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Al calor de las elecciones judiciales, puse un par de intervenciones en mi muro de Facebook. No suelo hacerlo. Desde que dejé Bolivia hace más de 10 años, he procurado guardar distancia respecto del proceso político. Dos razones: estoy convencido de que la atmósfera política se la puede leer, en sus pliegues más profundos, solo en el contacto cotidiano, en escuchar las conversaciones del trufi, en las cenas familiares. La comodidad de la ausencia cuesta en precisión analítica. La segunda razón, las pasiones y furias son tan contundentes que, a veces, prefiero conservar amistades y familiares en vez de subrayar diferencias.

El caso es que, a pesar de todo, decía que opiné con la liviandad que implica escribir en una “red social”. Recibí una serie de reacciones. Los afines al Gobierno, indignados, me dijeron todo lo que pudieron, pero las críticas se centraban en dos aspectos: mi incompetencia intelectual (el dejarme llevar por lo que escuché), o en el hecho de estar fuera del país y por eso no ver las cosas como son. Pero lo que más me llamó la atención es que exactamente los mismos argumentos fueron vertidos por un sector contrario al Gobierno cuando, meses atrás, dije algo a favor de Evo. Parece que el poseer o no capital intelectual y el estar o no en el país son dos monedas de cambio que pueden ser utilizadas en distintas circunstancias.

Otro tema, también sugerente, es la negación de las evidencias. Me explico. En una de mis participaciones afirmaba algo que todos sabemos: el MAS obliga a los funcionarios públicos a participar en actividades partidistas. Palabras más, palabras menos; montos más, montos menos; formas más, formas menos; eso sucede. Comprobarlo es difícil, incluso ocioso. También es cierto que esa práctica no es patrimonio del masismo, sino que forma parte de la cultura política de quienes administran el Estado. Todos lo han hecho y lo hacen en todos los niveles  y en todas las orientaciones políticas. Fue, es y será así. Razones hay, desde las más realistas como ser “la política se hace con plata”, hasta las ideológicas: Es por el proyecto”. Los militantes, cegados por estar sumergidos en su trinchera, no quieren aceptarlo; pero lo que definitivamente irrita es cuando escuchas a altos funcionarios afirmar que eso no sucede. Claro, en conversaciones privadas dirán lo contrario y argumentarán que son las reglas de la política, pero en público proyectan una imagen de purismo. 

Finalmente, alguna persona, militante hasta la pared del frente, puso en su muro -refiriéndose a la coyuntura-: “La polarización ha llegado, te guste o no, el centro nunca existió (…). Bolivia no es para tibios…”. Me quedé pensando en el goce y la sobreexcitación por vivir en la polaridad, en el escenario de confrontación dramática y excluyente, y en la imposición por levantar una u otra bandera. Sabemos que a la hora de la política real, nadie juega así, todos negocian y no hay mejores negociadores -no digo negociantes- que las actuales autoridades, por eso llevan ahí tanto tiempo. Pero la retórica de que el país “no es para tibios” es también una impronta de la política nacional, aunque algunos la asumen con más entusiasmo. 

El caso es que Bolivia es el país de las emociones; aquí la política es más apasionada que ningún otro lugar que haya conocido. Termino: escribir en Face tiene sus riesgos -alguien me dijo “no te expongas”-; yo lo tomo como una experiencia más y, sobre todo, como un lugar privilegiado de observación sociológica. Y, por supuesto, agradezco a todas sus reacciones.