7º DÍA

El drama laboral contrasta con las cifras optimistas y el empleo pierde calidad


Los datos oficiales muestran estadísticas optimistas contra la pobreza, pero en los hogares el sacrificio cada vez es mayor para llevar el pan del día. La economía informal deteriora el nivel del empleo 

Doris Jaimed Cossío (60), una visionaria que saca provecho de lo que otros ven como basura o chatarra
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29/04/2018

No tiene horarios y mucho menos beneficios sociales. Juana Colque llega a su puesto de venta cargando varios bultos. Ella vende ropa deportiva en la calle Graneros, en el centro de la ciudad de La Paz. Juana no tiene feriados y hay días que se queda trabajando hasta cerca a la medianoche. Puede tener jornadas con pocas ventas, lo que implica la inestabilidad laboral y, por ende, el descuido familiar.

Así como Juana, el 70% de la población boliviana (que aproximadamente bordea los cuatro millones de personas) en edad de trabajar está en la informalidad, lo que genera la pérdida de la calidad del empleo.   

Las historias en las calles contrastan con las políticas laborales del Gobierno. La economía informal se asentó en las calzadas de todas las ciudades del país. El trabajo es duro y no mide edades. Se ve a niños ofertando sus productos. Eso lo hacen para que su familia salga adelante. 

Los datos oficiales no reflejan eso. La tasa de desempleo en Bolivia bajó (hasta 2017) al 4,7%. Evo Morales recibió en 2006 el mando del Estado con un 8,1% de desuso.  

Bruno Rojas es investigador del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario (Cedla). El experto enumera tres aspectos que obligan al descenso de la calidad del empleo: inestabilidad laboral, bajos ingresos y ausencia de seguridad social. 

“En Bolivia se vive una crisis estructural del empleo expresada fundamentalmente en la pérdida creciente de la calidad del empleo,  a tal punto de haberse exacerbado la extrema precariedad laboral en un contexto de profundización de la economía extractivista primaria exportadora en desmedro del desarrollo de la actividad productiva con valor agregado. La precarización, prácticamente, se generalizó en todos los sectores y actividades económicas del país, a tal punto de que no hay en el momento actual, una actividad donde no se haya afectado la calidad del empleo”, destaca Rojas. 

Según datos del Centro de Estudios para el Desarrollo Laboral y Agrario, (Cedla), en 2006 el 60% de la fuerza laboral mantenía trabajos estables, mientras que para 2016  solo el 40% se encontraba en esa categoría. El empleo se incrementó en sectores como comercio, servicios personales, transporte y construcción.

La visión oficialista defiende la situación laboral en el país. El ministro de Trabajo, Héctor Hinojosa, destaca la política de generación de empleos formales que lanzó el Gobierno. La autoridad resalta que existe coordinación con el sector privado para aumentar la fuerza laboral. 
“El Plan Nacional de Empleo abarca programas que ayudan a reducir el desempleo a través de incentivos para aquellas instituciones que impulsen la inserción laboral de los bolivianos. El plan se sustenta en cinco ejes: inserción laboral, fondo para capital semilla, programa de infraestructura urbana, protección y habilitación de áreas productivas e incentivo a la generación de empleo en las contrataciones públicas”, remarca Hinojosa.

Plan gubernamental 
El proyecto —informa Hinojosa— tiene una inversión de 40 millones de dólares para un plazo de tres a cuatro años. El fin es incentivar la generación de empleos dentro de las empresas privadas y beneficiar, principalmente, a unos 17.000 jóvenes.

El monto es destinado por el Estado para otorgar subsidios al personal contratado como parte de este plan y cubrir más del 70% de su salario, según el ministro de Trabajo.

La investigadora Silvia Escobar, que es parte del Cedla, considera que la desaceleración económica y las políticas de ahorro de costos laborales limitan la generación de empleos y afectan la  calidad  de los puestos de trabajo disponibles, en todos los sectores del mercado laboral.

“En algunos casos, la falta de empleos lleva al aumento de  inactividad más que al  desempleo, como sucede con los jóvenes que dejan de presionar al mercado laboral y se refugian en el  sistema educativo, esperando un  momento propicio para buscar trabajo.

En otros casos, la falta de empleos lleva al aumento de la ocupación por cuenta propia y en pequeñas unidades económicas organizadas bajo formas semi-empresariales, donde el dueño es un trabajador más que  comparte el mismo destino con sus  dependientes y  los trabajadores carecen de derechos laborales”, resalta Escobar. 

Economía informal
En esa batalla se encuentra Jaime Núñez, que tiene 49 años y que administra un negocio informal de venta de juguetes en la sede de Gobierno. Él tiene a cargo dos empleados, uno de ellos es su hijo, a quien no le brinda seguridad y beneficios laborales, menos un salario estable. Jaime depende de la demanda y hay épocas, dice, donde el negocio no da frutos.  

En esa línea, el gerente general del Instituto Boliviano de Comercio Exterior (IBCE), Gary Rodríguez, asegura que muchas empresas realizan el racionamiento de su personal debido a que la mano de obra se está encareciendo tras el pago del incremento salarial y reajustes del salario mínimo dispuestos por el Gobierno. 

El experto añade que el desempleo lleva a la creación de empresas y trabajos informales que se incrementan. “La informalidad representa una alternativa de fuentes de ingresos ante la falta de oportunidades que tienen las personas de obtener un empleo en el sector formal”, remarca.

En el otro bando la pelea por el alza salarial preocupa solo a algunos, a aquellos que tienen un trabajo formal, ya que el grueso de la población (70%) trabaja de forma informal. Hay un sector de la población que su concentración se aboca a tener un plato de comida en su mesa, porque deben sobrevivir mensualmente hasta con menos de un sueldo mínimo nacional (2.000 bolivianos), pese a que las estadísticas del Instituto Nacional de Estadística (INE) señalan que el indicador de pobreza, con información obtenida de la Encuesta Hogares, muestra que desde el 2006 la carencia en el país se redujo de 59,9% a 36,4%, siendo este último dato su nivel más bajo históricamente. Entre 2016 y 2017, la pobreza en el área rural registró una baja de 1,8 puntos porcentuales, mientras que en el área urbana disminuyó en 3,4 puntos porcentuales.

Respecto a la pobreza extrema, durante el 2017 se evidenció una mejora comparada con los datos reportados para el 2016. Este factor a nivel nacional presentó una baja de 1,2 puntos porcentuales, llegando a 17,1% para el 2017.

Estos números no dicen mucho para algunos, porque continúan redoblando esfuerzos para subsistir.  Claudia Flores a sus 54 años trabaja nueve horas al día limpiando las plazas de la ciudad. Sus años no le pesan a la hora de tomar su escoba y las bolsas para recoger la basura, porque sabe que con eso mantiene sola a sus dos hijos. La primera está en la universidad y el último está a punto de terminar la escuela. Claudia trabaja en una microempresa de aseo, donde su sueldo mínimo es de Bs 1.800, monto que debe distribuir  para pagar Bs 400 para el alquiler de la habitación donde viven, guardar Bs 300 para sus pasajes en micro y el resto para la comida diaria, pasajes y gastos educativos, por lo que queda lejos pensar en dejar extras para algún paseo o diversión. Para ahorrar en comida se levanta a las 4:30 para preparar los alimentos que se llevará al trabajo.

Trabajos extra
Hace cuatro años entró a este trabajo con una paga de  Bs 1.500, pero ha ido aumentando, aunque todavía continúa por debajo  del salario mínimo nacional. Claudia, para poder sacar algo más en el mes, decide trabajar los domingos para ganar Bs 100 por esa jornada extra, con lo que logra recaudar algo más para salir a cenar con sus hijos o para comprarles ropa. “Ni soñar con tener una casa propia”, señala sin dudarlo ni un momento, resignada a la suerte que le tocó vivir hasta ahora. “Se encuentra trabajo, pero lamentablemente los sueldos que ofrecen no alcanzan”, lamenta.   

En ese mismo  bando de los asalariados, quienes tienen beneficios laborales y seguridad, la situación no es tan satisfactoria, porque existe un gran cupo que se sustenta con el salario mínimo (Bs 2.000). En esa bolsa está Alberto Mamani, quien trabaja en un negocio de venta de comida rápida en La Paz. Él labura las ocho horas diarias y tiene algunos beneficios, como el seguro de salud y la posibilidad de ascender, pero aun así ve que el ingreso es muy poco. “Lo que gano lo invierto en la universidad y también ayudo a mi mamá en los gastos de la familia, como en la educación de mis dos hermanos menores”, detalla. 

La situación de José Arteaga (60), que lleva 39 años como lustrabotas en la plaza principal 24 de Septiembre de la capital cruceña, también representa a otro sector de la población. Tiene la ventaja de que no paga un alquiler mensual de vivienda y sus cinco hijos ya son independientes. Calcula que al mes logra sacar un sueldo de Bs 1.200. El horario que él mismo se impone es de 9:00 a 13:00 y de 14:30 a 19:30, porque tiene que estar activo para poder ganar.  “Todo sale de aquí, para que alcance hay que medirse, si gano menos no voy a gastar lo que no tengo. Me da para luz, agua, impuestos de su casita y la comida. Como somos trabajadores independientes, a diario gotea, para los pasajes o se puede juntar para comprar lo que uno necesita”, comenta. Cobra cinco bolivianos  por sacar brillo a un par de zapatos.

La basura es utilidad

Las heladeras y cocinas viejas que se observan al pasar por la vivienda Doris Jaimed Cossío, en el barrio Villa Tranquila de Santa Cruz de la Sierra, llaman la atención de inmediato. Ella tiene 60 años encima, pero sus energías están recargadas y llena de creatividad muestra que saca beneficios de las cosas que para otras personas son basura. 

Compra licuadoras quemadas, ventiladores, cocinas, heladeras, planchas, parlantes, y sillones viejos, entre otras cosas. Tiene la agilidad de reparar las piezas y ver qué puede reparar pero a las que no se puede les saca el cobre, el aluminio y el fierro para venderlo como chatarra. De los artefactos saca las piezas y vende a los técnicos para repuesto.

Eso no le basta y ella también compra ropa usada para vender, que incluso llega a provincias y hasta el departamento de Beni, de donde también trae remedios medicinales que también coloca en el mercado cruceño. No se queda con eso y en su vivienda  tiene un pequeño vivero, porque tiene clientes para sus plantines.

Doris no calculó cuánto gana mensualmente, pero se conforma con que siempre tiene para costear sus recetas  y no le falta para comer.  “Para la persona que le gusta trabajar, siempre hay trabajo, de algún modo,  pero la que es floja o no tiene idea no sabe qué hacer. Gracias a Dios que me da fuerza y sabiduría para estar siempre ocupada”, resalta. Hasta sabe que le dicen “Doris la chatarrera”, pero eso no le afecta en lo más mínimo. “No importa que me digan, es un trabajo honesto y de eso vivo, no le pido nada a nadie”, dice.

Romy Jimenez (35) trabaja en la albañilería como contramaestro, por lo que gana un jornal de Bs 100. Si llega a trabajar toda la semana recibe Bs 1.200 de forma quincenal, con lo que le permite sustentar a sus cinco hijos y su esposa. Mensualmente guarda Bs 500 para el alquiler  y Bs 200 para pagar agua y luz, lo demás debe disponerlo para la comida, la vestimenta y el estudio de sus descendientes.

Su esposa Rosa Nely Peña sabe que ese dinero no les alcanza, por lo que coopera con la venta de empanadas y comida. Con este oficio encontró la forma de trabajar y de estar presente en la casa para no dejar solos a sus hijos. Madruga a los alrededores del hospital San Juan de Dios para colocar sus empanadas y a las 9:00 está de regreso para cocinar, porque cerca de mediodía se va a vender comida en los lugares donde trabaja su esposo. Hay días que le va bien y  logra ganar hasta Bs 200 en la jornada, pero no siempre es igual, recalca. 

Romy asegura que no alcanza para darse gustos extras. “Nos alcanza para ir al Parque Urbano”, señala tomando con humor su realidad, pero pese a las limitaciones que vive la familia de Romy y Rosa, comentan que hace poco tiempo llevaron a sus hijos por primera vez al cine, aprovechando una oferta, cumpliéndoles uno de sus deseos. 

Él trabajó como guardia durante siete años, pero se cansó porque ganaba Bs 2.000 y su horario era todas las noches. Lo que lo detenía era que podía sacar algo más, porque la familia donde trabajaba aumentaba su sueldo.

Otra historia es la de Reynaldo Aquino (20), quien se gana la vida como jardinero. Por el momento trabaja con un contratista, pero su meta es conformar su microempresa para poder prestar servicios. 

Reynaldo señala que no le va tan mal en el trabajo, porque saca entre Bs 2.000 y Bs 3.000 mensuales. Su papá es taxista y su madre ama de casa, pero asegura que el trabajo que la familia hace les permite vivir bien. Según Escobar, los efectos de la precariedad laboral entre los asalariados se trasladan a la esfera del trabajo independiente por el aumento de gente y la extrema competencia que conducen a la caída de  sus ingresos. 

No queda otra opción que la coordinación estatal-privada para la generación de empleos. Un sector en la mira es la juventud, que por lo general termina trabajando en rubros muy lejanos a su nivel de formación. Si no hay planteamientos la economía informal seguirá dañando la calidad del trabajo en Bolivia.

Políticas públicas, el gran reto
El Gobierno ejecuta el Plan Generación de Empleos, que entre otros programas tiene el Capital Semilla, Inserción Laboral, Infraestructura Urbana y la inclusión de jóvenes que trabajen en el sector privado. 

El único camino para mejorar la calidad de empleos en Bolivia es la consolidación de políticas públicas. La investigadora Silvia Escobar destaca que con el impulso estatal se puede diversificar las  estructuras de producción,  el aumento general de la productividad y el crecimiento sostenible de las empresas en todos los sectores de la economía. El Gobierno tiene al menos cuatro políticas laborales. 

“Este es el único camino  para un desarrollo con distribución del ingreso y, por lo tanto, económica y socialmente inclusivo. En el país esta fue una de las principales apuestas del  plan de gobierno en 2006. Doce años después todavía es  uno de los desafíos pendientes”, remarca Escobar. 

Mientras, su colega Bruno Rojas sostiene que el significativo crecimiento económico registrado en los últimos diez años no se tradujo en la creación de empleos de calidad. 

“El crecimiento y bonanza económicos se concentraron esencialmente en las actividades extractivas y en los rubros improductivos del comercio, servicios y transporte, donde gran parte de los empleos generados fueron precarios”, detalla Rojas. 

El Gobierno selló alianzas con el sector privado para incluir a la juventud en el ámbito laboral. Según datos del Ministerio de Planificación, existen diversas políticas públicas para generar empleos en Bolivia. Uno de ellos es el Capital Semilla, que financia emprendimientos de técnicos, profesionales, micro y pequeñas empresas que necesiten su primer impulso para iniciar su actividad productiva. También se destacan los planes Infraestructura Urbana e Inserción Laboral. 

Hay más empleos, pero no son estables ni bien pagados

Según el INE, nueve de cada diez bolivianos trabajan. Sin embargo, la institución no especifica el ámbito ni el rubro laboral. Expertos ven que la mayoría de la población es empleada con bajos salarios

Un informe de 2017 del Instituto Nacional de Estadísticas (INE) expuso que en Bolivia 96 de cada 100 habitantes urbanos y 99 de cada 100 rurales estaban ocupados, considerando a la Población Económicamente Activa (PEA). Los datos fueron recabados en los últimos meses del año 2016. Bajo esa consideración serían pocos los habitantes que no trabajan, pero la mayoría tendría un empleo inestable y con baja remuneración. 

De acuerdo con la Fundación Milenio, que emitió un informe en septiembre de 2017, los organismos internacionales tienen estimaciones diferentes para Bolivia, aunque coinciden en que la tasa más baja de desempleo se registró el año 2012. 

El informe detalla que el sector privado creó más empleo que el público. En 2016, la administración pública redujo el empleo en 3.1%, mientras que el empresariado lo incrementó en 19,7%. “Desde el año 2010, y en términos relativos, son las empresas privadas las que más personal han contratado”. 

El economista Óscar Heredia señala que si bien hubo crecimiento económico y una baja de la pobreza extrema en los últimos años, los empleos en Bolivia son inestables y con un pago mínimo. Eso es —dice— lo que genera el deterioro del trabajo y lo que provoca que la calidad baje a niveles mínimos. “Todos tienen que trabajar porque necesitan trabajar”, afirma el experto. 



 




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