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Desde las últimas décadas del siglo XX, la participación de las mujeres conforma el nuevo rostro decisional del mundo (Aburdene & Naisbitt. 1993). A partir de entonces ha corrido mucha agua bajo el puente. Hoy el valor y la influencia de este género ocupan un lugar preponderante en la sociedad mundial.

En este contexto, América Latina es la región con mayor porcentaje de emprendedoras, siendo que 10 países de la región figuran en el top 20 de estados con mayor porcentaje de mujeres que han creado sus propias empresas (Global Entrepreneurship Monitor (2015-2016). Las fallas de mercado en estos países han llevado a las mujeres a detectar necesidades en sus comunidades y a crear las soluciones para atenderlas. Aquí aparecen las emprendedoras del llamado ‘triple impacto’ (B Corp., Sistema B), cuya visión está orientada al bienestar, buscando lograr la rentabilidad económica, social y ambiental (A. Arrázola, 2017). 

El caso boliviano es muy peculiar. Las mujeres representan más de la mitad de la población, realizan la mayor parte de los trabajos no remunerados y la representación femenina en los altos cargos y en la empresa privada sigue siendo escasa.  Actualmente existe una asimetría laboral de género que ronda el 19%, hecho que conlleva serias consecuencias macroeconómicas. Se ha estimado que en determinadas regiones, la pérdida del Producto Interno Bruto (PIB) hasta de un 27%, se atribuye a disparidades de género en el mercado laboral. De igual manera, la OIT informa que el trabajo de la mujer puede ser el factor más importante para reducir la pobreza en las economías emergentes. 

Un estudio realizado recientemente por el Instituto de la Mujer & Empresa (IME) considera que siendo la mujer la que define la mayoría de las veces toda compra para el hogar, las empresas que contratarían personal gerencial femenino, estarían en mejores condiciones para atender los mercados de consumo, dominados por mujeres. Asimismo, una mayor diversidad de género en juntas directivas, puede redundar en un mejor gobierno corporativo, al permitir tener en cuenta una gama más amplia de perspectivas y prospectivas.

Por último, una proporción superior de mujeres en cargos decisorios podría reducir las transacciones financieras de alto riesgo que normalmente realizan los operadores masculinos.

Una pregunta que fluye es ¿cómo generar más inclusión en el empleo? Primero, aplicando políticas públicas que incorporen cuestiones de género en el presupuesto nacional, corrigiendo las distorsiones del mercado laboral y creando igualdad de condiciones. Segundo, en las economías que están envejeciendo, una mayor participación femenina en la fuerza laboral puede estimular el crecimiento, disminuyendo el impacto en la reducción de la mano de obra.   

Frente a esta realidad irrumpen organizaciones como la Red Nacional de Mujeres Emprendedoras o la Cámara de Mujeres Empresarias de
Bolivia. Más recientemente surge el IME que nace bajo el alero de Unifranz con el compromiso de apoyar el emprendimiento femenino y la gestión empresarial, empoderando a la mujer boliviana potenciando sus habilidades y competencias, permitiendo su libre desarrollo y acortando así las brechas de género (V. Ágreda, 2017). 

En el campo universitario hoy en día las aulas acogen casi por igual a estudiantes de ambos sexos; sin embargo, las mujeres tituladas superan en casi el doble a los varones. Así están las cosas. Si bien dicen que este siglo es el tiempo de la neurociencia y de las “empresas Unicornios”, también al emprendimiento femenino emerge como pilar esencial del desarrollo y la co-creación de estrategias innovadoras que permitan reconstruir una sociedad más solidaria, más fraterna, más sustentable y más equitativa, en definitiva que sea más humana.