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| 26/05/2019


La filosofía de Bolsonaro

Hace unos días, el presidente brasilero volvió a la polémica -en realidad nunca ha salido- con una frase que lo dibuja en su peor perfil -acaso el único que tiene-. Tuiteó: “El ministro de Educación estudia descentralizar la inversión en facultades de filosofía y sociología (humanas) (…). El objetivo es focalizarse en áreas que generen retorno inmediato al contribuyente como veterinaria, ingeniería y medicina”.

La política del tuit ha sido una característica de estos tiempos, pero hay algunos que la usan peor que otros. Trump, frente al incendio en Notre Dame, con una mano en la cintura sugirió que echaran agua -ni siquiera bendita- desde helicópteros. Parecía obvio, ¿cómo no se les había ocurrido a las autoridades locales esa genial solución? Claro, luego los técnicos explicaron que, de seguir las recomendaciones de la Casa Blanca, se hubiera destruido la hermosa catedral parisina. Bolsonaro, en sintonía con su par estadounidense, resuelve el problema de la educación, la inserción laboral y las prioridades de estado en 140 caracteres.

El caso es que, detrás de esas pocas palabras, se esconde una peligrosa filosofía más expandida de lo que parece; hay que decirlo: no es que el presidente esté en contra de la disciplina madre de las ideas, sino que no soporta las ideas que están contra su filosofía. Primero, en sus pequeñas palabras se expresa una jerarquía clara en la toma de decisiones, es el ministro -instruido por el presidente- que tomará la determinación que afecte a millones de estudiantes y maestros.

En ningún momento se habla de la posibilidad de un diálogo, encuentro, intercambio, tomar en cuenta las posiciones de los actores involucrados, consensuar una decisión sobre el contenido de una reforma, ni hablar de una pedagogía liberadora como soñaba Paulo Freire. Aquí alguien manda, el otro ejecuta y el último reciente. Hay que recordar que ese proceder va en contra de “planificación de presupuesto participativo” que, otrora, caracterizó algunas gestiones públicas del Brasil. En el fondo está la idea de la democracia liberal: me eligieron en las urnas, ahora hago lo que quiero hasta la próxima elección.

Segundo, el presidente habla de inversión en educación como se invierte en la bolsa de valores. No menciona la educación como un derecho, la libertad de elegir estudiar lo que uno considera pertinente, la obligación de la autoridad de dar las condiciones para que la gente acuda a las universidades a ser más libres y plenos, mejores personas, más humanos. En la cabeza de Bolsonaro cada peso “invertido” en el sistema educativo debe dar rédito y multiplicarse al infinito. La vinculación entre educación y generación de dinero es indisoluble, todo saber no redituable está demás.

En el mismo tono, el presidente habla de “contribuyentes”, no de ciudadanos. Como si el saber, el producir conocimiento y transmitirlo, fuera una cuestión utilitaria, que solo es exitosa si da un rédito económico; todo se mide en monedas, con calculadora en mano. Quienes son beneficiarios de la educación no son seres con derechos pertenecientes a una nación con historia, son números con un valor fiscal. A esto se suma el tiempo, el aquí y el ahora, el “retorno inmediato” de la inversión. El futuro no está en juego, se trata de optar por lo que asegure la reproducción inmediata. Por último, la jerarquía de las disciplinas pertinentes, estratégicas, eficientes en términos comerciales y aquellas cuyos resultados no están a la vista. Formar un veterinario es más útil que graduar un antropólogo.

Cada uno de los puntos de Bolsonaro responden a una filosofía clara que beneficia la lógica del dinero en la gestión pública. Y aunque parezca escandaloso, sus ideas están mucho más presentes de lo que parece en múltiples contextos. Por ejemplo, hace unos años Francia sólo otorgaba becas a Bolivia para estudiantes que optaban por Medicina y Agronomía, no para Sociología o Literatura; asimismo, no faltan los programas educativos en todos lados que proponen con entusiasmo eliminar las ciencias sociales por no ser pertinentes en países cuya prioridad es, se dice, resolver los problemas de salud.

Esa postura es negar la importancia de las ideas en la vida de los seres humanos, es no considerar que gracias a una consigna, buena o mala, se han cometido las más atroces guerras o se han erigido los más nobles proyectos que han afectado a miles y de millones de personas. Pero más curioso todavía que la torpe propuesta en contra de las humanidades provenga del presidente del único país latinoamericano que tuvo un antecesor que fue uno de los sociólogos más importantes de estos tiempos, y único cuya bandera tiene inscritas las dos palabras emblema de las ideas de la modernidad: orden y progreso.





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