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Las elecciones que vienen serán, para usar una metáfora futbolística, una “cancha desnivelada”.

Tras varias elecciones y referendos en los que el gobierno se ha jugado todo por su candidato o la opción que defendía, los bolivianos ya no lo vemos tan raro, pero este comportamiento oficial afecta la limpieza del proceso electoral y, por tanto, la calidad de la democracia. En esta oportunidad el oficialismo no solo transgredirá las leyes habilitando al presidente Evo Morales, sino que las torcerá al usar todo el aparato público para respaldar esa campaña. El gobierno ya lo ha anticipado con gran cinismo al designar a los ministros como directores de la misma.

También podemos estar seguros de que se gastará millones de bolivianos de recursos públicos para publicitar los logros de las distintas reparticiones públicas, con un propósito puramente propagandístico y por tanto insultante en un país pobre y con tantas necesidades como Bolivia. Y poco será lo que el Órgano Electoral pueda o quiera hacer para combatir esta práctica insana.

A esa práctica se sumarán, como ya vemos en estos días, las acciones de intimidación a opositores encomendadas a las “organizaciones sociales”, es decir, a la rosca sindical que disfruta de beneficios personales y colectivos, como la disposición de sedes y automóviles, que pagamos todos los ciudadanos, los que, en contrapartida, se encargan de formar y mantener los grupos de choque oficialistas.

Lo que nos espera, entonces, es muy difícil. La oposición no podrá salir bien librada si concurre a las elecciones dividida en múltiples facciones. No se trata de un proceso normal, sino de uno de características peculiares, y esto exige la adopción de medidas extraordinarias. La más evidente es unificar a las fuerzas democráticas: la unidad es necesaria. Pero, ¿también es posible? La política no es una actividad desprendida: cada actor participa en ella con determinadas pretensiones e intereses. Esto es legítimo. Sin embargo, parte de la prueba de gobernar el país en el posevismo consiste en tener la capacidad de formar esta unidad; en mostrar la habilidad y la generosidad necesarias para lograr que todos los interesados obtengan algo con ella que les parezca mejor que la opción de ir por su cuenta. El liderazgo democrático es un acto de seducción que no solo se ejerce sobre los votantes, sino también sobre los otros actores políticos; su ejercicio requiere la disposición a ceder posiciones. En estas semanas veremos hasta qué punto la oposición y sus dirigentes estamos a la altura de este desafío.