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Un artículo periodístico redactado en Estados Unidos titula en inglés que Gabriela Salinas transformó la tragedia en triunfo y esa es una aproximación bastante cercana a lo que ha sido su vida en sus cortos 29 años, cortos para tanto infortunio. 


Otro medio dice que su vida es digna de un filme de Steven Spielberg y no es exageración. Gabby, diminutivo con el que  está en su eslogan de campaña, es muchas cosas pero ahora mismo es una sobreviviente del cáncer (lo padeció tres veces) que está en la carrera política, aspirando a un lugar en el Senado de EEUU representando al estado de Tennessee como ciudadana americana (pero es originaria de Bolivia y de padres bolivianos). 


“No tengo ningún poder especial. He puesto el trabajo y algunas veces las cosas parecían imposibles, pero seguí adelante”, ha confesado en más de una oportunidad la vencedora del cáncer que en 2013 recibió el Patujú de Bronce que EL DEBER le entrega al Personaje del Año, galardón anual que puso su mirada en Gabriela Salinas Antezana por su historia de lucha, supervivencia y, sobre todo, resiliencia.  


“Cree en ti mismo y no pidas permiso. ¡Puedes hacerlo! Encontrarás personas que te dirán que no puedes, pero no los escuches. Corre confiadamente en la dirección de tus sueños y demuéstrales que están equivocados”, declaró Gabriela para una serie de entregas periodísticas de internet titulada Women behaving badassly (Mujeres que se comportan con rudeza) hace un mes. 


Si bien Gabriela está en carrera política, es muy cauta porque un paso en falso podría servir para desviarla de su principal propósito: ganar un puesto en el Senado y trabajar por mejorar el acceso al seguro de salud del Gobierno que ayuda a muchas personas de bajos ingresos para pagar sus cuentas médicas (Medicaid). 


Si antes no tenía tiempo, con las narices metidas en el laboratorio del hospital St. Jude (donde libró la encarnizada batalla contra el cáncer) investigando sobre la malaria, ahora menos. Actualmente alterna la bata de científica con el traje sastre acorde con una candidata de los Demócratas. Su cabello reducido a una cola sin pretensiones estéticas se ha tornado más prolijo, y el rostro de enormes ojos pensativos luce más iluminado con rubor. 


Su madre, Jaquelín Antezana, observa maravillada su transformación, no la externa, sino la que se ha obrado en su interior, ya no es solo una empeñosa investigadora científica, sino una mujer decidida a hacer mucho por la salud de los demás. Como resultado de su vapuleada historia médica, Gabriela ha seguido la legislación sanitaria estadounidense desde que era una adolescente y ha comenzado a abogar por mejorar aún más la atención médica (en especial para quienes tienen condiciones preexistentes). 


Una vez, cuando le tocó pasar por el mismo sitio donde su familia sufrió un accidente de auto que se cobró la vida de su padre, de su hermana menor y que dejó a su mamá en silla de ruedas, se percató de que el hospital donde fueron atendidos de emergencia había cerrado. Ese fue, tal vez, el punto de inflexión que la empujó a la arena política y decidirse a hacer algo.  

Las voces que hablan de ella
Gabriela siempre se mantiene ocupada, “cuando no está en una cosa, está en otra”, confiesa su madre, para quien la joven candidata es un ejemplo de resiliencia porque tuvo a muy corta edad que superar la pérdida de su papá, de su hermana y el hecho de que su mamá quedara en una silla de ruedas el resto de su vida. 


“Se puede decir que Gabriela no solo ha vencido al cáncer tres veces, sino que también ha tenido que superar todos los acontecimientos producidos en su entorno familiar y al mismo tiempo estudiar, graduarse como una excelente profesional, trabajar en lo que le gusta y seguir siendo un gran ser humano con mucho para dar a los demás”, lo dice desde casa, un hecho casi inusual porque la matriarca de la familia Salinas Antezana es muy inquieta y todo el tiempo está involucrada en actividades solidarias, un rasgo que ella no cuenta, pero sí lo hace su amiga de toda la vida, una vecina del barrio El Trompillo y compañera del colegio Cardenal Cushing, Tatiana Zambrana. 


Una anécdota que Zambrana  cuenta sirve mucho para describir el clima que rodea a toda la familia.  “En 2001 Jaquelín me llamó para avisar que estaría de paso por Miami y yo fui al aeropuerto para compartir unas horas con ellos. Yo esperaba a mi gran amiga que venía viuda, que había perdido una hija y en silla de ruedas con cuatro hijos pequeños, una de ellas acababa de sobrevivir un cáncer. No voy a negar que me imaginaba un cuadro triste y tenía el pecho apretado. En eso los vi salir y grande fue mi sorpresa porque venían felices, disfrutando el viaje y con Gabriela con 13 años, caminando por delante, comandaba a todo el grupo con cariño y autoridad. Maletas, tickets, regaños y risas entremezclados; eran cinco pero valían por 15. Me causó gracia y mucha ternura, ya se notaba el carácter fuerte y el liderazgo que iba a forjar”.