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En las décadas de los 70 y 80 muchos jóvenes de Latinoamérica teníamos simpatías o militábamos en organizaciones de izquierda que propugnaban la lucha armada. En 1979, el triunfo del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) en Nicaragua, un ejército guerrillero integrado en su mayoría por jóvenes, fortaleció la idea de que la victoria de la utopía podía ser una realidad. La nombramos “la revolución de la esperanza”.

El año 1980, durante la dictadura de Luis García Meza, me encontraba exiliado en México y recibí una invitación de una organización católica para ir a Nicaragua. En esas épocas, de revoluciones y dictaduras, los curas de la teología de la liberación colaboraban con movimientos populares y apoyaban la Revolución Sandinista. Sin pensarlo dos veces le dije que sí y, junto a otros estudiantes latinoamericanos, me embarqué a Managua, lleno de ilusiones. Allá me esperaban dos compañeros bolivianos, Édgar Fernández y Eduardo Paz, que eran de mi misma organización política. En Managua nos dio la bienvenida una bella y joven mujer, vistiendo el uniforme verde olivo de la guerrilla sandinista; recuerdo que ostentaba grados de comandante, se llamaba Mónica Baltodano. Durante el trayecto nos habló de la lucha (ella estuvo en primera línea de combate) y del futuro de la revolución y de la humanidad; todos estábamos fascinados con ella y yo pensé, en mi interior, que ella era la imagen misma de la lucha por un mundo mejor, era el sueño hecho realidad. Después de hospedarnos nos llevó a conocer a los hermanos Ortega. Saludar a Daniel y a Humberto Ortega fue para nosotros como estar frente a los herederos del comandante Che Guevara.  

Nicaragua en ese entonces era una fiesta y todos nos sentíamos felices de participar de algo trascendental e histórico. Años más tarde la Revolución se jodió y los Ortega se convirtieron en lo que fueron sus opresores de antes, traicionaron la revolución sandinista, así como todos los ideales de una sociedad igualitaria y justa. Hoy, me avergüenza haber pensado que ese monstruo asesino, que se ha convertido en el verdugo de su pueblo, como antes lo fue Somoza, pudo ser parte del nuevo ser humano. Como dice el escritor nicaragüense Sergio Ramírez, los que combaten ahora son los nietos de una revolución lejana o ausente en su memoria. Sin embargo, sigo y seguiré creyendo en un mundo mejor. ¡Sandino vive! ¡Carlos Fonseca vive! ¡Que se vayan los Ortega!