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La Cantata Elay eleva su voz por la ‘tierra de horizontes incendiados’, la Chiquitania


Patrimonio. La obra de Julio Barragán y Óscar Zambrano se pone en escena después de 25 años. Con 150 artistas e invitados especiales, la versión les da voz a los hitos cruceños. Estará mañana y el domingo en el Teatro Eagles


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06/09/2019

¡Ojalá siga viva la vida!, es el título de una de las canciones de la Cantata Elay que fue nuevamente interpretada por el coro y los instrumentos de la Orquesta Filarmónica de Santa Cruz de la Sierra. El espectáculo se reestrenó ayer en el Teatro Eagles, con toda su energía, después de 25 años y se volverá a presentar mañana, a las 20:30 y el domingo, a las 17:00.

La Cantata Elay es considerada patrimonio cultural cruceño, porque es la descripción histórica de Santa Cruz, con sus grandes hitos. Salida de la genialidad del músico Julio Barragán y el comunicador Óscar Zambrano, la obra recorrió, en 1994, ciudades de Bolivia, Europa y Latinoamérica. Así lo recuerda Julio Kempff, que fue el relator en esa época y vuelve a enunciar la prosa en esta versión.

“Hoy, su vigencia tristemente sorprende por la coincidencia con los desastres naturales que estamos viviendo. Nosotros la pusimos en agenda hace un año, sin imaginar la dimensión que iba a ganar, porque anuncia lo que hoy sucede. Leer lo escrito por Zambrano, en la primera frase que el coro canta y que describe ‘yo soy la tierra de horizontes incendiados’, cala muy profundo”, apreció Isaac Terceros, director artístico de la filarmónica.



Junto a Terceros trabaja en sinergia el equipo de producción. El coro es dirigido por Karina Troiano y la puesta en escena le fue encargada al actor Ariel Muñoz.

La intervención en las creaciones coreográficas es de Gonzalo Canedo y se hace presente en distintos momentos, primero en compases marcados para el coro y luego en un solo de danza, interpretado por la bailarina Vanesa Méndez.

Detalles en la escena

Un patio colonial, una galería en altillo y un jardín central, donde se ubica la orquesta, es la propuesta de Muñoz como escenario. “Las paredes del altillo tienen memoria, nos muestran el pasado del oriente boliviano en diapositivas translúcidas. En sus profundidades se reconocen las siluetas del coro, la voz principal de esta memoria”, describió Muñoz.



Dividida en 14 partes, las escenas de la cantata fluyen, una tras otra, mientras Kempff cuenta lo que sucede. En un momento del relato interviene el actor Carlos Ureña y, junto a Kempff, desarrollan un diálogo que explica un hito cruceño, la llegada de las losetas.

Las creaciones de la artista plástica Ejti Stih son invitadas de lujo en la escenografía, mostrando en sus trazos estampas cruceñas.

El vestuario le fue encargado a los estudiantes de Diseño y Gestión de Moda de la Universidad Privada de Santa Cruz de la Sierra (UPSA). El desafío para ellos fue hacer que los trajes sean versátiles y permitan a los artistas modificar las prendas sobre el escenario.

“Se tenía que permitir la acción de movimiento y que los trajes pudieran transformarse sin que los actores deban salir del escenario. Es fundamental el uso del color, que se constituye en un mensaje”, indicó Raquel Clouzet, jefa de carrera en la UPSA.

El escenario es desbordado por 150 artistas, más los invitados especiales. El coro es protagonista en esta versión, como lo fue en 1994. Son las voces las que llevan el relato, cuando pone en frases la memoria colectiva de los habitantes de esta tierra.



Poniendo énfasis en algunas letras, los ocho solistas de esta puesta son Carolina Franco, Carmen Urenda, Flavia Chávez, Julia Barragán, Andrés Núñez, Daniel Rodríguez, Adriel Baldelomar y Mauro Zapata.

La recuperación

El trabajo de Barragán se mantuvo resguardado durante muchos años. En su deseo de devolverlo a escena, su recuperación fue tarea de la filarmónica. Santa Cruz hoy tiene la cantata, como patrimonio y homenaje a su creador.

Los nuevos arreglos le pertenecen a Javier Parrado, que se ocupó también de la transcripción al papel pentagramado de sus notas. Sin partituras, para Parrado fue una labor minuciosa.

Al iniciar los ensayos, la cantata estaba destinada a festejar a Santa Cruz, pero el contexto la convirtió en la voz de la Chiquitania. Allí, donde la tierra, representada en la cantata por una bailarina, sufre bajo el fuego.



 




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