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| 30/12/2018


El tiempo que pasa y la aceleración del tiempo

Hoy en día los ejecutivos de onda repiten que el tiempo es el único recurso natural no renovable que existe en el universo. Es una verdad casi de Perogrullo, pero que no siempre se la comprende bien. El tiempo corre inexorable, no vuelve. Debe recordarse, que el tiempo es relativo y no absoluto, como parecía serlo en función de la mecánica gravitacional planteada en 1686 por Isaac Newton. En 1905 la teoría de la relatividad de Albert Einstein fue introducida y luego probada, transformándose en ley del mundo físico que cambió la premisa newtoniana. La relatividad del tiempo implica que lo fugaz para algunos puede ser muy largo para otros. En la mente humana un minuto de tortura puede ser horriblemente largo y una hora de felicidad transcurre fugazmente. He ahí la relatividad del tiempo definida de forma simple. Una cosa sí es segura: el tiempo que pasa no retorna jamás. Por eso hay que saber aprovecharlo debidamente.

A lo largo de milenios, el ser humano ha vivido entre dos variables esenciales: espacio y tiempo. Precisamos espacio para cosechar, dormir, ejercer labores diversas y, en fin, sin espacio nada se puede hacer, no hay vida posible. El espacio estará siempre ahí para servirnos o perjudicarnos, inclusive para luchar por él si nos lo quieren quitar o si pretendemos quitárselo a otros. Mientras el espacio se achica, agranda o se transforma, el tiempo transcurrido no vuelve jamás, aunque en simultáneo existe una correspondencia biunívoca tiempo-espacio que vale la pena mencionar. Un profesor de lógica formal -durante mis años universitarios en Buenos Aires- recalcaba que el saber sí ocupa lugar, porque el proceso de aprendizaje toma tiempo y eso era prácticamente lo mismo. En su momento no comprendí muy bien la relación. Ahora, varias décadas después, la tengo siempre presente. No en vano Napoleón consideró como elementos estratégicos básicos al espacio y al tiempo, aunque hizo una drástica distinción. El espacio perdido siempre puede ser reconquistado mientras que el tiempo perdido es irrecuperable. De ahí la necesidad de valorarlo, de utilizarlo al máximo en cosas útiles.

La propia vida es una medida del tiempo y simultáneamente vivimos en un espacio determinado. La relación espacio-tiempo se ha prestado a múltiples interpretaciones, pero en su simple expresión significa nuestro devenir, el transcurso de nuestra existencia, la que debemos intentar sea provechosa dejando algo de bueno. La pizca positiva que cada uno deje como legado, contribuirá con certeza a un mundo mejor.

Mi recordado tío José Saavedra Suárez -hermano mayor de mi padre, fallecido en 1975- solía repetir esta expresión: “Existen cinco cosas que no vuelven en la vida: a) la flecha que se lanza; b) la oportunidad que se pierde; c) el dinero que se gasta; d) la palabra que se dice; y e) el tiempo que pasa”. Ocurrentes en verdad las palabras de Don José. El tiempo que pasa… Es tan cierto y a su vez, cuántas veces nos olvidamos de algo tan elemental: el tiempo se va y no existe manera alguna de retenerlo. Volviendo a la expresión de mi tío, sí es un hecho que podemos ir hacia la flecha lanzada y recuperarla; la palabra dicha podemos enmendarla con otras palabras; siempre puede haber una segunda oportunidad y el dinero gastado también puede ser ganado nuevamente. El tiempo ¡Ah! el tiempo es diferente. Incluso mientras tecleamos esta nota los segundos vuelan y jamás retornarán. En nuestras vidas cotidianas a veces usamos con prudencia el tiempo y otras veces lo desperdiciamos inútilmente, sin percibir que es un commodity irreemplazable.

Ligereza, velocidad, aceleración: un tiempo más rápido

Un estudio de la Rand Corporation (www.rand.org/blog/articles/2018) afirma que la vida cotidiana se está moviendo cada vez más rápido. El transporte, armas, flujos de información, invenciones, tecnología, casi todo se está acelerando. Eso implica una mayor presión sobre los tomadores de decisiones; tendrán que adaptarse a la rapidez o quedar fuera de juego. No será fácil acostumbrarse a vivir en un estado permanente de ligereza, velocidad y aceleración (LVA), pero el avance tecnológico de este tercer milenio junto con la cibernética y la Inteligencia Artificial (IA) nos conduce inexorablemente hacia el sendero de la velocidad. La capacidad de respuesta rápida será cada vez más rápida, valga la expresión. Quien no haga las cosas en el tiempo justo quedará en el camino como algo viejo e inservible. Así marcha el proceso hoy; hasta hay escuelas especializadas que enseñan cómo proceder a tomar decisiones veloces. Decidir rápido no implica decidir mal; se supone que el experto en velocidad sabrá definir primero sus opciones y decidir luego lo que corresponda. Es fácil decir sí o no al azar; mucho más complejo es hacerlo racionalmente, manejando ecuaciones u opciones múltiples.

Vivir en un medio ambiente LVA será muy duro. Con la velocidad de la información los decisores enfrentan presiones tremendas para responder eficazmente. Es por eso que la RAND está estudiando el tema velocidad como parte de un proyecto especial. Por otro lado, la velocidad puede ocasionar mayor cantidad de malas decisiones y esa misma velocidad, al acelerarse, traerá además nuevas amenazas. Recuérdese que con el progreso siempre viene un margen de riesgo. Estamos en la era de la geopolítica del tiempo o Cronopolítica, el tiempo en función de lo que se decida o se haga políticamente. La velocidad está transformando tanto los armamentos como los conflictos, al alterar las formas tradicionales de la escalada y reducir el tiempo disponible de respuesta. Hasta un tweet puede crear problemas en pocos segundos y pasiones o falsas informaciones capaces de acelerar hostilidades ídem. La RAND considera que los procesos de LVA se intensificarán, trayendo nuevos riesgos y desafíos. El tiempo cada vez más acelerado ya está marchando y lo hace con fuerza.

El tiempo de Janus

Al finalizar 2018 e iniciarse muy pronto el primer mes de 2019 y en el dinámico marco de los increíbles avances acerca del tiempo acelerado que brevemente hemos resumido para el amigo lector, a manera de conclusión vale la pena recordar al viejo Janus. Ese ídolo latino adornaba la entrada de Roma; tenía dos caras, una escudriñaba al pasado y la otra el futuro. Como mítico guardián imperial de accesos, salidas y puertas, se le asignó a la deidad la potestad de mirar pasado y futuro con su doble faz. He aquí el origen del apelativo “enero”. En castellano no suena tan parecido a la etimología, pero sí lo hace en portugués (Janeiro), inglés (January) y francés (Janvier), por citar algunas lenguas europeas.

Enero es un mes peculiar. Vivimos todavía con las imágenes del año que se fue y al unísono tratamos de vislumbrar lo que vendrá durante el nuevo ciclo que se inicia. La simbología es interesante. Janus nos sacude con el fantasma o la añoranza de visiones pretéritas e induce sueños positivos para el futuro. Janus simultáneamente nos recuerda el irreversible tiempo pasado (con lo bueno o malo que haya ocurrido) y a su vez nos brinda positivas esperanzas, ya que el futuro es nuestro, podemos construirlo según nuestros propios deseos y expectativas si nos esforzamos y las circunstancias nos ayudan. Recuerden: hagamos algo útil con el tiempo que pasa, porque una vez ido jamás retornará.





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