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n la Antología de poesía contemporánea de Bolivia que hice para la prestigiosa Editorial Amargord, de Madrid, España, incluí a algunos extraordinarios poetas que no son conocidos porque voluntariamente decidieron alejarse de la farándula literaria, lejos de los chismes y de las camarillas. Uno de esos poetas, que durante 26 años guardó silencio y no publicó nada, es Eduardo Kunstek Montaño. Gracias a esta y otras antologías que se publicaron en el exterior, decenas de poetas bolivianos son leídos y luego publicados fuera de Bolivia. Una labor que me enorgullece.

Eduardo nació en Oruro y vive en Santa Cruz de la Sierra desde hace varios años. Conozco dos publicaciones suyas: La vindicación de la cigarra, de 1990 y Cántaro y luna, de 1992. Hace unos días me llamó para entregarme su poemario De la órbita final, recién salido de la imprenta, y me alegré mucho porque fui uno de los que insistía para que vuelva a publicar. El libro compila poemas que son, según Eduardo, una especie de geodas que han generado en su interior, después de años de profundos fluidos acuáticos, hermosos cristales. José Antonio Terán, gran poeta cochabambino, afirma que este poemario cumple esta característica al haber fusionado los mundos externos e internos del poeta: “Los poemas de Kunstek dibujan un tapiz viviente trasmutado al mismo tiempo en gigantesco coro, imágenes y voces vertiginosas estrechamente surcadas, aquí y allá por vivencias existenciales”.

El libro se divide en cuatro partes: Fragmentos de la órbita final, Vestida de agua, Caminante sigiloso y Utopía. Como lo dice en su poema Brindis: “Salvemos algo de vino/ para el fin del almanaque/ que retiren los vasos de ahogado/ y se llenen frágiles copas/ para celebrar auroras impredecibles/ con palabras inauditas en los poemas/ nacidas del cuerpo añejo/ del vino de los días”.

Mirella Suárez señala que Eduardo es un “observador agudo y meditativo que escribe poemas luminosos, honestos y, a menudo, sorprendentes como preciosos cristales formados por el agua de los días en las rocas persistentes del lenguaje”. Me encantó el poema titulado Árbol de agua: “Como un amor inconcluso/ las aguas vuelven en llanto/ a besar la tierra y correr/ enlodadas por acariciar el polvo/ entonces de tanto camino/ sauce vuelve a subir nube o melancolía/ flexibles amores de siempre/ ramitas vestidas por lágrimas/ en el árbol de la vida”.