Opinión

Acostumbrados a las malas artes

El Deber 8/7/2018 04:00

Escucha esta nota aquí

Tengo la impresión de que cada día es más difícil ser buen ciudadano en Bolivia. No solo por mérito propio, sino también (muchos dirán, sobre todo) por curiosa y cada vez mayor ‘vocación’ de quienes se turnan en la administración del Estado.

Hay ejemplos de sobra en ambos casos. En el primero, basta repasar nuestras rutinas diarias para encontrarlos por montones. Entre los primeros están, sin duda, los abusos que cometemos como peatones, conductores o pasajeros, al burlar toda norma de tráfico y transporte. Asusta constatar la rapidez con la que aumentamos nuestra capacidad de violar las normas más elementales de movilidad urbana, aun conociendo el riesgo al que nos exponemos cada vez que burlamos una luz roja, un pase peatonal, una señal de advertencia.

Lo mismo sucede en otros casos, también cada vez más recurrentes, como el de ignorar el orden en las filas que hay que hacer por todo y por nada. Sobre todo, en las famosas colas en el Segip, en Migración, en las cajas de salud y, por último, hasta en las filas que hay que hacer en los supermercados. A propósito de estos, una yapa pinche pero que de tanto repetirse, hastía: salvo un par de honrosas excepciones, la mayoría burla la fe de sus clientes en el cambio. Siempre les falta el centavo y, en vez de redondear a favor del cliente como manda una norma, lo hacen a favor de ellos mismos. Peor aún es lo que sucede en los mercados públicos, donde el fraude no es solo en el centavo, sino también al pesar los alimentos. Mientras más informal es el negocio, mayor es el fraude.

Ya lo sabemos, pero poco o nada hacemos para evitar los fraudes, sea como autores o como víctimas de los mismos. Por el contrario, los alentamos y de manera consciente, que es más preocupante. El IBCE acaba de aportar otro ejemplo de este nuestro absurdo comportamiento, en su reciente informe sobre contrabando de medicamentos. Una gran mayoría de la gente, 76% para ser precisos, compra medicamentos contrabandeados, a sabiendas de que son introducidos a Bolivia de manera ilegal. La variable precio menor es esgrimida como excusa para esa compra, aun siendo conscientes también del riesgo que acarrea adquirir un medicamento sin garantía ni control de calidad. Una excusa a la que se recurre una y otra vez para justificar las malas artes propias y ajenas.

Preocupa constatar esa realidad. Más aun si se puede deducir sin mucha dificultad de que hay una relación directa entre la cotidianidad de las malas artes en el ámbito personal o social, y la tolerancia o resignación ante las malas artes vistas ya en un ámbito mayor, tal como lo es el ámbito público, tan determinante en la vida de todos. Es difícil, por no decir imposible, pretender rectitud y justicia en la actuación de las autoridades y funcionarios públicos, si a diario convivimos con las malas artes y consentimos que se campeen ufanas hasta en nuestro patio, sin que seamos capaces de frenarlas y expulsarlas de manera contundente. Minimizar nuestras malas artes, pretendiendo luego erradicar las que de forma más sofisticada emergen desde el poder público, es el peor error que insistimos en repetir, más por comodidad que por ignorancia.

Ese error es el que mayor beneficio está dando hoy a los gobernantes de turno. Tanto a los del nivel local, como a los del nivel nacional. Unos y otros moviéndose ya no más en las sombras, sino a plena luz del día. Abusando tanto como pueden, y como les dejamos hacer, sin miramientos de ninguna clase. Incluso, sin el cuidado de evitar quedar en mayor evidencia. Por el contrario, parece más bien que jactarse de sus malas artes es la nueva clave de su éxito en el uso y abuso de estas para controlar y sostenerse el poder. ¿O de qué otra manera se puede explicar la obstinada y hartera persistencia en excesos que van desde el escandaloso despilfarro de dineros públicos, hasta el violento ejercicio del control político sobre todos los poderes del Estado, las organizaciones sociales y hasta el aun pendiente control absoluto sobre la información?

Mientras se resista al cambio desde las bases, desde lo personal, no habrá posibilidad de romper la maldición de las malas artes como el gobierno de todos.

Lo saben muy bien los que hoy están en la cima del poder. Por eso no se cansan ni se abruman a la hora de dar muestras fehacientes de que continuarán apostando a corromper hasta a sus sombras, alentando sin mucha dificultad toda y cualquier manifestación proclive a las malas artes.