Donald Trump se ha convertido en un huracán político intratable para el aparato del Partido Republicano, que quiere evitar a toda costa una pesadilla: ver al polémico magnate como su candidato a la Presidencia de EEUU en 2016.

La última "diablura" de Trump, su plan anunciado el pasado lunes a favor del veto temporal a la entrada de musulmanes a Estados Unidos en respuesta a la amenaza del terrorismo yihadista, ha sido la gota que ha colmado el vaso de la paciencia republicana.

Tanto revuelo provocó dentro y fuera de Estados Unidos la idea del magnate inmobiliario, líder en las encuestas sobre la nominación presidencial republicana, que el aparato del partido aparcó por una vez su prudente silencio hacia Trump y no se mordió la lengua.

El líder republicano Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes de EEUU, subrayó que el plan antimusulmán del multimillonario "no representa" ni a la formación ni al país.

Similar indignación expresaron el presidente del Comité Nacional Republicano, Reince Priebus, y el jefe de la mayoría republicana en el Senado, Mitch McConnell, quienes reprobaron sin ambages la propuesta del multimillonario neoyorquino.

Lejos de acatar la línea de la formación política, Trump, que el pasado junio ya marcó el tono de su campaña al anunciar su candidatura con insultos a los inmigrantes indocumentados mexicanos, pasó al contraataque y amenazó con competir como aspirante independiente.

"Yo nunca abandonaré esta carrera", aseveró el multimillonario, quien advirtió de que, si el partido no le da un "trato justo", podría presentarse a la Presidencia "como independiente".

Dada la tensa relación con el díscolo magnate, que algunos analistas describen como una "guerra fría", el "establishment" ya se prepara para una atípica convención nacional el próximo julio, de la que debe salir el candidato a los comicios de noviembre de 2016.

Por ahora, las encuestas mantienen en la cresta de la ola al multimillonario, cuyo ascenso político sostenido desde junio pasado ha sorprendido a todo el mundo en Estados Unidos, que veía al empresario como un fenómeno anecdótico, pasajero y hasta jocoso.