En los espacios de análisis, opinión y debate político se viene señalando insistentemente que la nueva generación de bolivianos –incluidas las llamadas plataformas que defienden el 21-F– es contraria a los partidos políticos sin proponer otro instrumento o forma de organizar la mediación y representación política. Tanto así que una buena parte de dirigentes de partidos han adoptado una posición defensiva, de negación o descalificadora que, por cierto, puede pecar de injusta y poco inteligente.

De lo que conocemos, en la nueva generación de ciudadanos es evidente que hay un rechazo explícito a la vieja práctica política, tanto por los errores como por los abusos de los partidos y líderes tradicionales, agudizados en los últimos tiempos. Interpela y emplaza a transformaciones de raíz del ejercicio político, no solo el cambio de caras, de discursos de plazuela o de demagógicas propuestas sin consistencia.

Lo que se rechaza es la recurrente práctica demostrada, más temprano que tarde, por los partidos políticos, de incurrir en crasos despropósitos respecto de su naturaleza, objetivos declarados, coherencia y ética pública. No están de acuerdo en la concepción patrimonialista de los partidos, que los considera de ‘propiedad de los jefes’ y sus camarillas, que se asumen como los iluminados tutores del pueblo inferior para saber y decidir lo que necesita a su antojo y oscura discrecionalidad. Tampoco, en la búsqueda del poder a como dé lugar y a la generación de mayorías deliberantes para convertirlas a título de gobernabilidad, en vergonzantes ‘levantamanos cómplices’ de acciones y corruptelas oficiales, que transforman la inmunidad en total impunidad.

La nueva generación, altamente interconectada con el mundo, no acepta más que el oprobioso pasado se siga imponiendo en el presente para augurarles la perpetuación de condiciones que amputarán su futuro, quieren un país que logre alcanzar –y pronto– los perfiles de los países avanzados que conocen por la multimedia.

En todo el universo se están produciendo fenómenos inéditos de participación y proyección política, que no son solo el manido cambio como simple vocablo; es una transformación de la conciencia y consiguiente dinámica de la sociedad, más allá y por encima de la voluntad de sus conductores. En tal ámbito, ya parecen resultar anacrónicos los conceptos de militancia, dirigencia, centralismo democrático, disciplina vertical, intermediación o representación.

¿No será hora de que, en vez de defender las formas de paradigmas agotados, los partidos políticos, ante su autoinfligida crisis y este clamor, destinen sus energías a una sincera y severa autocrítica y reflexión, sea para dar un paso al costado o para propiciar los caminos de una democracia distinta, capaz de seleccionar a los mejores e impulsar la emergencia de una generación de nuevo cuño sin compromiso con el pasado?

Parafraseando a un buen amigo joven, “el guante está en el aire”.