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Bolivia ha cambiado. Es tan elemental la afirmación que ya no genera sorpresas su aceptación. Si a ella le sumamos la pregunta ¿cuál es la medida del cambio?, es probable que empiecen las dificultades.

Los elementos simbólicos de la República han intentado ser modificados, desde el nombre del Estado cuya nomenclatura es el resultado de un decreto supremo, pues la nueva Constitución no tiene un mandato expreso con relación al tema; similar situación se ha producido con el 22 de enero que mediante otro decreto, lo declara la fecha de creación del Estado Plurinacional, acompañado del feriado nacional con suspensión de actividades públicas y privadas.

Otro decreto aprobó, acompañado de su feriado consecuente, el 21 de junio como el Año Nuevo Aimara. Bolivia es así entonces un Estado que cuenta con dos nombres (Estado y República), dos fechas históricas constitutivas, dos sedes de órganos de la República, dos sistemas de administración de justicia, dos fechas recordatorias de la festividad del año nuevo, dos banderas, en un conjunto de cambios más bien festivos que reales, como el del uso de dos lenguas oficiales para los servidores públicos que ni el presidente, vicepresidente, presidente del Senado y presidente de la Cámara de Diputados han acreditado. Para no ir más lejos.

El sinceramiento con la realidad social y cultural es otra señal del cambio. En el inicio del proceso, las acciones contra los k’aras significó un asusto, como dirían en Vallegrande, por el impacto que significaban las señales contra la oligarquía, la corbata entre otros. Reaparecieron vestimentas, conductas y rituales que han ido adquiriendo carta de ciudadanía con una combinación de autenticidad, sincretismo y construcción simbólica cuyas fronteras resulta difícil de definir. Como la nomenclatura “originario indígena campesino”, sin comas, que separen las características de cada grupo social, etnia o nación.

Este abigarramiento, a decir de Zabaleta, es una de las señales de los nuevos tiempos. Se produjo una suerte de vergüenza encubierta por parte de la sociedad nacional, la mestiza, blancoide, carayana, identificada con la oligarquía y el antiguo régimen que como en la Francia de la Revolución, fue sometida a la guillotina de la marginación y la burla. Un manto de silencio cubrió muchas de las prácticas que servían de ostentación de la otrora burguesía latifundista, depredatoria, vendepatria, racista, para dar paso a otras formas necesarias de relacionamiento y movilidad social. 

Analizado desde la dialéctica implacable de la historia, estamos hoy frente a tres características que son una rémora de la historia antigua y que el proceso de cambio no logró hacer desaparecer y por el contrario, se han impuesto con su reaparición incómoda y augural: los jóvenes, las ciudades y las redes. Y una consecuencia más incómoda todavía, las clases medias.

Los nuevos actores de la sociedad demandan ya no inclusión y democracia, pues esos son bienes públicos incorporados a la cotidianidad sin posibilidad de ser desconocidos; los nuevos actores, los jóvenes, piden oportunidades laborales dignas. Y la migración como dato de la realidad, convierte nuestra vida en urbana, en un estado que se declara “originario indígena campesino” sin tener la administración de su territorio rural por la imposibilidad material de satisfacer servicios públicos. Y con una república de gente que se informa, protesta y ejerce ciudadanía desde la conectividad, y que dejan al poder en una situación de burla y descontrol.

Este es un momento de gozo por el cambio. Los fachos y golpistas no deben volver, ni queremos a los racistas de chicote o los violentos de la verborragia. Estamos construyendo sobre realidades simples…