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| 23/12/2018


Tolerancia cero

De animales, poco. De manada, mucho. Y de monstruos, todo. Hablo no solo de los cuatro jóvenes y un adolescente acusados de violar brutalmente a una chica de 18 años, a la que casi matan, sino de muchos más que alimentan hoy las fatídicas cifras de violencia hacia las mujeres. Unas cifras que aun parecen conmover poco, sobre todo a quienes están en niveles de decisión política y también, por increíble que parezca, a los propios jóvenes y adolescentes. Ha tocado comprobar esto otra vez tras el terrible hecho protagonizado por cinco muchachos a los que les ha llegado la justicia formal a duras penas.

En las conversaciones escuchadas sobre el hecho es fácil y a la vez doloroso percibir una suerte de naturalización de la violencia contra las mujeres en general, y particularmente contra las adolescentes. Es como si de pronto se hubiera puesto de moda –sí, leyó bien, de moda- acosar y agredir sexualmente a las chicas; en su mayoría, compañeras de aula o incluso cortejas. Las agresiones se hacen a solas, en dúos o en tropa, y casi siempre bajo el lente de una cámara que registra todo y cuyas imágenes son compartidas de inmediato o de manera simultánea. Al vivo y en directo, como enseña la televisión. Es decir: para los agresores no basta la posesión y el sometimiento de sus víctimas; les urge jactarse de los abusos y humillar lo más que puedan a las víctimas.

Una moda más como la de consumir drogas o bebidas alcohólicas en excesos, o incluso como la de usar prendas de marca. La compañera, corteja o conocida pasa a ser solo una cosa más a consumir como bien les venga en ganas. Y todo es motivo de risas. Incluso los padecimientos de la víctima. ¿Es una aberración vista solo entre adolescentes y jóvenes? Para espanto nuestro, no. Muchas otras voces adultas van a tono con ese menosprecio hacia las mujeres, no reparan en alentarlas, incluso las propias madres de esos varones, como acaba de demostrarlo la mamá de uno de los cinco acusados en el caso de violación que cito al inicio. Para ella, no hubo delito alguno. Y si hay culpa alguna, esta recae nada menos que en la víctima. Una adolescente sola frente a cinco mozalbetes. Qué tal.

Espanta tanto la violencia de esos cinco jóvenes, como la violencia vomitada por la mamá de uno de ellos. Espantan los comentarios leídos en decenas de chats y tanto otros vistos en las redes sociales, esforzándose en minimizar la culpabilidad de los agresores, a la par que buscan culpabilizar a la víctima. Espanta saber que aún hay quienes osan crear grupos de chat para impulsar campañas de desprestigio no solo contra las víctimas, sino también contra los familiares y amigos de estas. Son todos partes de una misma manada, pero no de animales, sino de bestias humanas. Que de bestias tienen mucho, pero de animales poco o nada. Estos carecen de la crueldad con la que actúan los violadores racionales. No atacan, agreden ni matan por placer, como lo hacen los seres pensantes. Gran diferencia.

Hablo de manada, porque he podido comprobar que no son apenas cinco monstruos los que andan sueltos por ahí. Hay más. Donde una menos imagina aparece una bestia de dos pies. Agresora en primer, en segundo o en tercer grado. Bestias dispuestas a someter a vejámenes de todo tipo a sus víctimas. Bestias alimentadas en casa, socapadas en las aulas o en los lugares de trabajo. Bestias impunes, aplaudidas de palco o rastreras. En fin, bestias de carne y hueso que se campean orondas mientras van a la caza de sus presas. Y logran cazarlas, con la complicidad activa de un entorno social enfermo que saca pinches ventajas de la cosificación de la mujer, pero también con la de una manada amorfa que calla y consiente.

Que ninguna de esas manadas siga yendo por ahí impunemente, sembrando violencia y muerte entre las mujeres. Que la consigna que se imponga ya nomás sea la de tolerancia cero a cualquiera y toda violencia contra las mujeres. Tolerancia cero hacia los violadores. Tolerancia cero hacia sus cómplices. Que toda y cualquiera violencia sea frenada en seco. Y que a partir de ahora retomemos, como sociedad y muy especialmente como madres y padres de familia, la necesaria tarea de criar y formar personas de bien. Los monstruos, por si lo hemos olvidado, no surgen de la nada.





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