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| 10/02/2019


Principios, hechos, moral y ventaja totalitaria

A nivel didáctico es tradicional la división del estudio de las relaciones internacionales (RRII) entre principios y hechos. Los principios constituyen el marco ético-legal de la comunidad internacional, son el conjunto de normas que reglan los vínculos multilaterales. Muchos de estos principios -pese a ser evocados permanentemente- son desdeñados. La mayoría de las acciones en la esfera mundial son fruto de pragmatismos puntuales o de la violencia. Y esto es válido hoy más que nunca; factores de fuerza y aspectos geopolíticos son componentes esenciales de la dinámica planetaria del tercer milenio. Sería ideal que los actores de la arena mundial se comporten en concordancia con los principios, pero he aquí que la inmensa mayoría ejerce acciones en función de su propio interés, particularmente cuando están en juego elementos materiales, humanos o geopolíticos, tales como recursos naturales, territorios, zonas estratégicas, etnias cautivas, etc.

Al final -resulta penoso admitirlo- en la dura arena de las relaciones internacionales la moral importa poco y el poder efectivo sí importa mucho. El propio sistema internacional que nos rige refleja esa condición mediante el Consejo de Seguridad y sus cinco miembros permanentes con derecho a veto (Estados Unidos, Rusia, Gran Bretaña, Francia y China). Ahí radica el poder real. La Asamblea General de las Naciones Unidas es una vocinglería multitudinaria, cuyas especialidades son la demagogia de turno y muchas resoluciones sin valor efectivo.

Y eso de la moral, aunque se cacarea al respecto, casi siempre es una muletilla de aquellos que no son lo suficientemente fuertes como para acosar a otros y entonces se escudan en ella; los débiles disfrazan su impotencia con un manto de virtuosa apariencia pero en el fondo -si pudieran tener fuerza- quisieran ser tan o más rudos que los otros. Los más pequeños parecen inocentes y pacíficos, pero si fueran capaces de agrandarse por arte de magia, créanme que dejarían de serlo y se transformarían en belicosos sin nada de inocencia. Toda esa retórica sobre la moral es el disfraz de los débiles para fingir superioridad espiritual y disimular así una debilidad material que les impide salirse con la suya. Para mantener ese falaz sentido de “superioridad” se aparenta “preocupación” por valores que no se los tiene ni se aplican. La moralidad no importa para nada en la competencia geopolítica. Solamente se la invoca entre países débiles que se enfrentan al hecho concreto de no tener capacidad de hacer “bullying” ni ser belicosos, lo que sin duda harían si tuvieran mayor fortaleza.

Quienes son realmente poderosos siempre usarán primero la parte “blanda” del poder para persuadir mediante promesas de cooperación, ayuda internacional y otros elementos de influencia. Pueden hacerlo -y preferiblemente lo harán- antes de usar el poder duro, la fuerza bruta que en términos político-militares ese actor internacional posee y utilizará para doblegar al contrario, torcer su voluntad e imponer la propia. En el contexto del poder duro los totalitarismos tienen una ventaja enorme sobre las democracias: actúan drásticamente y sin vueltas. El fin justifica los medios, punto. Las democracias dudan, le dan rodeos al asunto, esperan, confían, debaten, consultan, y aún así, muchas veces terminan siendo sorprendidas por algún súbito golpe inesperado. En definitiva, se verán obligadas a actuar recién al ser atacadas o sorprendidas con un hecho consumado. En este mundo de hipócritas y cuando les conviene, unos y otros hacen valer el principio de la no intervención, gestado en Westfalia desde 1648, aunque al final se hace, no se hace nada, o se deja hacer. México y algunos otros países son afectos a proclamar la no intervención, olvidando la célebre sentencia al respecto de Talleyrand: “no intervenir es otra manera de intervenir”...

Las democracias rechazan pensar estratégicamente, salvo que se vean obligadas a defenderse o atacar. Y definitivamente no tienen la ventaja totalitaria de los estados autocráticos, que sí actúan con drasticidad, sin consultas ni deliberaciones previas. Pese a que las democracias occidentales carecen del sentido de la ventaja totalitaria, han aprendido con el tiempo a disimular sus acciones clandestinas con fraseologías convincentes de sus líderes, las que a la larga terminan siendo mentiras o verdades a medias pero en su momento resultaron efectivas. Sin ir lejos, cabe citar el célebre caso de los “Documentos del Pentágono”, instruidos por el entonces Secretario de Defensa de EEUU Robert Mcnamara y que provocaron un escándalo mayúsculo al ser publicados en 1971 durante el apogeo de la guerra de Vietnam. El periódico The Washington Post develó el falso esquema mediático de cuatro presidentes: Dwight Eisenhower, John Kennedy, Lyndon Johnson y Richard Nixon (www.archives.gov/research/pentagon-papers).

El politólogo Hans Morgenthau fue uno de los impulsores del realismo en la conducción de la política exterior. A él se le atribuye una conocida expresión: “las naciones no tienen amigos ni enemigos permanentes, solo tienen intereses permanentes”. En función de ese realismo se generaron factores de acción. El primero de ellos obviamente es el propio realismo en sí, la certeza de que la sociedad se rige por condiciones objetivas propias de la naturaleza humana. El realismo ha chocado en el pasado -lo sigue haciendo en el presente- con conceptos valiosos filosóficamente pero irrelevantes en un frío análisis realista. Desde la época de los célebres filósofos Platón (idealista) y Aristóteles (realista) hemos tenido presente esa dicotomía entre lo ideal y lo real que acompaña a la humanidad. No hay ideas sin su confronto con la realidad, no hay sueños posibles sin alguien que intente transformarlos en tangibles o los deseche por irreales. Por otro lado, muchos ideales quedan tal cual y eso no es malo. El ser humano siempre necesitará tener sueños que aunque no pueda cumplir ni sean viables serán incentivos para alcanzar metas más limitadas pero no por ello menos útiles. A su vez, cuando el organizador social llega a niveles patológicos surgen excesos, tanto a nivel individual como plural, sobre todo por la posibilidad de tener comunidades transformadas en gigantescos organizadores meticulosos, sin creatividad ni posibilidades de cambio. Se ha comprobado además que la organización en demasía de una comunidad atrae al totalitarismo o al belicismo. Su contrapartida es el exceso de ensoñaciones, con su secuela de desorden, anarquía y debilidad. Un sano equilibrio entre el soñador y el organizador se impone, tanto en lo individual como en lo social.

Las grandes guerras de la historia han sido causadas por el crecimiento desigual de las naciones. Tal crecimiento desigual no se debe al mayor genio de algunas comunidades en comparación con las demás; en gran medida es más bien el resultado de la inequitativa distribución de la fertilidad del suelo que se ocupa y de lo que podría llamarse “oportunidad estratégica” de unos sobre otros a lo largo de la historia. Piénsese en cuán diferente hubiera sido el destino de los trece estados originales que formaron los Estados Unidos de América si el país se hubiera fundado en otro lugar. Partir en 1776 desde una excelente ubicación le permitió a las 13 ex colonias pasar a ser 50 estados, adueñarse de medio continente norteamericano en poco más de cien años y superar una cruenta guerra civil. EEUU siguió ganando espacio hasta convertirse en potencia bioceánica y con legítimas pretensiones de poder mundial desde fines del siglo XIX, tras haber derrotado a España. La nación de George Washington tuvo desde su gestación una enorme ventaja estratégica por las ubérrimas condiciones del territorio original, la eximia calidad de su dirigencia y la abundancia de recursos naturales que su avance hacia nuevos suelos le fue proporcionando. No existe en la dura realidad mundial “igualdad de oportunidades” entre naciones. Algunas nacen bien, otras nacen mal, algunas se recuperan y superan desventajas, otras se dejan ahogar por sus desventajas y no faltan aquellas que procuran conseguir de terceros (mediante invasión o lucha) lo que les falta. Así anduvo y anda el mundo...





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