Opinión

El discurso del odio

Hace 7/25/2018 8:00:00 AM

No es novedad afirmar que el actual régimen, a través de sus voceros, que han estado sosteniendo un discurso de odio, al inicio más aureolado de reivindicación de los “oprimidos del país”, como expresión del pueblo-pueblo.

Hoy, luego de casi 13 años sintiéndose dueños de vidas y haciendas, ya casi no les importa dar justificativos y, a la ya vieja polaridad pueblo (“nosotros”, los masistas) versus la derecha (“vende patrias”, todos los demás) han acudido a cosas más primitivas. Este último paréntesis amenazaba crecer con una seguidilla de adjetivos, de un mundo maniqueo, porque en ello se prodigan los oficialistas, a falta de buenos argumentos.

En efecto, los decibeles de sus declaraciones han subido de volumen y nos están poniendo al borde de la violencia física.

Como se sabe, el disparador de esta situación es la reacción ciudadana ante la tozudez del caudillo y sus secuaces por desconocer los resultados del 21-F.

Y aunque dichos voceros se esmeran en invocaciones a la legalidad (dizque del tribunal en fuga), la certeza ciudadana es que el voto en las urnas ratificando el art. 168 constitucional es el que cuenta, no la lujuria de poder de los que hasta hace unos años, eran efectivamente poderosos, por el mismo efecto mandatorio de las urnas.

Nos referimos a los claros signos de encanallamiento de la esfera pública, cuando dirigentes afines al oficialismo amenazan con poner en su sitio las expresiones de rechazo al continuismo, a los encapuchados armados de garrotes en Santa Cruz en claro gesto intimidatorio, a las ‘advertencias’ del alto jefe policial; en fin, a las ‘recomendaciones’ de Morales Ayma en los Yungas, con lenguaje propio de estadista.

Como en otras oportunidades, quien pone en solfa este ánimo es el ‘vice’: nostálgico de la política como enfrentamiento puro y duro, quiere caracterizar este momento como “lucha entre q´aras e indios”. Hay que dejarse de cuentos, incita, guerra de razas.

Todos los pluralismos que proclama la Constitución, incluidos expresamente el político y cultural, resultan valer nada a la hora de poner en riesgo el disfrute del poder, bien supremo –cierto que exclusivo para masistas-.

No podemos ignorar tan reiteradas como abrumadoras advertencias, porque hay que tener la santidad de Jesús para pensar que ante tanta bofetada se ofrezca la otra mejilla.

Tampoco son tiempos de cautela, pues ya casi no hay autoridades independientes que hagan respetar el Estado de Derecho, siempre frágil en este entrañable país, y hoy más que nunca en tiempos modernos.

Nos queda la autoorganización de la sociedad civil con sus mejores referentes, como otras veces en nuestra turbulenta historia, con expresa divisa ciudadana ahora también con la novedad de actores protagónicos, a cuya polarización buscada habrá que oponer también algo de humor, con la querida Mafalda: “los buenos empezamos a cansarnos”.