO SOBRE EL DELTA del río Mogué, en su desembocadura sobre el Pacífico, cuyas playas huelen a mierda y a combustible. Jesús no siente. Algo adentro le ha hecho clic y le ha apagado el dolor. Ese 12 de noviembre, mientras lo ingresan, ve en la orilla lanchas en las que llegan comerciantes de antisárnicos y familiares de presos locales con racimos de plátanos verdes y dinerito que nunca llega al reo, porque se lo queda la intendencia. Sobre la playa, Jesús ve flotar basura, nata podrida de combustible y, claro, excremento humano exultante a la intemperie. Lo meten a una celda con decenas de extranjeros que van al norte, pero que como él están acusados de guerrilleros o migrantes, como si fuera lo mismo. 

La Acnur estima que cada año medio millón de migrantes indocumentados cruzan la frontera sur de México rumbo a Estados Unidos. Según la ONU, el número de emigrantes en el mundo llegó a los 244 millones en 2015, es decir, el 3,5% de la humanidad. Comparado con el 2000, la cifra aumentó un 41%. El informe también indica que el mayor destino del migrante es EEUU (43 millones) y el principal origen es la India (16 millones), seguido por México (12 millones). Qué jodido. 

En La Palma los presos recogen la comida entre la basura o el excremento, porque ‘El Músculo’, el jefe de cocina, es un degenerado con gustos así. 
Esa oda a la miseria se interrumpe por la llegada de alguien de Migración: es un hombrecillo de saco y corbata que desentona con la ferocidad tropical del lugar. Un burócrata al que los policías tratan con respeto, porque viene de muy arriba. Les dice a los presos que los va a sacar, pero las familias deben mandar plata para el viaje de vuelta. Entre 500 y 800 dólares. Los presos les dan los números, el de Migración llama, los hacen hablar, pide plata y cuando la recibe, se esfuma para siempre. Ya eran pobres presos pobres y ahora les han robado. ¿Dónde crees que estás ah? 

Buscan justicia, inician una huelga en el patio, se aferran por los brazos en una cadena de carnes con sarnas y hongos, cortesía del agua salada y podrida que llena las celdas cuando sube la marea. ¿Un motín por justicia? Los carceleros aparecen con garrotes en las manos y sin nombres en las ropas. Les caen a palos. Una sargento de prodigiosa crueldad le da al cabo Alirio una orden tajante: A ese me lo matas. 

¿Dónde crees que estás ah? Jesús no ve venir el palo, solo ve el destello blanco. Le rompen la cabeza, pierde el conocimiento, se desangra, la Policía lo da por muerto, sus compañeros se rinden para atenderlo, porque es el más grave. Le atan la cabeza con un trapo para que no se le abra. Entonces Melissa corre a él. Papá. La escucha reír en su cabeza unida por un trapo. La abraza, se llena los pulmones con el aroma de su pelo y entonces le vuelve el pulso y resucita de entre los muertos por primera vez. No por nada se llama lo que se llama. Carajo. 

El 6 de diciembre de 2002, Ilka Varela dicta la resolución No. 7306 que condena a Jesús Vélez Loor a 2 años de cárcel. Se basa en el Decreto Ley 16, sobre Migración, del 30 de junio de 1960, que encarcela a migrantes ilegales reincidentes. Jesús había sido deportado del aeropuerto de ciudad de Panamá en 1999, en un intento anterior por llegar a EEUU. Aun así, ella no es juez, pero condena. Le encanta. 

Las llamadas del de migración han servido de algo. Algunas familias que al fin saben dónde están sus parientes llegan a la cárcel y hallan el horror. Denuncian la paliza a la prensa. Hay hombres encerrados con mujeres embarazadas; peruanos que huyen de Sendero Luminoso, colombianos que huyen de la guerra y otro ecuatoriano, Leoncio Raúl Ochoa Tapia, que no se largó a Estados Unidos en bote, como otros, porque sabe que los naufragios vomitan a sus ahogados en las costas desde Colombia hasta México. 

La Palma llama la atención de los medios y los presos por migración deben irse. Se van todos, menos uno, dice el altavoz. Llaman lista para subir al buque naranja de la libertad. Suben, pero él se sigue quedando. Se van todos, menos uno, repite el altavoz cuando quedan dos, hasta que se van todos, menos él. Quiere llorar, pero no puede. Cava en el muro, pero no tiene fuerzas. La Navidad de 2002 lo sacan de La Palma y lo llevan a la cárcel de mayor seguridad del país, La Joyita, en la capital.

EN LA CAMIONETA va otra vez atado como bestia. La pickup para, van a comer todos menos él. Un policía aburrido del viaje tan largo se pone en modo asesino para divertirse un poco. Pide la motosierra a un hombre que corta madera y llega hasta Jesús en la camioneta. La enciende, se la acerca a la cara funcionando a mil. Te puedo partir en dos si quiero. Jesús está harto y ya perdió el miedo. Vete a la retagliada concha de tu madre.

En el pabellón 6 de La Joyita vivirá meses como un pájaro colgado en una toalla a modo de hamaca, a tres metros sobre el suelo para sobrevivir al calor, al hacinamiento, a los estragos de la sarna y a las puñaladas. En una revisión policial (que antes de entrar llena el pabellón con gas lacrimógeno) cae de esa altura sobre los fierros de una cama. Se raja la pierna. No hay otra expresión.

Se la raja. Pese a eso, una tarde debe luchar. Un reo de pandilla enemiga le ha quitado la pasta dental. Él ama la pasta dental. Lo sabemos. El pastor evangélico colombiano que lo ha entrenado en la pelea con hueso le dice que es hora. Entre los hombres, el único valor que importa es el respeto. Por eso hay pelea con huesos afilados a primera sangre. Se hieren el costado y se respetan. Nadie más lo jode. Bueno, solo la ley y el sistemita y la vida. 

Sigue incomunicado, no ha ido ante un juez, no le han avisado a su consulado, está enfermo. Pide abogado y no le dan.  El 1 de junio de 2003 se costura la boca en protesta. Te dije, perdí el miedo. Y en respuesta lo meten al terrible pabellón 12 donde el subteniente Patiño y el cabo García lo apalean y le echan gas lacrimógeno líquido en la nariz, de modo que para respirar debe romper con sus uñas los hilos de sus labios. Mana sangre. Mucha. Mira a su alrededor y ve cuerpos desnudos recibiendo tormento, tendidos en el suelo entre sangre y mierda, mientras los guardias caminan sobre ellos. 

Un carcelero negro al que le gustan los blancos le promete mejor trato si "se entienden". Se niega y víctima del peor despecho recibe por el culo un lápiz envuelto en trapo pringado en gas lacrimógeno. Sentí fuego. Ahora sí se caga. No de miedo como temió en la selva, de dolor, como los otros. 

La herida en su cabeza tira pus, no hay médico. Jode tanto hasta que le mandan uno que le da medicinas vencidas que lo intoxican, sufre diarrea y lo llevan de nuevo para garrotearle los pies, porque el migrantito de mierda insiste en que tiene derechos. El hombro empeora. Le han dañado el intestino con el lápiz y el gas. Con la diarrea, caga sangre.  Está roto, parece que su espíritu se rinde, se va a morir, pero no se entrega. 

Entonces al fin se topa con un ser humano. Un reo con un teléfono clandestino llama a un diario. Sí, extranjero sin sentencia, torturado y por morirse. 

Amnistía Internacional dice que 156 países han firmado la Convención de Naciones Unidas contra la Tortura en 1984 (entre ellos, Panamá). Según esta, ningún Estado puede torturar ni permitir  tortura en ningún caso, ya que este es un crimen de Derecho Internacional y puede constituir crimen de lesa humanidad. Pero los últimos cinco años Amnistía ha denunciado tortura en 141 países. La Convención es un trámite, un adorno. 

La prensa panameña contacta a las autoridades, al consulado, los cuestiona, los pone nerviosos. De pronto este nadie que insiste en retener su humanidad, le quema las manos al sistemita, a Ilka Varela de Barés, que tal vez por ser esposa de Carlos Barés, director general de la Policía Nacional (1999-2004), se siente con tanto, tanto poder.  

Después llamaré a la buena Ilka para conocer su versión de este horror, pero en la embajada que le darán en Portugal dirán que la embajadora no está. Veo su perfil de Facebook y se la ve muy piadosa. Le escribo. Tampoco está. Jesús le escribirá al muro y la acusará por ahí y por los medios panameños, pero tampoco contestará. La CIDH sabe de ella. La Defensoría del Pueblo de Panamá también. Aunque por ahora no sirve de mucho: este 2018 es parienta del presidente de su país, Juan Carlos Varela. Su esfera es el poder, pero no tiene paz. Su inmunidad diplomática la protege del proceso en la CIDH. Por ahora. 

La prensa hace un quilombo bellísimo: si se moría antes no importaba, pero ahora existe. Panamá dirá en el juicio ante la CIDH que informaron al consulado ecuatoriano sobre Jesús en diciembre de 2002, pero aparecen recién en septiembre de 2003 luego del lío mediático. Jesús está sucio, el cabello y la barba largos, huele a mierda, por la diarrea y por la vida. Solo viste un short en harapos, apenas camina solo. Es la sombra de lo que fue. Lo bañan con manguera, lo peluquean con asquito, le ponen un short limpio, no un pantalón, un short y lo presentan así de lindo a la gente del consulado. Hace meses que vive en la tiniebla, por eso la luz del sol lo deja ciego como el reflector del cuartel de Policía. Les cuenta su historia a punto de quebrarse, pero los diplomáticos no quieren saber nada. Vinieron a cumplir y ya. Quién lo mandó a dejar el país. Ya no haga más problemas.

No importan los miles de ecuatorianos huyendo a España y a Estados Unidos por la peor crisis de su historia. No importan los cientos de ahogados por naufragios, recalando en las costas del Pacífico desde Colombia hasta México.

El quilombo mediático es muy grande. El 8 de septiembre de 2003, Ilka Varela anula la pena de dos años. No es juez, pero le encanta. El 10 lo suben al avión de shortcito. El consulado ni siquiera le compra ropa. Lo mandan con una mano adelante y otra atrás. Quién lo mandó dejar el país. Ya no haga más problemas. Maldita sea.


ECUADOR

JESÚS BAJÓ DEL AVIÓN en Guayaquil, deportado de Panamá. Buscó a su mujer, Yolanda; y a su hija Melissa, pero no las halló. Bueno, halló la casa que compró hace años donde habían sido felices, pero le dijeron que la dueña la había vendido y se había ido con el marido y la hijita. Pero el marido soy yo. No sé, ella vive con un hombre.

Jesús nació el 6 del 6 de 1966 en una casa de ganaderos clase media en Macuto, provincia Manabí, en la costa de Ecuador. Su primer amor fue Magdalena, una niña blanca de la escuela a la que le dio su primer beso a los 11 años. Su segundo amor fue Yolanda R. a la que conoció en un bus a los 27, le propuso matrimonio ahí y se casaron al otro día, en septiembre de 1993. Sí, fue alocado, de comedia romántica, pero a la familia de ella no le hizo gracia. Eran -son- de la alta clase política de Guayaquil y no admitían que su hija, hermosa y con futuro, esté con un campesino así. Pero el amor resistió. Melissa nació el 12 de junio de 1994 y luego vino la crisis económica de 1999: el sucre se devaluó a la mitad, el desempleo pasó del 9 al 17% en un mes y el 70% de la banca quebró. Era el apocalipsis.

La importadora de autos que montaron también quebró, porque la gente ya no pagaba los créditos. El amor cojeó. A ella nunca le había faltado nada, ahora tenían una niña, la familia presionaba y ella quería seguridad. El amor se cayó de cara. Por eso, cuando Jesús fue por el sueño americano para darle a su mujer e hija la vida que sus suegros exigían y desapareció por diez meses, la familia la convenció de rehacer su vida, porque seguro él estaba preso por drogas. Eso le dijeron a Melissa cuando tuvo edad: Tu papá está preso por drogas. Mejor lo olvidas.

SIN FAMILIA, había buscado que se haga justicia, pero nadie lo oía porque su relato sonaba al canto, al cuento de un loco. Su gobierno no iba a arriesgar las relaciones con Panamá por un hombre de la calle. Panamá no iba a asumir nada por un nadie. Pero había más: en Panamá estaba asilado el ex presidente ecuatoriano Abdalá Bucaram, destituido en 1997 por incapacidad mental, pero pedido por Ecuador para juzgarlo por presunta malversación de fondos estatales. Las relaciones binacionales eran delicadas. Hacerle caso a él podría agravarlas. Jesús estaba muerto y solo él no lo sabía. Bueno, sí sabía: 

"Sobrevivir, no es vivir. No sirvo para nada. Tengo el cuerpo destrozado. Algo que no era mío, se ha apoderado de mí. Estoy muerto en mí"
Este fenómeno que relata Jesús Vélez es propio de personas torturadas. Es como si el torturador se hubiera apropiado de su mundo interior. 
Ese es un fragmento del informe del Instituto de Terapia e Investigación sobre las Secuelas de la Tortura y Violencia Estatal (ITEI), de Bolivia, país al que Jesús llegaría de paso, pero en el que decidiría quedarse. El informe fue enviado a la CIDH para el juicio Vélez Loor vs Panamá. 

El 15 de septiembre de 2003, cinco días después de ser deportado, denuncia su caso ante DDHH de Ecuador. El 10 de noviembre lo hace ante la Defensoría del Pueblo. El 24 de enero de 2004 ante la embajada de Panamá en Quito. Pero su facha de ‘homeless’ no inspira a nadie. No existe.
POR LA CARIDAD DE UNA AMIGA que lloró a mares cuando lo vio hecho una ruina,  Jesús compra huevos de codorniz para vender en la calle. Quería reconstruir su vida con los restos que le quedaban, unir los pedazos para buscar a Melissa y explicarle. Le iba bien, pero una tarde rata la Policía le decomisó los huevos, lo apaleó y lo amenazó con encarcelarlo por peruano ilegal. Ahora también era extranjero en su patria. Poco a poco le iban reduciendo el mundo. “Es el destino”, diría el poeta o el cobarde. Pero no. Jesús aprendía que eso de resucitar costaba. 

Después del fracaso de los huevos recordó dónde había empezado todo. Por eso volvió a la embajada para pedir que le consigan un médico que le vea esa cabeza que nunca sanó. Además, tenía dislocado el hombro, no podía trabajar y la Policía le reventaba los huevos, literalmente. Al principio la embajadora lo recibió, pero luego un guardia con fachas de capitán de rugby no lo dejó entrar más. Todo apuntaba a que nunca recibiría justicia. 

Después Jesús, que se sentía muerto por dentro, quiso matarse por fuera. Se subió al puente Las Américas de Guayaquil, dos veces, y las dos veces lo detuvo la imagen de Melissa. Se tumbó al suelo, se acurrucó y otra vez no pudo llorar. Mientras, los otros pasaban anestesiados, porque en el Ecuador de 2003 la desesperación era cosa común gracias a la crisis neoliberal y al expresidente Yamil Mahuad que se había creído que Ecuador era Inglaterra. 

Luego Jesús se fue a una playa de Manabí en donde solía jugar de chico. Ahí tomó una dosis de tranquilizantes suficiente para matar seis elefantes, se tumbó en la arena blanca y se dejó morir. Despertó 24 horas después picado de mosquitos, quemado por el sol, más hambriento que nunca y con un dolor de cabeza que fue lo más cerca de la muerte que estuvo por esos días. Comprobó de nuevo que hacía rato no lo quería ni la muerte. 

Se resignó a ser una sombra. Se bañaba en una fuente pública debajo de un puente, cuando vio pasar el carro de Yolanda con Melissa. La niña de 9 años lo vio así, reducido a escombros, en estado de cosa, en coma espiritual. Lo reconoció, se vieron a los ojos hasta que el carro y Melissa y sus bellos ojos se perdieron en el tráfico, en una curva, en la eternidad y ahí por fin ocurrió: se desmoronó hasta los cimientos y ya no quiso aguantar más una cruz que le era tan, pero tan pesada. 

Con el dinero que unos amigos le habían mandado de EEUU para que viviera mientras buscaba trabajo, se fue a la plaza 24 de Mayo en Quito, al hoyo más hondo del mercado negro, en donde se venden armas y sexo, los dos mayores negocios del mundo. Pero no fue por sexo, porque estaba ocupado en la venganza, o mejor, en la justicia. Compró el revolver calibre 38, negro, rotundo, terrible. Con uno de esos David Chapman había matado a John Lennon en 1980. Con uno de esos mataron a Selena después.

Lo compró y con paso resuelto se fue a la embajada. Sentado al frente, con la bolsa negra entre las piernas, no pensó en sus padres, ni en Melissa ni en nada. De haberlo hecho, no se habría animado. A las 12 salieron los funcionarios, a las 2 volvieron. A las 3 el vehículo con placas diplomáticas se detuvo en la calle Germán Alemán No. E12-92, sector de Batán Bajo. Descendió la embajadora Alba Tejada, una linda señora con cara de patriota que saludó al guardia con fachas de capitán de rugby y entró. 
-Ya es hora. 

Jesús toma la bolsa con el arma, la abre y se para. Está por cruzar la calle, por caminar sobre el pavimento derretido por el sol cuando un hombre con un perrito lo toma del brazo, lo mira a los ojos y le dice: No lo hagas.  

Jesús, que ya no es él, no entiende, se le doblan las piernas y cae sentado en la banca. El hombre se sienta a su lado mientras el perrito olfatea los árboles. Es un pastor evangélico. Tendrás justicia. Y a Jesús le habla de Jesús, El Mesías, el primero en resucitar de los muertos.  Y este Jesús, que sabe lo que se siente, lo entiende todo y estalla por fin en un llanto de libertad que lo va limpiando por dentro.

Confiesa lo que iba a hacer y se horroriza. Llora más, ahora no solo liberado sino arrepentido hasta que se duerme por cansancio, por paz, sentado con la boca abierta. Por primera vez desde que inició su vía crucis es libre y duerme como deben dormir los vivos. Cuando a las seis salgan los funcionarios de la embajada verán a ese hombre solo, durmiendo en sentado. Es el loquito. Ese tipo no se rinde.
Nunca sabrán de la que se salvaron. De la que los salvaron.

JESÚS NO MATARÁ, pero no pondrá la otra mejilla. Un francés muy viejo escucha su historia en un parque de Quito el 10 de febrero de 2004 y le dice que lleve su caso a la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH). Le da plata. Jesús va a un café Internet, googlea y llena el formulario. Es el caso 12.581, registrado como el No. P-92/04.  El 21 de octubre de 2006 la Comisión admite su caso mediante el informe No. 95/06. El 27 de marzo de 2009 aprueba el informe de fondo No. 37/09. El 8 de abril notifican a Panamá y le dan dos meses para que aplique recomendaciones de la Comisión en el caso de Vélez, pero el Estado no lo hace. Entonces, el 8 de octubre la Comisión demanda a Panamá ante la Corte Interamericana de Derechos Humanos.

La defensa de Jesús la asume el Centro por la Justicia y el Derecho Internacional (Cejil) quienes argumentan que las violaciones contra Vélez se enmarcan en un contexto de discriminación y criminalización de la migración. Panamá no niega los abusos, pero afirma que la Corte no tiene competencia, que la defensa no tiene competencia. Y fracasa. El 23 de noviembre de 2010 la CIDH falla a favor de Jesús, porque el Estado incumplió la Convención Interamericana de Derechos Humanos y le exige investigar a los responsables. En 2015 el fiscal Justo Ortega dice a los medios que el Ministerio Público de Panamá desde el 2012 investiga el caso Vélez y que hará comparecer a los implicados, incluyendo a la embajadora Ilka Varela. No lo hace, por eso en la audiencia de octubre de 2017 la Corte llama la atención al Estado y le da hasta febrero de 2018 para que presente la investigación o lo convocará a una vergonzante audiencia pública. En 2017 Vélez vuelve a salir en los medios panameños acusando a Varela. Los medios tratan de hablar con ella, pero no pueden. Ella nunca dirá nada. Amnistía dice que los gobiernos rara vez investigan y castigan la tortura. Por eso sigue pasando.

Aun así, con la sentencia de 2010 el caso Vélez Loor vs Panamá sienta jurisprudencia. Es la primera vez que un migrante le gana a un Estado en Latinoamérica. Pero la victoria de Jesús es mayor. Por su caso, Panamá libera a los presos por migración: 15 de La Joyita y 28 de La Palma, que es cerrada. 43 hombres recuperan su vida. Nicaragua y otros países de la región también liberan a los suyos. Panamá abroga el decreto ley de 1960 que criminaliza la migración, mejora su política migratoria y su sistema carcelario. Hoy a la entrada de La Joyita hay teléfonos gratuitos con listados de abogados de oficio. Nunca más se tratará al migrante como delincuente. Mientras, entidades de DDHH juntan requisitos para proponer a Jesús al Nobel de la Paz.  


¿Y qué pasó con el 38? Lo di al Pastor. ¿Y el Pastor? No sé.  
Con la indemnización en 2010, Jesús compra un lote cerca de Santa Cruz, donde se queda cuando iba a Argentina. Construye su casa, cría chanchos y trabaja con una camioneta llevando cosas. En 2017, a los 53 años, me dice feliz que por fin pudo hablar con Melissa tras tantos años. Ahora ella tiene 23. Sonríe: la suya es una sonrisa/monumento a la voluntad humana, pese a que los informes médicos dicen que es un hombre roto. Le pregunto qué opina. Me mira con esa sonrisa franca de niño eterno y dice: Estoy vivo ¿No?