La serie de conflictos que asolaron al país y que todavía reverberan en las regiones (maestros, mineros, indígenas, médicos, policías, narcotráfico) representa la expresión del malestar y rechazo de la ciudadanía a un Gobierno que se viene mostrando incompetente y desconcertado.
Los argumentos utilizados por nuestras autoridades gubernamentales respecto del conflicto policial o de la marcha del Tipnis son muestras de un Gobierno desangelado, fatigado y desconcertado. El ángel y la luminosidad de ideas que entretejían su imagen en el pasado reciente, la cual era reflejada en los medios de comunicación para encandilar a las clases medias, hoy es un talento extinguido.
Cada vez que nuestras autoridades se exhiben en los medios, agrediendo gratuitamente a los periodistas y al país, haciendo filigranas verbales y malabarismos teóricos para intentar explicar de manera confusa, contradictoria y dislocada, hechos que todos ven como simples y sencillos, la decepción colectiva se hace más evidente. Los ciudadanos que escuchamos estos descascarados discursos echamos de menos aquellos tiempos dorados en los que nuestras autoridades, que no eran tales sino ambiciosos jóvenes o dirigentes sindicales en busca del éxito político, no vestían Armani ni Canedo Patiño, pero eran más lúcidos, más sinceros, más sencillos. Hoy, en cambio, son los restos y la triste imagen de unos revolucionarios envejecidos y con alzhéimer.
El febril ritmo de trabajo desplegado por el señor presidente y la espiral de conflictos que vive el país obligan a sus colaboradores a mantener la marcha forzada. Su labor tiene todas las características de una campaña electoral adelantada y poco o nada de la ejecución de un meditado y reposado plan de gobierno orientado a la construcción del Estado Plurinacional. Ambos elementos se convierten en las causas de la fatiga que se observa en el comportamiento, en las decisiones y acciones gubernamentales. Es, por tanto, un Gobierno en constante vigilia, a quien se le escurre el tiempo de gestión entre los dedos. Es un Gobierno desorientado, un Estado atascado y el vivir bien no llega ni da señales de estar vivo. Es un Gobierno ojeroso y con evidente falta de sueño. La inocultable fatiga los lleva a cometer errores de apreciación y a romper el fino cristal de la credibilidad. Lo recomendable en estos casos es dormir bien, comer bien y hacer una buena digestión. Amar bien forma parte de estas sencillas recomendaciones. Amar, en sentido cristiano, al prójimo y a Dios. Para nuestras autoridades, amar cristianamente al prójimo sería suficiente.
Al final de cuentas, los conflictos, las protestas, los procesos políticos que vive el continente nos muestran un Gobierno desconcertado y desbordado por los acontecimientos, buscando en los otros, en los liderazgos de oposición, en las conspiraciones, la explicación de sus desaciertos.
El MAS y el Gobierno han desmontado el Estado y sus instituciones. Las piezas están sobre el tapete y no saben cómo recomponer lo que han roto.
(*) Cientista político