La última crisis policial desató, aparentemente, en el Gobierno nacional una sicosis de golpe de Estado y de conspiración política en su contra. Esa estrategia, sin embargo, es por demás conocida, pues se inscribe en la nazista práctica ‘goebeliana’ del “miente, miente, que algo quedará”, que políticos y gobiernos tramposos han usado para confundir a la gente, desprestigiar personas y distorsionar reivindicaciones y procesos sociales.
Tenemos la sensación de que al Gobierno le salió el tiro por la culata, pues no consiguió enfrentar a la sociedad en general con los policías, y más bien hubo apoyo de la gente a las justas reivindicaciones de estos.
Hay un detalle por demás de obvio respecto a la Policía nacional: Más allá de que los ‘odiemos’ cuando nos reprimen en las calles o cuando cometen un abuso de autoridad, prevalidos de su uniforme, no podemos negar que los policías son parte de esa sustancia nacional llamada pueblo, y es obvio que al momento de definirnos, entre mandamases políticos fugases y ellos (los guardianes del orden público), la balanza de nuestro apoyo ciudadano se inclinará hacia los uniformados del verde olivo.
Pero además, no hay dudas de que sus demandas son justas y similares a las de los sectores laborales que vienen peleando, junto a la Central Obrera Boliviana (COB), por la atención a sus elementales reivindicaciones. Las bases de la Policía nacional nos dieron un ejemplo de firmeza y unidad. El pueblo trabajador boliviano y la COB, a su vez, dieron a los policías una lección de solidaridad plena.
De todo esto se desprende que los actores de la nueva lucha social pueden aparecer de donde menos se piensa. La pobreza y miseria galopante, originadas por un modelo económico injusto y excluyente, y las decisiones políticas de gobiernos que abren más las brechas entre ricos y pobres, podrían lograr en el futuro inmediato lo que hasta hace poco sería impensable: la unidad de todos los excluidos, de los castigados, de los más pobres.
Si esto es conspiración, pues todos los que luchamos contra el hambre y la injusticia somos conspiradores. Juan Locke, en su famoso Tratado de Gobierno decía: “El único remedio contra la fuerza sin autoridad está en oponerle la misma fuerza”.
(*) Ciudadano camba-boliviano