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REVISTA EXTRA
José María Ruiz. El español más portachueleño que hay
Acaba de cumplir 87 años. Hizo de portachuelo su hogar y le ha dedicado casi 60 años de esfuerzo y trabajo. El sacerdote es una personalidad muy querida en la población norteña


31 de Julio de 2011 | 19:28
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Su voz y su andar son cada vez más pausados, pero mantiene intacta su amplia sonrisa y su buen humor, como cuando se le pregunta a qué orden (religiosa) pertenece  “Yo, la verdad, es que soy completamente desordenado”, responde y larga una carcajada. Así es José María Ruiz Díaz y así lo aprendieron a querer  varias generaciones de portachueleños a los que bautizó, casó e incluso les dio la extremaunción.

El religioso, que llegó hace casi 60 años atrás para evangelizar en la población norteña, también ha sido fundamental en el desarrollo de la región. Gracias a él Portachuelo tuvo una mejor educación, un hospital que pronto se convertirá en un referente para todo el norte cruceño y muchas otras obras que llevan su sello.
El pasado 14 de julio, el sacerdote cumplió 87 años de vida y fue un buen momento para recordar cómo fue que llegó al oriente boliviano.


José María Ruiz nació el 14 de julio de 1925 en el ayuntamiento de Reinosa de la provincia Santander, al norte de Cantabria. Su padre se llamaba José Ruiz y su madre Irene Díaz, Él fue el sexto de 12 hermanos, uno de ellos, Jesús, también es sacerdote y dos de sus hermanas son monjas adoratrices.


Estudió primaria en un colegio de frailes y de esa educación fue que surgió su vocación religiosa. “A veces los frailes lo perjudican a uno”, bromea y recuerda que uno de ellos iba curso por curso reclutando chicos para el seminario.  Fue en una de esas visitas que él decidió estudiar para sacerdote. Luego prosiguió estudios de filosofía, teología y oratoria en Valladolid y en Burgos. A principios de los 50 se trasladó al seminario Panamericano de Madrid, adonde había llegado monseñor Avelino Costas, que para ese entonces estaba a cargo de la catedral de la capital cruceña.


Costas buscaba sacerdotes y religiosas para traerlos a Bolivia. El joven José María aceptó la propuesta y con el apoyo económico del ‘generalísimo’ Franco que estaba en el poder, ocho religiosos llegaron a Santa Cruz de la Sierra. “Vinimos con el nombre de Instituto Cultural Isabel la Católica y fuimos un tiempo a La Paz, pero nos volvimos a las disparadas, porque eran los días de la revolución de 1952.


Al poco tiempo el religioso llegó a Portachuelo como párroco. Su misión principal era evangelizar, pero se dio cuenta que había muchas más cosas para levantar de su letargo a la ciudad.


Su primera actividad fue la reconstrucción de la iglesia de la Inmaculada y convocó a los portachueleños a formar un directorio pro templo. No le fue fácil, porque tuvo oposición de algunos políticos que eran autoridad en el pueblo y que pretendían que todas las actividades que se hicieran allí pasaran primero por su aprobación.

Religiosos. Conversando con la madre Loreto Casado, que junto con su congregación ahora se hacen cargo de adminitrar el hospital que él creó

 

 

 

 

 

 

 


Nadie acudió al primer llamado y para demostrar que persistiría en su objetivo colocó una cartulina en la entrada de la iglesia, en la que colocó su nombre en todos los cargos del directorio. Esa ocurrencia hizo reflexionar a los lugareños que fueron sumándose para apoyarlo.


A partir de allí, el sacerdote no descansó en sus actividades. Formó el primer coro de la iglesia, entusiasmó a los niños y jóvenes con el deporte y organizó agrupaciones como Caballeros de Cristo y Acción Católica, esta última no solo se encargaba de ayudar en el templo, sino también de enseñar a los niños.


Pero el padre José María necesitaba recursos para solventar sus proyectos, los que conseguía a través de donaciones de ganaderos, agricultores y gente con recursos económicos a los que visitaba siempre. Todo le servía, desde algunas gallinas hasta bolsas de arroz y mucho mejor si le regalaban una vaquilla. Esa actitud hizo que le apodaran ‘Zacarías’, mote que siempre lo tomó con buen humor. 


Uno de sus grandes aportes fue la creación del colegio San José que hoy recibe más de 1.000 estudiantes, y del que, en su primera época, sus alumnos egresaban con conocimientos de ramas técnicas. También impulsó el colegio nocturno al que asistían personas que durante el día debían trabajar. No menos importante fue la creación de la cooperativa Inmaculada Concepción, que viabilizó emprendimientos personales o empresariales.


 Son muchos sus aportes en educación, salud y cultura, pero nunca descuidó su labor sacerdotal. Los portachueleños más antiguos recuerdan todavía cómo, a lomo de caballo, viajaba hasta Santa Rosa del Sara y poblaciones aledañas para celebrar misa, incluso en algunos sitios  que ni siquiera tenían templo. “A veces tenía que recorrer 45 kilómetros, porque al poco tiempo de llegar a un lugar ya me llamaban de otro”, recuerda el sacerdote.

Jinete. A caballo en uno de sus viajes a Santa Rosa del Sara para celebrar misa

 

 

 

 

 

 

 


Hombre de asumir retos y, sobre todo, de luchar por mejorar la calidad de vida de la población  que él ya considera su verdadero hogar, el sacerdote decidió irse a vivir a lo que se llamaba el barrio Obrero, una zona donde vivía gente de escasos recursos. Allí levantó otro templo, creó el hospital San José Obrero, que ya es de segundo nivel y que dentro de poco contará con servicios que no tiene todo el norte cruceño. 


Entre sus últimas obras está el comedor de ancianos al que acuden todos los días personas de la tercera edad que no tienen recursos para alimentarse. 
De a poco fue transformando la zona y la convirtió en una de las más importantes de la población norteña.  Sus antiguas calles de tierra ahora cuentan, en su mayoría, con enlosetado.
Con los años, José María Ruiz fue delegando funciones. Su edad no le permite realizar muchas de las actividades de años atrás y para caminar debe apoyarse en un bastón, sin embargo, siempre está pendiente de mejores días para Portachuelo. “Se necesitan más cabezas que contribuyan al desarrollo de la región. Falta continuidad en las labores y que se piense menos en los beneficios propios”, reflexiona el religioso.


Tiene pensado pasar sus últimos días en el pueblo al que ayudó a progresar y que conoció cuando apenas tenía 3.000 habitantes. Hoy ya tiene cerca de 20.000. “Es que, además, dónde más me van a querer admitir a  esta edad”, bromea al finalizar la charla.

   Algunas de sus obras    

- Cuando llegó a Portachuelo la iglesia Inmaculada Concepción estaba muy deteriorada y casi abandonada. Fue gracias al sacerdote que se hizo un nuevo templo que hasta hoy continúa.

- El colegio San José  es uno de los más importantes de Portachuelo y actualmente acoge a  más de 1.000 estudiantes en sus diferentes turnos. Asisten allí alumnos provenientes de comunidades cercanas a Portachuelo.

- Otra de sus iniciativas  fue la creación de la cooperativa  Inmaculada  Concepción  que empezó a funcionar en lo que hoy es la oficina parroquial.

- La radio Agricultura  fue una de las adqusiciones de la cooperativa y en ese proyecto también estuvo Ruiz, que recuerda que durante años le ayudó en su labor social

- Tony Nazario Gutiérrez acaba de publicar un libro en el que cuenta la historia de José María Ruiz y en el que reúne divertidas anécdotas del sacerdote, y fotografias  de distintos momentos de su vida

- La avenida sobre la que está el templo San José Obrero fue bautizada con  su nombre.

- Construyó un coliseo para que los jóvenes practicaran deportes en la misma zona del exbarrio Obrero.

Religiosos. Junto a su hermano Jesús , que también es sacerdote y que regularmente lo visita en Portachuelo, ya que él vive en Santa Cruz de la Sierra.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

  Opinión    

Firmeza, fuerza y voluntad

Tony Nazario Gutiérrez
Autor del libro: José María: El quijote que estábamos esperando *
Miento si digo que nunca quise escribir sobre la vida del padre  José María. En realidad no me animaba, pensado que otro lo hubiese hecho mejor que yo. La gente solo habla de que se debería escribir sobre su vida, pero resulta que para acabarla de enterar me encontré con la señora Betty Antelo de Saavedra en Montero, lugar donde vive, y que fue una de las primeras intérpretes del coro de la iglesia junto a su hermana Gladys. La señora Betty argumentó que sería una injusticia no hacerlo y cortésmente me increpó a que lo haga. Se despidió amablemente  y se entró a su casa y me quedé meditando ante esta insinuante ‘súplica’.
 Al final hablé con un amigo, Benjamín Pedriel (Paye), que era uno de los más allegados al padre para que le convenciera  y me diera  la oportunidad de escribir sobre él.
La iniciativa  fue criando cuerpo  y he aquí este trabajo, perdonarán la osadía, pero la culpable es la señora Betty. He rebuscado muchos datos y fotografías que me fueron dados con muy buena voluntad, a quienes estoy muy agradecido. Fui testigo de muchas cosas  importantes en la vida del padre José María, él me bautizó y me educó como a miles de nosotros...
 ... Firmeza, fuerza y voluntad hechas José María, generaciones y más generaciones formadas y moldeadas para enfrentar la vida, donde lo imposible no existía más allá de su pensamiento, donde su pueblo adoptivo tuvo más fuerza que su pueblo nativo, ¡qué hombre!, ¡qué guía! y ¡qué pastor! 
* (Un fragmento del prólogo del libro)









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