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Los cocaleros están seguros de que no hay cultivo que reemplace a la coca, también saben que un cato de este arbusto, lo que les permite la ley 1008, no abastece la economía de una familia.

Ramiro Rodríguez, director de Desarrollo Productivo de Puerto Villarroel, explica que la coca se cosecha cuatro veces al año y que un cato rinde entre seis y siete taques de 50 libras, que son vendidos a Bs 1.500 cada uno.

De la venta de siete taques se obtiene Bs 10.500 por trimestre; de esta suma hay que destinar el 30% (Bs 3.150) a gastos de producción. En resumen, dice Rodríguez, los Bs 7.350 restantes no alcanzan para cubrir los gastos de alimentación, educación y vestimenta de una familia.

Pero, si se tiene una hectárea de banana la cosecha es el año redondo y se sacan 20 cajas por semana. Cada una cuesta entre $us 2,70 y $us 3 y las empresas exportadoras lo recogen de los bananales.

Lo mismo sucede con el palmito, sostiene Wilfredo Valdivia, de la planta procesadora San Isidro de Shinahota. La empresa estatal va a los palmitales, recoge los tallos y paga Bs 1,10 por cada uno. En una hectárea entran 7.000 palmitos y la cosecha es cuatro veces al año.

La piña es otra de las apuestas, aún no se exporta, pero el Gobierno ya destinó Bs 12,5 millones para su producción. La piscicultura también es otra opción, en Shinahota 30 familias cocaleras se dedican a ello.

Para Leonardo Loza, vicepresidente de las Seis Federaciones de Productores de Coca del Trópico de Cochabamba, los cultivos integrales ayudan a controlar la producción excedentaria. Dice que antes una familia tenía hasta cinco catos de coca, ahora se les exige uno y los que incumplen corren el riesgo de ser echados del lugar.

Así opinan los exportadores
El representante de los exportadores de Bolivia, Guillermo Pou Mont, aplaude que el Gobierno ayude a las regiones cocaleras en la búsqueda de mercados. “También sería útil que el esfuerzo por ayudarlos nos genere mecanismos marco donde entren todos los bolivianos (para exportar)”, dice