Opinión

A los viajes no se los lleva el viento

Roberto Navia Hace 1/28/2019 8:00:00 AM

No sé cuántas veces hice maletas para salir, para regresar, para continuar el viaje, para que la vida sea mejor, para salir en busca de problemas porque los problemas narrados con poesía se convierten en una epopeya que deja de pertenecer a una sola persona y pasa a una comunidad que hace de ella su gran cruzada: su cruzada para sobrevivir, para que la vida tenga sentido, para coronar a sus gladiadores, para sentirse inmortal, para dar un paso o un salto más, para que los viajes no mueran nunca.

Uno viaja porque el viaje es un oxígeno que se mete en el cuerpo y no solo por la nariz o por la boca. Se mete por la mirada, por la piel, que también lo ve todo; por las manos que intentan caminar por las montañas que a lo lejos se ven. Primero, es muy probable que uno viaje por necesidad, porque de un rato a otro uno puede convertirse en emigrante y, entonces, viajar es lo que se tiene más a mano: viajar para escapar de ese lugar donde se hace difícil vivir. Dejarlo todo para prosperar, para embriagarse de nuevos mundos, para que la riqueza cultural no se detenga, para que las historias traspasen la cordillera y los océanos, para que las mochilas se llenen de libros y las bicicletas no solo paseen en Ámsterdam ni el viento reine únicamente en Santa Cruz de la Sierra ni en Chicago, que se alimenta de la brisa del lago Michigan.

Un amanecer en Cracovia en pleno invierno. Salir del hotel y toparse de frente con la alameda blanca donde un labrador muerde la nieve y se deshace de ella rapidito, como si estuviera caliente. El canto de los pájaros guácharos que sobrevuelan en una cueva del Parque Nacional Carrasco de Bolivia. Es un canto rojo que retumba en la caverna y que desde afuera uno puede pensar que ahí también está lloviendo con centellas y timbales. La bruma fantasmagórica de Aguas Calientes, la ventana enorme de Santiago de Chiquitos desde donde se puede ver el planeta único del Bosque Seco Chiquitano, los barquitos de Brujas antes de tomar la primera cerveza y el puente que atraviesa el río Moldava de la Ciudad Vieja de la capital de República Checa, y cerca de ahí el Niño de Praga, que mira con ternura desde su altar, despreocupado de vestimenta, enterado de que la gente del mundo entero lo visita con su regalo en la mano, celebrando la vida y todas las puestas de sol que siempre sorprenden como sorprenden siempre las olas de mar y las maletas, que, como un perro fiel, acompañan, vaya adonde uno vaya.