7º DÍA

El duro reto de volver a empezar tras una inundación


Más de tres mil familias de la provincia Ballivián, en Beni, resultaron afectadas por el desborde del río Beni y sus afluentes. ¿Cómo se vive en una zona donde siempre que llega la época de lluvias hay consecuencias graves?


En una zona rural de San Borja el agua ha hecho de las suyas. Se ha entrado en las casas y en la vida de los habitantes
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10/02/2019

El agua de río en tierras cálidas es fría como un témpano de hielo. Aunque las temperaturas superen los 35 grados centígrados, al primer contacto con el agua de río, el cuerpo se estremece, se eriza, se resiente. Si ese golpe se da de noche, la reacción es más fuerte, porque se hace difícil soportar el dolor. El agua de lluvia, en cambio, suele ser tibia, porque en tierras tropicales casi siempre cae luego de un intenso calor; de sofocante ambiente; de una necesidad apremiante por sentir su frescor.

Ambas aguas la de río y la de lluvia- así como dan vida, pueden causar dolor, muerte, frustración. Gilda Cordero (34) sintió como si una navaja le cortara los pies cuando la madrugada del sábado 2 de febrero, despertó y bajó de la cama, casi por intuición. El río Beni, aquel que le provee pescados para vender y así mantener a sus cuatro hijos, se había metido en su casa de madera, con el sigilo de un ladrón que llega, causa daño y se va. Su catre permanecía clavado en la tierra como una fortaleza, pero su ropa, la de los niños, sus enseres; todo flotaba en medio de la desolación.

En ese momento levantó a los chicos -el mayor de 12, la menor de tres- y los cinco salieron en medio de la oscuridad, caminando por las gélidas aguas que a ella le llegaban hasta las rodillas. Se fueron a una iglesia evangélica, donde otras familias, la mayoría mujeres con hijos pequeños, estaban en similar situación. No llevaban nada consigo, como si ya supieran que nada podían rescatar. Rurrenabaque, la tierra natal de Gilda, es una pequeña ciudad tropical de Beni, situada en la ribera del río del mismo nombre.



De calles amplias y avenidas angostas, es la puerta al Parque Nacional Madidi, considerada la zona con mayor biodiversidad del planeta. Aquí hay bares, karaokes, agencias de turismo, restaurantes con comida internacional, casas de cambio, más agencias de turismo, mercados, tiendas, bazares y motos, muchas motos sin placa, al igual que la mayoría de los vehí- culos de cuatro ruedas que circulan por toda la zona. Junto a los municipios de San Borja, Reyes y Santa Rosa, Rurre conforma la provincia Ballivián.

Este año, la más golpeada por las inundaciones, luego de cuatro días seguidos de lluvia y una inusual crecida del río Beni, y su afluente el Maniqui. “Primero nos entró agua de lluvia. Fueron varios días y eso se quedó en las casas, pero no pensábamos que el río iba a entrar.

El sábado en la noche llovió más fuerte y el río creció”, dice Gilda, ahora responsable de uno de los cinco refugios que habilitó la Alcaldía de Rurrenabaque, para más de 140 familias damnificadas. Lo que le sucede cada año al departamento amazónico es que, en la época de lluvias, recibe las aguas que “bajan” de La Paz, de parte de Cochabamba e incluso de Santa Cruz. Por donde se lo mire -dice el gobernador Álex Ferrier- “a nosotros nos llega el agua”. Quizá una de las características en esta región, es que el agua llega, inunda todo, pero en pocas horas vuelve a bajar, como si nada hubiera pasado en el lugar. Sin embargo, todo queda bajo el lodo, profundo, resbaladizo y, al cabo de unas horas, hediondo.

Volver a empezar



En el albergue que se habilitó en el coliseo Evo Morales Ayma de San Borja, niños y adolescentes, con ropas raídas, disputan -descalzos- un partido de fútbol con una pelota de cuero. En las graderías, jóvenes madres dan de lactar a sus hijos mientras en una esquina hay un puesto de salud, donde se ve paracetamoles y sales de rehidratación.

En los pasillos y las oficinas habilitadas a manera de hospedaje, queda poca gente. Un buen nú- mero se fue a recoger víveres en un punto de ayuda y otros volvieron a sus comunidades indígenas y campesinas, las más golpeadas por el agua en este municipio.

En una esquina, Vicente Jave Tayo, su esposa, sus hijas mayores, sus nietos y sus hijos menores, descansan en un espacio que ellos organizaron como si se tratara de una habitación. Allí, rodeados de los pollos y gallinas que lograron rescatar, soportan un calor intenso, de por lo menos 38 grados. Vicente no sabe cuántos años tiene, situación común entre muchas personas ancianas del lugar. “La última vez me dijeron que tenía 60 años, ahora creo que tengo 80”, dice en castellano de alguien cuya lengua originaria es el tsiman’. De ojos tristes y el rostro lleno de grietas, sin aflicción cuenta que ya se quiere volver a su comunidad.

Está acá desde el sábado, cuando él y los suyos “bajaron” por el río en su lancha, llevando consigo unas cuantas prendas de vestir y algunos animalitos de corral. “El agua, aquí”, señala más arriba de sus rodillas.

En esta ocasión, el desastre natural se ensañó con agricultores como Vicente, que consumen lo que siembran y, ocasionalmente, tienen un excedente para vender. Casi todos coinciden en que deben retornar para ver cómo quedaron sus cosas, limpiar todo y volver a empezar. En las voces de estas personas se percibe serenidad. Sembradíos de yuca, plátanos y maíz, entre otros, han quedado bajo el agua, pero muchos han entendido que con trabajo podrán -otra vez- reconstruir, producir, recoger.



“La vida es lo más importante”, insiste un hombre joven, de pómulos salidos y rostro afilado. Para él, la ayuda que recibirán de parte de autoridades departamentales y municipales (arroz, fideo y otros víveres), les alcanzará un tiempo, luego esperarán que lleguen semillas, para volver a sembrar. Mientras, vivirán de la pesca y también de lo que puedan vender. “Así ha sido otros años, ahora no tendría por qué no ser igual”.

Casi todos los afectados por esta reciente riada, tanto en Rurrenabaque como en San Borja, tienen presente la riada de 2014, cuando se lamentó decesos, heridos y una pérdida millonaria en ganado, así como en agricultura. Ese año llovió más de 21 horas seguidas, según recuerdan y hubo desborde de ríos. “El agua entró prácticamente hasta el centro del pueblo”, dice un vecino en Rurrenabaque. Esta vez, el alcance no fue tal, pero seis barrios de la zona urbana tendrán que ser reubicados, ya que según el alcalde Anacleto Dávalos, el río Beni carcomió 15 metros de tierra a lo ancho y un kilómetro a lo largo.

Es martes al final de la tarde, un sol abrasador se está por ocultar. En la zona de desastre tres casas que han quedado al borde del río, están a punto de caer. Adentro, un lodo color ébano y un calendario de 2019, vestigio que hasta hace unas horas, una familia vivía acá. Los mosquitos, casi invisibles a la vista, revolotean como si se agolparan por escapar. Todo esto, que parecía estar lejos del cauce, ahora ha quedado como una playa en la que un perro escuálido descansa, como si todo fuera normal.

De pronto, el ruido de un bulto que cae a las aguas hace volcar la vista hacia ese lugar. Es un lagarto, que reposaba quieto como una piedra, justo al lado de la estructura que está por ceder. A sus 70 años, Josefina Paz no sabe cuántas veces se ha inundado su casa en el barrio San José de San Borja. Golpeada por un fuerte resfrío que no le permite hablar mucho sin toser, mira sus cosas llenas de lodo y dice que ya no tiene fuerzas para limpiar todo de nuevo. “Ya soy vieja y vivo con mi marido y mi nietita”, señala a un hombre sentado en su silla apoyado en su bastón, de quizá unos años más que ella. Esta tarde de miércoles, ella salió a visitar a su hija.

Al volver, se quedó a descansar un instante en casa de su vecina Lucía Vargas, que instaló una precaria carpa en medio de la calle, donde puso su catre, su cocina y una mesa para lavar el servicio. A manera de sala de estar, puso una silla para doña Josefina Ambas saben muy bien cuán rudo es el río Maniqui. Lucía, no más de 50 años, dice que le advirtió a las autoridades que su vivienda quedaría afectada, “pero no me hizo caso”. Después del desastre de 2014, ella misma hizo rellenar una loma, donde sale cada vez que el agua llega.

Esta vez piensa que demorará una semana en limpiar todo. “Pase, huela lo hediondo que está eso y aquí nosotros tenemos que comer. Otra cosa es que las autoridades vengan, sientan cómo es pasar la noche en el agua, un agua friísima, porque no es como la lluvia, esta viene helada”, lamenta. Pero tanto responsables del municipio como el gobernador Ferrier coinciden en que se ha reaccionado rápido.

Antes de irse a un sobrevuelo por Reyes, el otro municipio afectado, la autoridad departamental asegura que “todo está controlado” y enumera todo lo que se hizo estos días, entre evacuar a las familias, darles alimentación, atenderlos con servicio de salud y, ahora, proveerles, víveres para que se lleven a sus comunidades. Tanto él, como el alcalde de Rurrenabaque, Anacleto Dávalos, ambos del MAS, coinciden en que la naturaleza es dura y no son obras las que podrán contra ella. “Nosotros hemos hecho trabajos de ingeniería, porque si no hubiera sido peor”, afirma el edil. Entre tres y cuatro meses demoró Rurrenabaque en recuperarse, en 2014.

Desde entonces, esta pequeña ciudad creció y hoy luce un puente que costó más de Bs 1 millón y que, cuando sea inaugurado, unirá a este municipio con San Buenaventura (La Paz). Actualmente ese tramo se hace en lancha, pero cuando llueve como ocurrió hace unos días y el río Beni muestra su poderío, todo queda cortado. Esta última vez, la furia fue tal que dos pontones bajaron y ahora se demorará en devolverlos a su lugar de origen. Yo me marcho, desde la moto se ve al menos a cinco familias instaladas en carpas improvisadas, al lado de sus inmuebles, con sus enseres afuera. El sol todavía lucha por no desaparecer. Pero ya saliendo de San Borja cae una fuerte lluvia, acompañada de relámpagos y truenos.