Opinión

¡Dale con el Día de la Mujer!

El Deber Hace 3/14/2019 8:00:00 AM

Nos sobrecogieron las noticias del mundo sobre el Día de la Mujer. En cada rincón del planeta, se celebró con una manera y una pasión diferente.

Los países que tienen más marginada a la mujer, los que más necesitan cambio y renovación de ideas, son los que menos se movilizaron. Los que más necesitan reflexionar sobre sus derechos y sobre la justicia son los que tienen menos instrumentos para hacerlo. Duermen felices en su atraso. Los pueblos que han avanzado más, los que más han logrado sacudir las viejas culturas patriarcales, son los que más se rebelan contra lo que queda por mejorar, los que más exigen las transformaciones que faltan.

En grandes y modernos países cambió la vida por un día. Cientos de miles de mujeres optaron ese día por la huelga dura, para gritar a su patria y al mundo su rebeldía. Por una jornada han dejado su trabajo con conciencia plena del riesgo económico y laboral que corrían. Con ellas han parado y se han manifestado también cientos de miles de hombres. Ambos entienden claramente lo que aún queda por cambiar y su sola presencia a lo largo de kilómetros y kilómetros de coraje se ha convertido en referendo y en decisión de humanidad. El 8 de marzo se estremeció el mundo. Se agolpó la gente para destruir lo que queda de abuso, de injusticia, con las mujeres.

Algunos se molestaron. Quisieran para siempre a la mujer encerrada en casa para servirlos. Quisieran que callen para opinar ellos solos y ser obedecidos. Quieren el derecho a gobernar a golpes su mísero y pequeño mundo íntimo. Se antojan disfrutar por siempre del cavernario patriarcado. Son deprimente minoría. La humanidad reconoce la urgencia y la justicia del cambio, pero quedan por superar montañas de prejuicios y de desigualdades.

Las mujeres no tienen el mismo acceso que los hombres a la formación. Hay profesiones que todavía no les abren sus puertas. Hay familias y estados que no les dan los mismos medios ni las mismas oportunidades. Hay espacios laborales que no son todavía para ellas. Hay prejuicios y hay leyes que las discriminan. Y, aunque lo hagan mejor, su trabajo vale y se paga menos que el de los hombres.

Hay sociedades en las que se impone a la mujer obligaciones y cargas salvajes, pero lo que más cuesta cambiar no son las leyes, ni las estructuras nacionales. Se resiste mucho más el ámbito privado, el íntimo, el familiar. En la familia se apropió el hombre de los beneficios y privilegios. Él manda y no trabaja. Aporta, lo que quiere y no responde de más. A la mujer le encomendó la carga. Ella obedece. Ella sirve y trabaja por los dos. Muchos hombres se sienten mal si la mujer puede aportar más que ellos al mantenimiento familiar, pero no se sienten mal si ella carga más peso familiar. Algunos colaboran al quehacer doméstico. Ayudan generosos a sus esposas, como si la familia fuera solo de ella, pero todavía no es cultura familiar que la familia es decisión, es tarea, es proyecto, es vida, es sueño, de los dos, absolutamente por igual. Y si no, no es familia.