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“Recuerdo como entre sueños que mis pies se están ardiendo junto a los de mi hermana mayor”. Ya quisiera Yobanna Sejas que estas imágenes fueran producto de un mal sueño. Quien les echó alcohol a los pies y le prendió fuego fue su tía. 

 Su madre, de quien no tiene una idea de su nombre ni de su rostro, un día se fue de su casa, poco tiempo después su padre tomó el mismo camino y ellas pasaron al cuidado del abuelo paterno de donde, poco tiempo después fueron arrebatadas por una tía. Se las llevó a la ciudad de Cochabamba y allí, en su casa en la zona de Cerro Verde, les quemó los pies como escarmiento. “Nos escapamos. Queríamos buscar a nuestra madre”. 

 Los vecinos la denunciaron a la Policía y Yobanna y Margarita pasaron a un orfanato. El plan de fuga seguía vigente. Su hermana propuso volver donde el abuelo. Una patrulla policial las encontró y al día siguiente las separaron.

Cuatro años después su padre la retiró del hogar de niños. “Llegó con una mujer. Me dijo que era mi madre. Todo fue una mentira. Era mi madrastra. Lo primero que hizo cuando llegamos a su casa fue quitarme los zapatos, ponerme abarcas y enviarme a hacer adobes”. Así trabajó un año, desde que salía el sol hasta que se entraba, con escasa comida y golpes. 

La vecina que la ayudó a huir, pensando que le hacía un favor, la envió con su hijo, a la ciudad de Cochabamba. En esa casa le prometieron estudios y no cumplieron. La tenían de su sirvienta, pero eso no fue lo peor: “Mi patrón me violaba”.

Otra ‘buena samaritana’, una vecina que vendía pan, intervino para que saliera de ese infierno, pero  cayó en otro, donde se repitió la misma historia.

A los 24 años, en Santa Cruz, tuvo a su hija. El tenerla significó renunciar a la convivencia con su esposo, que le había pedido interrumpir el embarazo. 

La historia se repite

Sentada en un sofá Yobanna  desdobla sobre su falda un maltrecho papel blanco. “Aquí estuvo encerrada mi hija durante cinco meses”, dice y apunta a la hoja en la que está dibujado lo que parece ser una casa, rodeada de establos, vacas, árboles y personas. También se ve a una niña. 
La niña del dibujo es María, a quien se le ha cambiado el nombre para resguardar su identidad. A los seis años fue diagnosticada –como consta en el certificado provisto el 26 de septiembre de 2007 por la Asociación Cruceña de Ayuda al Impedido (ACAI) – como especial. Su capacidad de atención, comprensión y de expresión eran, en aquel entonces, como de una niña de tres.

En esos cinco meses que estuvo desaparecida, desde diciembre de 2016 hasta mayo de 2017, Yobanna atravesó otro infierno. “Me amanecía caminando, donde pillaba un poste de luz me arrodillaba pidiendo al cielo que aparezca. Si no aparece ella que por lo menos aparezca su cuerpo. Así clamaba”. La búsqueda la hacía luego de cumplir con su trabajo de limpieza en un hospital cruceño.

Cuando María escapó del lugar donde la tenían trabajando a sol y a sombra, guardó silencio. “Llegó con carachas en el cuerpo, con el pelo tusado, con la ropa sucia y embarazada”, cuenta entre lágrimas.

Su hija, ahora de 16 años, tiene siete meses de embarazo. No asimila que será madre.