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Si quedaban dudas acerca de la fascinación de Donald Trump por Vladimir Putin, la conferencia de prensa después de su encuentro en Helsinki las ha disipado complemente; Trump no solo dijo creerle a Putin cuando este afirmó su inocencia acerca de su posible rol en las elecciones pasadas, también atacó a los servicios de inteligencia de su propio país por concluir que los rusos fueron culpables. No hubo mención a la anexión de Crimea por parte de los rusos ni a los opositores a Putin envenenados en Inglaterra. Hasta a los republicanos no les quedó más que decir que había sido una presentación “vergonzosa”; algunos llegaron a llamarlo traidor. Pocas horas antes, el fiscal especial Robert Mueller había acusado a 12 ciudadanos rusos de interferir en las elecciones, y horas después el Departamento de Justicia de Estados Unidos señalaba a Mariia Butina como espía a favor de los rusos, como para insistir en esta dramática ruptura con Trump. No sirvió de mucho que al día siguiente, presionado por su partido, Trump dijera públicamente todo lo contrario a lo que dijo durante la conferencia; horas más tarde, en Twitter, volvía a sacar pecho: el encuentro había sido un éxito y pronto se verían los resultados.

¿Qué tiene Putin que Trump admira tanto? ¿Puede ser, simplemente, el desdén por las reglas democráticas, su autoritarismo sin fisuras, su agresivo rol de macho alfa? ¿O será cierta, como sugieren algunas teorías conspiratorias, que los servicios secretos rusos tienen información sobre Trump que este no quisiera ver divulgadas, relacionadas con negocios turbios con la plutocracia que creció en torno al Kremlin en los años de Putin? Por ponerlo de manera elegante, la Presidencia de Trump está siendo complicada para la defensa de los ideales de Estados Unidos. Los republicanos, que suelen envolverse con la bandera norteamericana y tienen por costumbre exhibir orgullosos su patriotismo (alguna vez atacaron a Obama por no ponerse un prendedor con la bandera norteamericana en su traje e hicieron campaña para que un grupo de música country –las Dixie Chicks– no fuera bien recibido en su regreso a Estados Unidos por haber atacado al país en su gira por Europa), se han convertido en el partido del relativismo moral: los rusos también son patriotas, nosotros también hemos interferido en las elecciones de otros países. 

Hay dos políticas exteriores norteamericanas en este momento, la de Trump y la de todas las demás instituciones del Gobierno; la crisis institucional seguirá por ello ahondándose. Estos movimientos no solo tienen repercusiones domésticas: con Trump de la mano de los rusos y atacando continuamente a la OTAN y a la Comunidad Europea –“un enemigo”–, el viejo orden establecido después de la Segunda Guerra Mundial se tambalea. Tres décadas después de la caída del Muro de Berlín, Putin puede alardear de haber restablecido la importancia geopolítica de Rusia en el diseño del tablero mundial: es el líder despiadado que sabe adular a Trump cuando le conviene –no es difícil– sin dejar de proyectar firmeza en todo momento y sin ceder un ápice de sus intereses. La Comunidad Europea, mientras tanto, ya no puede confiar en Estados Unidos, y debe consolidar sus alianzas en Asia. Los aliados a Trump dirán que sus extraños movimientos internacionales –incluyendo su cumbre con el líder norcoreano Kim Jong-Un– son pura estrategia destinada a aislar a China; China, sin embargo, y pese a la guerra arancelaria iniciada por Trump, no parece un país asustado sino más bien un régimen muy dispuesto a aprovecharse de los pasos en falso de Estados Unidos para ocupar ese vacío de autoridad a nivel global.    

¿Renunciará alguno de los líderes de los servicios de inteligencia desdeñados públicamente por Trump? Por supuesto que no. Algunos analistas lo justifican con el burdo argumento de que Trump es como un niño caprichoso y que los adultos deben mantenerse cerca de él para cuidar sus pasos; pero esos adultos no logran frenar los exabruptos de Trump, capaces de echar por la borda la más paciente diplomacia. La mayoría republicana en el Senado es tan frágil que es suficiente que uno de los críticos de Trump –Sasse–  se vuelque para frenarlo; sin embargo, estos senadores no han llegado a su puesto por falta de pragmatismo. Como dice el senador Jeff Flake, ser crítico de Trump no lo convierte automáticamente en demócrata; es un conservador y, como tal, está dispuesto a tragarse los sapos vivos que le manda Trump todas las semanas con tal de que su ideología avance: gracias a Trump, la Corte Suprema será más derechista, más proempresarial y más antiinmigrante. Los demócratas seguirán gritando “traición” sin lograr mucho antes de las elecciones legislativas de noviembre, donde todo parece indicar un triunfo seguro de las fuerzas anti-Trump.