Opinión

Corrupción y democracia en declive

El Deber Hace 6/7/2018 8:00:00 AM

La destitución del jefe de Gobierno de España, en el marco de la censura contemplada en sistemas parlamentarios, fue inevitable. Ocurrió tras la detención del extesorero del PP, gobernante en una España donde la intolerancia a escándalos asociados a faltas éticas y delitos es creciente. 

Similar tendencia se observa en nuestra región. Los casos más recientes se vinculan a la renuncia del presidente peruano Pedro Pablo Kuczynski, del de Guatemala y de Dilma Rousseff, destituida por cargos de responsabilidad tras evidenciarse el ‘maquillaje’ de cifras oficiales.     
El efecto dominó de acusaciones se irradia en la región. El caso Lula no solo despierta la apasionada negación de los hechos, la defensa ciega y el desencanto, sino que enrarece el clima preelectoral, al sumergir al poderoso PT y a la política brasilera en una crisis e incapacidad de renovación interna. La corrupción afecta a todos y se equivocan quienes acusan al ‘imperio’ como el cerebro de la defenestración de Lula y de sus amigos populistas.   

La corrupción y el clientelismo político plantean retos difíciles. En América Latina pervive el reino de la impunidad y la ausencia de debate sincero y realista sobre el financiamiento de la política. Esto erosiona nuestras democracias. De hecho, el informe Latinobarómetro 2017 hace referencia al declive de la satisfacción con la democracia. La baja de la calidad democrática es preocupante y contradictoria, experimenta giros inesperados, volatilidad e incertidumbre.  

Para Bolivia, aplica la metáfora de una ‘democracia diabética’ cuyo lento declive no alarma y, si lo hace, puede ser demasiado tarde. Según el
Latinobarómetro, los bolivianos reconocieron que la corrupción y el desempleo son el principal problema, a la par que, paradójicamente, reportaron los índices de mayor aprobación al Gobierno. Pese a ello, el deterioro acelerado del Gobierno de Evo Morales se evidencia en encuestas de percepción política. Aquí, la fiscalización de los poderosos es impensable y la transparencia de la información pública y las ‘cifras maquilladas’, pan de cada día. El sometimiento de los poderes públicos al caudillismo autocrático persiste. Mientras tanto, varios sectores de la población comienzan a despertar frente a tanta discrecionalidad, abuso de poder y avasallamiento de la ley, a fin de revertir a marcha forzada la creencia de la infalibilidad de los mesías terrenales que gobiernan y desmantelar la cultura que entroniza a los que “roban, pero hacen”.