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Masafumi Nagasaki vivió durante casi 30 años una vida con la que la mayoría de nosotros, adictos a estar siempre conectados, solo podemos soñar.

La vida de Nagasaki fue completamente libre de relaciones con otras personas y de cualquier tipo de pantalla. Además, tenía toda la isla de Sotobanari para él solo, en donde se dedicaba a buscar comida, limpiar los escombros de la orilla, y ver tortugas recién nacidas salir de sus huevos y correr al océano, señala el portal Gizmodo.

Después de haber decidido aislarse, en 1989, su único contacto con la civilización se producía durante algunos viajes para comprar comida y agua potable en un pequeño pueblo a una hora de distancia en bote.

Su vida transcurría con normalidad hasta abril, cuando fue obligado por las autoridades de Japón a “ir a un hospital sin esperanzas de volver a su isla”, según el cineasta Álvaro Cerezo, citado por Gizmodo.

“Llamaron a la policía y lo llevaron de regreso a la civilización, eso es todo”, detalló Cerezo. “Ni siquiera pudo defenderse [de la policía] porque estaba débil, y no le permitirán regresar”, dijo Cerezo a un portal australiano.

“Ya le he dicho a mi familia que moriré aquí. Mi deseo es morir aquí sin molestar a nadie”, dijo en el documental realizado por Cerezo.