REVISTA EXTRA

Pigmentaciones en la piel


Pecas y lunares. Dependiendo de muchos factores, pueden ser un atributo físico, o para ciertas personas un motivo de incomodidad, pero lo más importante es que por muy irrelevantes que parezcan, hay que estar pendientes para que no se conviertan en un dolor de cabeza y de bolsillo


Las pecas no suelen relacionarse con cáncer, de todos modos hay que evitar la exposición al sol que las hace aumentar en número.
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10/02/2019

Hay quienes aman su lunar sobre los labios, o quienes aborrecen la enorme mancha en la cara, o en el brazo, y más aún si se hizo tierra fértil para el exceso de vellos.

El mismo elemento que puede ser un motivo de orgullo y coquetería, de acuerdo a las características, también puede volverse vergüenza, hablando desde una perspectiva exclusivamente estética.

Pero los lunares y las pecas van más allá de la ‘pinta’, tienen un trasfondo relacionado con la salud, sobre todo en el caso de los lunares o nevus, que son lesiones o tumores benignos formados por acumulación de células pigmentadas (células névicas)y que pueden tener un origen congénito o ser adquiridos.

Los nevus se localizan con preferencia en la raza blanca, en las áreas de mayor exposición al sol, por ejemplo por encima de la cintura, y el número normal es de 10 a 40 lunares, aunque en el desarrollo de un ser humano siguen apareciendo con normalidad hasta los 40 años. Cuando alguien supera fácilmente los 40 nevus, según estudios científicos, corre mayor riesgo de sufrir cáncer de piel.

Las pecas (o efélides) son manchas generadas por una mayor concentración de melanina en una zona específica de la piel. A diferencia de los lunares, suelen ser pequeñas, sin relieve, tienen forma irregular y no conllevan ninguna situación de riesgo para la salud. Eso sí, a medida que se exponen al sol, se multiplican de forma notoria, sobre todo en la cara, los hombros y el cuello.

Cuándo poner atención

Es importante tener en cuenta ciertos atributos de los lunares, de tal modo que cuando presenten diferencias con estos, sea razón suficiente no para alarmarse, sino para prevenir cualquier sinsabor.

La regla dice que los lunares son benignos cuando tienen una forma definida, redonda u ovalada, y cuando presentan coloraciones diversas, desde rosada, marrón, negra o roja.

La asimetría (forma desproporcionada e indefinida), los bordes irregulares, la variación de tono en un mismo punto, de tamaño, y un diámetro superior a los seis milímetros, son señales de alerta.

La exposición a la radiación ultravioleta puede provocar cambios en los lunares e incluso derivar cáncer de piel. Para hacerse un autoexamen, Oncosalud sugiere usar la técnica ABCDE: detectar la Asimetría, los Bordes irregulares, el Color disparejo, el Diámetro y la Evolución (cambios veloces en el tamaño, la textura, etc.). Con uno o dos de estos puntos verificados ya hay razones suficientes para acudir al médico y pedir análisis.

Cuando un lunar da lugar a cáncer de piel, se presenta de dos maneras: el melanoma y el no melanoma maligno. El melanoma, menos común, es el más peligroso y letal, por la particularidad de expandirse a otras partes del cuerpo, es decir, de hacer metástasis.

Aunque no es una regla estricta, hay una cierta prevalencia de lunares malignos en ciertas partes del cuerpo, de acuerdo al sexo. Según datos de Oncosalud, en los hombres la tendencia aumenta en cabeza, cuello y espalda, mientras que en las mujeres en la espalda y la parte inferior de las piernas. Asimismo, en las personas de tez morena disminuye el riesgo de padecer cáncer de piel, porque además tienen menos recurrencia de lunares y pecas.

Hay lunares atípicos, conocidos como nevo displásico, que no necesariamente son cancerosos, son más grandes que el lunar común y corriente, con bordes irregulares, superficie lisa y variedad de tonos. Si bien corren riesgo de convertirse en melanoma (cáncer), no ocurre en la mayoría de los casos, pero adoptando cuidados, como evitar exponerlo al sol, y estar atento a cambios en la textura (si se hace seca o escamosa), si se pone duro o abultado, si tiene comezón, si produce sangrado o algún tipo de exudación.

Según el Instituto Nacional del Cáncer de España, extirpar un nevo displásico no es garantía para prevenir la enfermedad. “Muy pocos nevos displásicos o lunares comunes se convierten en melanoma, pero aun cuando se extirpen todos los lunares de la piel, no se impediría la formación de melanoma debido a que el melanoma puede formarse como una nueva zona coloreada en la piel. Por esa razón, los médicos usualmente extirpan solo un lunar que cambia o una zona nueva coloreada de la piel”, dice en su portal.

El melanoma es un tipo de cáncer de piel que empieza en los melanocitos (células encargadas de dar color a la piel). Es potencialmente peligroso porque puede invadir los tejidos cercanos y diseminarse a otras partes del cuerpo, como pulmones, hígado, huesos y cerebro. Cuanto más pronto se detecte y extirpe el melanoma, mayor será la probabilidad de cura.

El melanoma puede ocurrir en cualquier superficie cutánea. Puede resultar de un lunar común o de un nevo displásico, incluso aparecer en una zona de piel que aparenta ser normal. El melanoma puede presentarse también en el ojo, en el aparato digestivo y en otras regiones del cuerpo.

 

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Para todos los gustos

Los nevos pueden aparecer en lugares impensados, desde los lugares habituales, como el brazo, espalda, hasta el globo del ojo, la planta del pie, la palma de la mano, las uñas, el cuero cabelludo, etc. También hay los de color rojo, con sus propias particularidades y explicaciones.

Contrario a lo que dicen, la dermatóloga Lorea Bagazgoitia explica que los nevos en el pie, la mano o las uñas son tan normales como cualquier otro lunar, pero igual que en todos los casos, recomienda considerar el examen ABCDE.

Los lunares rojos son comunes en personas blancas y de edad mediana y se asocian a menudo con desórdenes en el hígado los intestinos por exceso de toxinas

El exceso de lunares (llamados de carne) en el cuello, similar a verrugas, puede estar relacionado con desórdenes hormonales y suele aparecer entre los 20 y 30 años de edad, tanto en hombres como en mujeres.



 




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