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Laura acababa de cumplir 12 años y esa tarde se encontraba con varios amigos en un parque de su barrio, practicando para un concurso de baile que se llevaría a cabo en dos semanas. Al volver a casa, un desconocido la empujó con violencia dentro de un vehículo que aceleró casi inmediatamente. Lo siguiente que recuerda es despertar en una habitación sucia y maloliente; dos mujeres limpiaban su cuerpo con toallas húmedas y posteriormente le ofrecieron alimento, hablando con un acento que era nuevo para ella. Laura no sabía que había sido transportada a otro país y que estaba siendo drogada.

Cuando recuperó la conciencia nuevamente, se encontraba desnuda y sintiendo un dolor intenso. Un hombre mayor, con aliento a alcohol, estaba encima de ella exigiéndole callarse, hablándole groserías en el oído y diciéndole lo mucho que había pagado por su virginidad.

Con tan solo 12 años, Laura se convirtió en la esclava de un proxeneta que la alquiló a miles de hombres en el transcurso de 5 años. Durante ese periodo ella fue violada, golpeada, forzada a usar drogas y tuvo que abortar varias veces.

Ella me pidió usar el seudónimo de Laura y no su verdadero nombre, esto para proteger a su familia del estigma social. También me solicitó no mencionar el país en donde ella nació. Durante la entrevista, Laura me confesó que durante los años que permaneció como esclava sexual, su humanidad simplemente sobrevivió gracias a esas mujeres que diariamente le daban de comer y la ayudaban a bañarse. Ellas, según Laura, le dieron fuerzas para soportar su calvario; un tormento que terminó el día en el que unos agentes policiales ingresaron a la fuerza en la habitación donde ella y su invasor de turno se encontraban, arrestándola como a una criminal. Sin documentación para demostrar su identidad o su edad (17 años en ese entonces), Laura pasó semanas recluida. Una trabajadora social la contactó con la organización en defensa de víctimas de trata de personas, quienes la ayudaron. Sin embargo ella siente que el infierno continúa y que las horrendas memorias de esos años de encierro serán una sombra que la acecharán de por vida.

En este caso, inusualmente las víctimas sobrevivieron y la justicia prevaleció, el proxeneta y sus secuaces fueron condenados. Los criminales habían estado prostituyendo a niñas y niños provenientes de distintos países de Latinoamérica.

Sin duda, este no es un caso aislado. Según un informe de la Ecpat (organización que busca acabar con el tráfico, prostitución y pornografía infantil), la explotación de niños y adolescentes ha alcanzado niveles nunca vistos en la historia. Miles de menores son vendidos y traficados con fines sexuales desde México, Centro y Sudamérica, a todas partes del mundo.

Como sociedad, es nuestra obligación moral combatir este delito, informarnos y ayudar a las organizaciones que intentan, con sus pocos recursos, acabar con esta tragedia. Es momento de unirnos y decir: “Ni un niño más”.