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Recuerdo aquel miércoles por la noche, alistándome ansiosa para encontrarme con una amiga que hacía años no veía. 

Había reservado una mesa para disfrutar los sabores intensos del mejor sushi. Tras el toque del timbre, aparece en la puerta mi amiga, una mujer que reflejaba juventud y energía desbordante; una mujer con una piel fresca y lozana, y un cuerpo nada que envidiar a las fitness que se pasan horas en las pesas y los gimnasios.

Mi asombro fue tan grande que lo único que acerté a preguntar, propio de una mujer movida por la curiosidad, fue: “¿Qué te hiciste?”. La noche japonesa cambió de tono y se pintó verde. Los exquisitos sushis cedieron el paso a los vivos colores de una variedad inagotable de ensaladas, cada una con su toque especial, complementadas con una diversidad de jugos maravillosos que mezclaban olores y colores en una combinación muy refrescante. 

Esta experiencia, remarcada por la gran presencia de mi amiga, supuso el empujón definitivo para girar 180 grados la idea que yo tenía como un estilo de vida saludable. 

Nuevos productos en la despensa y la heladera

Recuerdo ese día como si fuera ayer. Mi primera tarea al levantarme la mañana siguiente respondió a una decisión impulsivamente vital. 
Agarré una bolsa y comencé a limpiar la despensa y la heladera de todo aquello que estaba fuera de un régimen alimenticio saludable.  Azúcar, pan, harinas, sal, gaseosas, lácteos, carne roja, jugos envasados abandonaron mi casa para no volver más.  

El segundo paso del día me llevó por los pasillos del supermercado junto a mi nueva lista de compras. Sentía un redescubrir de las estanterías del súper, mientras mi cabeza comenzaba a adecuarse al nuevo vocabulario: sal marina, endulzantes naturales, verduras orgánicas, hierbas aromáticas, especias que nunca antes había escuchado y me sonaban a las pócimas mágicas que las brujas usaban en los cuentos infantiles que leía a mis hijos.

Esa semana aprendí que para lucir radiante y plena, no necesitaba estar contando las calorías o morir de hambre frente a dietas sin sentido. La lección de mi amiga era sencilla y atractiva, un reto complejo de inicio pero satisfactorio a la larga. Simplemente, se trataba de aprender a comer.

El timbre de aquella noche fue una llamada para el viaje más intenso de mi vida, un descubrimiento propio en el que aprendí a escuchar a mi organismo, donde empecé a crecer como persona y reencontrarme como mujer.  

En este viaje descubrí cómo cada alimento actuaba de manera diferente en mi cuerpo y lo reflejaba en mi estado de ánimo, un espíritu mucho más activo y firme, cargado de visión positiva para vencer la sensación de cansancio y pesadez que con tanta frecuencia nos domina.

No tardé mucho tiempo en reflejar las bondades de este estilo saludable de alimentación y vida. La sorpresa que sentí al abrir la puerta y encontrarme con mi amiga era la misma sorpresa que empecé a causar en mi entorno. ¡Hasta mi manicurista me alargó una hora la sesión mientras charlábamos de cómo mi piel se tornó más rejuvenecida y lúcida! 

Ojalá este artículo sea el timbre que despierte tu renovación.

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