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La decadencia de las instituciones en Bolivia, más allá de los avatares políticos -propios de la perversa forma en que los bolivianos manejamos las cosas- en gran medida tiene que ver con la deficiente educación que recibimos a todo nivel. Esta situación se hace más evidente por los cambios en las tecnologías de información y comunicación. Estas de algún modo han transfigurado las estructuras sociales hacia formas más globales y dinámicas de interacción, en la que los menos educados son usuarios ineficientes de estas tecnologías. Asistimos a una sociedad postindustrial que para los más entusiastas se trataría de una ‘sociedad del conocimiento’. Sin embargo, en Bolivia no hemos desencadenado ni por asomo la industrialización, estancados en el sector primario de la economía no aprovechamos las ventajas del contexto económico para el desarrollo una base tecnológica elemental. Importamos conocimientos, bienes y servicios. Ingresamos a la era de la información por iniciativas personales, no como política de Estado, sin regulación, registro ni políticas de desarrollo en esta materia.

Estas tecnologías incrementaron los flujos de información, dinamizaron la interacción humana virtual sin derrumbar los muros de las diferencias sociales y económicas, los problemas de ‘comunicación’ no han sido resueltos en los contextos político-sociales ni en los culturales, la incongruencia radica en que mejor tecnología no convierte a las personas en seres humanos más instruidos, es que la tecnología no transforma modos de pensar ni hacer, el aprendizaje sigue siendo memorístico, enciclopédico y superficial, se transfirió mecánicamente la memoria cerebral a los dispositivos electrónicos, el arte de repetir los textos, al arte de copiar y pegar de la manera desvergonzada, convertidos de elementales receptores a inconscientes transmisores, y por ende ‘viralizamos’ lo que sea.

Por estas razones peregrinas no sorprende el fraude procesal del Tribunal Constitucional Plurinacional, en el que copiaron jurisprudencia de manera antepuesta de una acción constitucional que aún no se había resuelto (supuestamente), a favor de la reelección indefinida. Las campañas políticas, de oficialistas y opositores, multiplican falsedades insostenibles como ‘verdades’ modificando conductas y modos de pensar gracias al torrente de información poco fiable que aparece a diario en las redes. Estas redes cada vez movilizan a más personas, a la vez que pierden credibilidad y hacen inverosímil la información difundida. 

Este cambio de tecnología no nos condujo a la pretendida ‘sociedad del conocimiento’ en ninguna parte; la razón humana sigue siendo una quimera, en todos los ámbitos predominan las lógicas animistas y mágicas, tan denostadas a los pueblos indígenas y tan practicadas por la civilización occidental, en la que las religiones y el pensamiento conservador pone en jaque el juego político de izquierda y derecha. El conocimiento se ha convertido en mercancía funcional al sistema, la meritocracia es aparente con títulos sin la calidad académica que valide los mismos, títulos hechos a medida de los ‘clientes’. El ‘conocimiento-mercancía’ no sostiene el patrimonio colectivo del saber, sino al fácil argumento funcional de la eficacia del sistema económico predominante. En medio de esta lógica ligada al conocimiento global y educación mercantil permanente, se ha banalizado la educación como mecanismo de ascenso económico-social soslayando la trascendencia social del conocimiento como patrimonio de la humanidad, quimera del Iluminismo del siglo XVI. 

Lamentablemente, esta es la era de la información, en ningún caso del conocimiento, atiborrada de mensajes insólitos, en el que la vida privada ha sido violada irremediablemente, confundiendo el rumor con cultura y política, en la que todo se vuelve relativo. La voz de los actores políticos se confunde en las redes con un coro anónimo de ‘cibernautas’ sumados al desconcierto generalizado en que todo parece ser algo previsto por George Orwell en su libro 1984, se trata de un amargo deja vú en una sociedad hastiada que enreda lo nimio con lo fundamental.