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| 11/11/2018


Relaciones externas y tendencias geopolíticas

La geopolítica ha resurgido con ímpetu. Ella refleja la relación del poder político (externo o nacional) con el asentamiento geográfico en ámbitos exógenos y en endógenos. Así, pues, es perfectamente válido referirse a una geopolítica interior, impulsada esta para reforzar fronteras, mejorar las comunicaciones, poblar espacios vacíos o generar determinadas polarizaciones espaciales. Dejaremos para otra oportunidad en sí el tema de lo interno, ciñéndonos ahora a los nexos entre geopolítica y relaciones internacionales. Las relaciones internacionales (RRII) son cada vez más complejas.

Otrora, “internacionalista” era aquel profesional medianamente versado en temas jurídicos y práctica diplomática. Hoy en día, con lo valiosos que son esos atributos, por sí no son condición suficiente para definir al estudioso de las RRII. La proliferación de estados y organismos, la problemática del comercio exterior, el auge de las corporaciones transnacionales y el desmesurado desarrollo de la tecnología, sumando diversos conflictos limítrofes, ambientales e ideológicos, más el perenne problema del subdesarrollo y otros álgidos temas de coyuntura tales como el terrorismo y el narcotráfico, hacen que la lista sea impresionante. De ahí la necesidad de buscar algunos paradigmas, con el fin de esbozar enfoques básicos susceptibles de aná- lisis. En la actualidad, esa es la principal labor de los que se dedican al estudio de la disciplina de las relaciones internacionales.

Al margen de la creciente sofisticación en el análisis de las RRII, esta disciplina sigue siendo una rama de la Ciencia Política, auxiliada por el Derecho Internacional y en sus variantes comercial-financieras por la Ciencia Económica. Pero el “meollo” de lo internacional es político, ya que las RRII son en su mayoría relaciones entre estados, los principales actores de la comunidad mundial. Siendo la Ciencia Política la rama del saber encargada de estudiar los aspectos inherentes al poder, al estado y al gobierno, la correspondencia entre política y relaciones internacionales es bastante obvia. Es más, recuérdese, que muchas veces se emplean los términos “política exterior” o “política internacional” como sinónimos de RRII, lo cual , sin embargo, no es correcto.

Las RRII son el todo de lo que ocurre en el universo, la política internacional es la gran arena donde los actores se desenvuelven y la política exterior es la manera (o el plan) que cada actor internacional instrumenta para sí en el marco de la política internacional y en el campo más vasto de las relaciones internacionales. Además, la diplomacia es el brazo ejecutor de la política exterior de cada actor en el contexto internacional. Hay muchos enfoques sobre las RRIII dignos de estudio e interés. Ahora nos ceñiremos al más realista: el de la política del poder. Al pretender establecer una relación válida entre RRII y geopolítica, debemos acudir al poder, su elemento más tangible. En la vida internacional, predomina el poder, así como en la vida económica predomina el dinero. “Dime cuánto poder tienes y te diré cuánto vales” sería la adaptación a la esfera mundial de aquel adagio similar con respecto al factor monetario. Para mitigar la contundente realidad del poder, la Organización de las Naciones Unidas (ONU) tiene sus periódicas asambleas generales y emite resoluciones, las que más allá de su carácter emocional o real no tienen mayor valor desde el punto de vista de las acciones concretas.

Quien mantiene el martillo del poder es el Consejo de Seguridad, con la capacidad concreta de imponer sanciones directas y además, con el derecho a veto de las cinco potencias que surgieron del orden mundial creado a fines de 1945, una vez concluida la Segunda Guerra Mundial. El poder en sus dos fases (blando y duro) sirve para imponer voluntad, pero también puede servir para preservar y proteger los valores fundamentales de una sociedad y hasta de la comunidad internacional en su conjunto. Si la geopolítica entraña la relación entre el poder político con el ambiente físico (geográfico), es probable derivar de ella tendencias y pautas en las relaciones de poder. Dichas relaciones dejan percibir también ciertas constantes, determinados estilos nacionales en la conducción de la política exterior. En el corto plazo la geografía siempre impera y en el largo plazo, hasta moldea la mente de los pueblos.

En el contexto de la RRII es importante tener el ingrediente geopolítico a la mano. A todo esto, hay que tener en cuenta la diferencia entre el concepto geopolítico de espacio, como distinto del geográfico: extensión o superficie. Bolivia figura entre los países sudamericanos más extensos, con 1.098.000 kilómetros cuadrados. Su superficie equivale a la suma de los territorios de España, Portugal, Italia y Grecia, con una población total superior a los 200 millones de personas y un Producto Interno Bruto (PIB) inmensamente superior al de nuestro país, escasamente poblado por apenas 11 millones de habitantes. Aunque la extensión territorial es la base cuantitativa, no es lo mismo superficie amplia que espacio amplio, algo que sí involucra una relación de poder. Como lo he repetido cientos de veces: Bolivia ocupa, pero no domina su espacio geográfico formal. Ni siquiera las terribles perdidas territoriales del pasado han generado hasta ahora en las élites gobernantes bolivianas un sentido del espacio como posesión y elemento esencial de dominio territorial pleno. Comenzando con las grandes potencias y terminando con los países pequeños, no hay prácticamente ninguna medida interna o externa que carezca de factores geopolíticos. Se observan elementos geopolíticos en cosas que van desde la construcción de una carretera hasta la erección de un puesto fronterizo o la proclamación de los objetivos nacionales, etc.

Si bien Bolivia definió sus metas básicas, aún no existe en plenitud una doctrina geopolítica nacional que englobe la concepción del espacio interior y las vinculaciones externas, pese a ser estas últimas tan importantes para el país por su ubicación geográfica. Cuatro objetivos esenciales han determinado histó- ricamente las RRII de Bolivia: a) seguridad e integridad territorial; b) mercados internacionales de exportación y favorables arreglos comerciales; c) la asistencia para el desarrollo; d) reintegración marítima. Cada objetivo general puede subdividirse en varias áreas. Una primera aproximación a los estudios de una geopolítica nacional demanda la adecuada comprensión de la ubicación de Bolivia en el continente americano y en el mundo. En definitiva, para nosotros el centro vital de nuestras preocupaciones es la nación que nos cobija y hay que estudiar al resto del mundo en función de ella, por elemental primacía de los propios intereses. Cualquier tipo de cultura política es producto de experiencias históricas y geográficas.

El medio ambiente moldea al hombre y determina su forma de ser, creando determinados “estilos” y hasta un carácter nacional. Ese medio geográfico -interno y circundante o externo al estado- ha sido en gran parte “domado” mediante la moderna tecnología. Persiste, empero, el elemento psicológico acerca de la propia tierra como medio de conexión. Así, sin caer en la exageración de Haushofer cuando expresaba “el espacio rige la historia de la humanidad”, reitero que el dominio territorial es importante. Bolivia, mediante ágiles políticas de vinculación y una diplomacia profesional de contactos, podrá alcanzar objetos esenciales para su desarrollo, incluyendo la legítima necesidad de retornar al mar. Alcanzar tales metas será posible si se mantienen políticas de estado y se valora siempre a la geopolítica, el condimento imprescindible -la “sal”- en el ámbito de interacción de la comunidad mundial.








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