Opinión

La eterna compañía de la radio

Roberto Navia 16/7/2018 04:00

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La radio genera una pasión desbordante desde afuera y desde adentro. “Tiene el poder de hacer olvidar las penas”, decía una tía que esperaba a que sean las diez para escuchar su radionovela. Y los adultos de la cuadra también se ponían de acuerdo a las doce para sintonizar el noticiero que abría las ventanas para saber lo que pasaba en la plaza, al otro lado del cerro y del mundo donde mamá decía que el reloj marcaba otra hora y que incluso, mientras aquí estábamos almorzando, allá ya estaban pensando en la cena. Eso decía mamá antes de que despunte el sol, mientras con una de sus manos en ese instante oscuro tanteaba la radio que dejaba en su velador para encenderla, para que las ondas nos hagan viajar por la capital que aquellos años se sentía muy lejos, por las alturas de La Paz, por la España de los bisabuelos o por la mismísima China que mamá decía que era un país que algún día quería conocer. 

Eran tiempos de la radio, de pantalones cortos, de pausas laborales para los mayores y para los niños de recreos entre las tareas para disfrutar de una canción que salía por esa cajita que se callaba en momentos emblemáticos, y que papá le devolvía la vida sacando las pilas para ponerlas al sol para que se carguen de energía y duren un poco más. Eran tiempos en los que nadie pensaba en la tele porque las imágenes estaban en nuestro mundo interior, alimentadas por las voces de los locutores, por las dramatizaciones de los personajes de las radionovelas, por la música de los instrumentos que acompañaban a los cantantes de cumbias, de tangos y milongas. 

La radio por dentro igual enamora. Una cabina de radio es como un templo que también se disfruta con el olfato. La primera vez que entré a una emisora el aire tenía el perfume de los discos de vinilo, de los casetes donde estaban guardadas las mejores canciones del mundo, de las voces que quedaron flotando en ese ambiente mágico, de libretos de programas que construían historias que luego no se los llevaba el viento.  
Construir historias. De eso se trata. La humanidad lo sigue haciendo a través de la radio, venciendo la sobreexcitación por internet, por el bombardeo de imágenes y la sobreoferta de información que dura muy poco. La radio ha quedado como una herencia hermosa de la humanidad, haciéndose amiga de las nuevas tecnologías para que las voces lleguen más allá, hasta esos lugares donde mamá decía que mientras aquí poníamos la mesa para almorzar, allá ya estaban cenando o yéndose a la cama bajo la compañía de una radio que iluminaba una noche buena y larga.