Opinión

‘Octubre negro’, 15 años después

El Deber Hace 10/17/2018 8:00:00 AM

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Había entrado la noche del viernes 17 de octubre de 2003, cuando las cámaras de TV mostraban en directo la partida del avión que llevaba a EEUU al entonces presidente Gonzalo Sánchez de Lozada y, casi en simultáneo, el juramento del vicepresidente Carlos de Mesa como mandatario, tras una semana sangrienta. Era el inicio del fin de un ciclo de la historia política boliviana, que se saldaba con 81 muertos (67 de ellos en la revuelta de ‘octubre negro’) y 420 heridos. Caía entonces Goni, el ícono de un sistema político tradicional en crisis, que recurrió al cuoteo y a un débil acuerdo de gobernabilidad, resultante de la presión de actores externos, para intentar salvar una democracia en coma.

Han pasado 15 años del derrumbe del ‘gonismo’ y del inicio de la sucesión de Carlos de Mesa, quien también se vio obligado a acortar su mandato y a entregar a un presidente de la Suprema el poder, cuando quedó de rehén de algunos grupos de presión. Con De Mesa y Rodríguez Veltzé se inauguró la transición entre el final y el inicio de un ciclo que encabeza ahora Evo Morales. En Bolivia lamentablemente los cierres y aperturas de ciclos han estado marcados por la violencia y las turbulencias sociales. No hemos tenido aún un nivel de madurez democrática como para llevarlos adelante con tranquilidad.

Hay señales que evidencian un desgaste del actual ciclo de Evo Morales, que ojalá se encare y resuelva por la vía democrática y no violenta. Algunos analistas temen que Morales se aferre al poder, busque alargar a la fuerza su ciclo y se resista a cerrarlo, usando incluso la vía violenta. Sin embargo, la historia está para evitar que se repitan errores que tienen una terrible consecuencia para el país, como los de octubre de 2003.

La mayor equivocación de Sánchez de Lozada en su accidentado periodo fue negar la realidad, encerrarse en la soberbia y no escuchar las demandas de una gran parte de los gobernados. Esa actitud le costó el retiro del apoyo popular, la ruptura con sus aliados, el alejamiento de la institucionalidad y el rechazo de influyentes actores externos. El desenlace es el que conocemos: un presidente que se vio obligado a renunciar en medio de casi un centenar de muertos. La lección tiene que haber sido aprendida por quienes le han sucedido y que se ven tentados ahora a gobernar de espaldas a las demandas de la mayoría de la población.

Pasó el tiempo y aún se esperan respuestas de la justicia. La historia y la institucionalidad democrática tendrán que determinar también responsabilidades por toda la sangre que corrió en el, ojalá, irrepetible ‘octubre negro’.