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En 2020 se van a cumplir 35 años de la publicación de El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez. Pero ¿por qué deberíamos esperar a un número redondo, pudiendo —como pueden los autores de todas partes, que día a día escriben sobre él o sobre su obra en los periódicos del mundo— hacer apología de Gabo un día cualquiera, como este?

Las mariposas y flores amarillas siempre le inspiraban, y en la mesa de su casa siempre había un jarrón con flores pintadas de aquel color vivo y alegre. Pigmento natural. Tan natural como las mariposas inventadas en su mente.

Flores frescas. Tan frescas que, como él diría, sudaban rocío y daban al aire un olor de atrevimiento matutino. La música vallenato era el último toque para un ambiente propicio para la creatividad desfachatada, sin límites y, por lo mismo, más bella.

El amor en los tiempos del có- lera es una de las primeras novelas latinoamericanas en ser escritas en un ordenador, si no la primera, como su mismo autor lo dijo. Como haciendo un enlace entre la modernidad formal de la escritura y la narrativa nueva de la segunda mitad del siglo XX, esta novela presenta nuevos matices de forma y nuevos elementos técnico-narrativos al mismo tiempo que hace honor al despojo de la máquina de escribir.

Uno podría esperar de la tecnología un reduccionismo del elemento barroco en todo orden, pues la rápida dactilografía en computador puede sugerir funcionalismo de escritura y palabras. Pero con Gabo las cosas no funcionan así. Al igual que sucede en los mundos que creó, como Macondo y Neerlandia, la racionalidad se desbarata en un orbe de posibilidades infinitas.

Como si la mecanografía moderna hubiese también alterado su forma de relatar, contra toda lógica, la narrativa de El amor en los tiempos del cólera es mucho más barroca y alegórica que la de sus anteriores obras como Cien años de soledad, La mala hora, Crónica de una muerte anunciada y, ni que se diga, que la de El coronel no tiene quien le escriba, formas en las que Gabo se había despojado del barroquismo faulkneriano (extravagancia que ya había explorado en su primera novela, La hojarasca) y aproximado a una economía de palabras, una economía expresiva con estilos y matices narrativos más puros, límpidos y transparentes.

Pero su novela de 1985, inspirada en la ‘diosa coronada’, es una exuberancia de palabras, una profusión de adjetivos sin límite, una prodigalidad descriptiva sin desafuero.

No obstante, pese a la plétora formal de la narración, no hay en esta paja literaria o basura narrativa. No hay, en suma, cosas que no debieran estar. Las descripciones, por estar saturadas de adjetivos, resultan por ello mismo más precisas, como pinturas de Leonardo. García Márquez, con ser un autor entrañablemente colombiano y latinoamericano, porque está saturado de la esencia mística de la tierra virginal americana y sus leyendas, es, al mismo tiempo, uno de los más universales de América, porque ha consagrado un elemento ecuménico de la naturaleza humana en cada una de sus mayores obras.

Es la mágica contradicción de los grandes: siendo los más entrañables de su tierra, son al mismo tiempo los más universales. Es, pues, universal, porque en cada una de sus obras se levanta como viga maestra un elemento o criterio transversal para todo hombre de cualquier tiempo y de cualquier lugar; así, la historia de los pueblos emergentes y de una genealogía, en Cien años de soledad; la fatalidad, en Cró- nica de una muerte anunciada; la injusticia y el olvido, en El coronel no tiene quien le escriba; la biografía de un hombre, en El general en su laberinto; la exuberancia formal y de fondo, en La hojarasca; la muerte y su sentido, en Del amor y otros demonios.

Y el poder más irreprimible y fuerte del mundo, como él mismo lo definió, y que hace girar a estrellas y soles: el amor, en El amor en los tiempos del có- lera. Es una novela en la que se deslíen confesiones respecto a los sentimientos del autor para con el amor de su vida, Mercedes, pero sobre todo respecto a la historia real de sus padres, el telegrafista Gabriel Eligio García y la señorita Luisa Santiaga Márquez Iguarán, que se conocieron en una época de guerras civiles y turbulencias políticas.

Pero no podemos encasillar las historias ni los personajes de sus novelas en elementos estrictos de su vida, porque en toda su obra están dispersados pedazos o retazos aislados de personas que pasaron por su vida de joven y adulto y remembranzas nebulosas de su niñez mezclados con elementos netamente fantasiosos.

Aunque, como él dijera en una entrevista televisiva, toda ficción es producto de la realidad; la ficción ficticia no existe. Las flores amarillas del jarrón de la mesa de su casa y las diosas coronadas que arranca Florentino Ariza de su violín son como un incentivo. La realidad de su existencia, sus recuerdos y añoranzas nunca realizadas, son la piedra angular de su arte. Igual que el amarillo en su vida. En todo caso, como dijo Gabo, el periodismo es, fue y será literatura. Y viceversa.