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Francia se consagró campeón del mundo por segunda vez en su historia, imponiendo la jerarquía que distingue a los grandes equipos. Fue el mejor de todos, no cabe duda, en un excelente torneo, que se ubica en el podio de los mejores que se disputaron en los últimos tiempos.  

El éxito francés cobra mayor valor si se tiene en cuenta la enorme calidad del adversario, en una final inolvidable por la cantidad de emociones, de goles, de jerarquía y desempeños individuales de enorme calidad.

Como los verdaderos grandes equipos, no necesitó de una excepcional actuación para imponer sus condiciones. Fue el mismo de siempre, tan utilitario como en todo el torneo, haciendo lo que creía necesario que requería el partido, siendo, además, letal cuando se le presentaban las ocasiones en el área rival.

Fue un equipo talentoso y solidario con jugadores fundamentales, como el arquero Lloris; zagueros fuertes, como Umtiti y Varane; mediocampistas de oficio, como Pogbá y Kante, y atacantes desequilibrantes, como Griezmann y Mbappé.

Transitó la línea más complicada que presentaba el Mundial para llegar a la final y superó todas las pruebas con suficiencia. Dejó en el camino a selecciones poderosas, como Argentina, Uruguay, Bélgica hasta encontrarse con Croacia. La final la jugó con la tranquilidad de los que se sienten seguros de lo suyo. Aguantó el coraje de Croacia en la primera media hora de juego, pero luego impuso su ley de manera implacable: cuando tuvo la chance de anotar no perdonó.

El exceso de confianza de Loris le dio vida a Croacia, cuando el partido se encaminaba a una goleada histórica, en ese momento volvió a aflorar el temple y la fortaleza anímica de los croatas, pero Francia ya era dueña de todo, del resultado y de la pelota.

Francia campeón. Ante el vacío dejado por el fracaso de la élite del fútbol, asumió el liderazgo y comanda el nuevo orden del fútbol mundial.