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“Según el PNUD, la clase media pasó de un millón a cerca de tres millones de personas, creció dos tercios (sic)”.  

¿Dos millones equivalen a dos tercios de un millón? La vehemente afirmación podría considerarse un error venial del teórico del régimen, aunque habría que ser más exigente para quien actúa con pose y aplomo de doctor en matemáticas. Pero al continuar revisando el extenso y pomposo discurso que se despacha en una entrevista (EL DEBER 25.02.2018), queda al descubierto que, más que inocentes y apresuradas expresiones, se trata de mecanismos arraigados del relato vicepresidencial para falsear la realidad, simulando seriedad, rigurosidad, autoridad intelectual. 

En ese plan, al tratar de inflar el impacto de la obra gubernamental dice que las estadísticas probarían que el millón de personas que componían la clase media, antes del Gobierno del MAS, se habrían convertido en tres y remacha: “En una silla en la que antes una persona estaba cómoda se le aumentaron otras cuatro personas, por ello, (ahora) mostrará incomodidad”. En su ejemplo, los dos millones se volvieron cuatro, aunque corrige luego, aumentándole solo un pequeño millón a su cálculo: “Lo que antes era un espacio de privilegio y reconocimiento, ahora lo tiene que compartir con otras tres personas más”.

La horrenda aritmética trata de que pasen desapercibidos los errores demográficos y sociológicos, porque la información que el vice sacude y tuerce a su antojo se refiere a la inferencia de que una cierta cantidad de personas han dejado de estar bajo la línea de pobreza, o sea, que disponen de ingresos mayores a Bs 14 al día en las ciudades y Bs 11 en áreas rurales: pero lo anterior no significa que quien disponga de Bs 600, 800 o 900 al mes pueda considerarse dentro de la franja de ingresos medios, como trata de hacer creer el segundo al mando de la nave estatal.

Desde la óptica marxista que el ‘vice’ presume asumir, la (s) clase (s) media (s), que no se define por cantidad de ingresos,  es una categoría que engloba a quienes no son capitalistas ni proletarios; en Bolivia, esa franja es principalmente por los campesinos que, en nuestro país, resulta ser la clase media por excelencia no solo por su ubicación en el proceso de producción, sino por ser origen de la mayor parte de las fracciones medias urbanas, como los comerciantes populares, los transportistas, los cooperativistas de toda índole, gran parte de los técnicos y profesionales y otras.

El vice simplifica la historia, con ese estilo suyo que lo hace pronosticar disturbios cósmicos si no se cumplen sus planes y dice: “En la clase media tenemos dos sectores: la clase media tradicional, de varios oficios, profesiones, (…) de ubicaciones y reconocimientos acumulados a lo largo de una o dos generaciones, y una clase media emergente creada por nuestro proceso.  (Esta) entró a la universidad, tiene un comercio, dos o tres minibuses, dejó lo popular. (...) La madre y el padre vienen del sindicato, pero su hijo ha ascendido, ya no tiene gremio”. 

Con un solo gesto, con una docena de palabras, ha convertido a los hasta hace pocos pobres, que hoy luchan a muerte por sobrevivir y no retornar a la pobreza, en propietarios de 2 o 3 unidades de transporte y estima que ganan entre Bs 4.000 y 5.000 mensuales. Quiere además que le sigamos la corriente cuando opina que existiría una cantidad dada y constante de prestigio que ahora no alcanzaría para más personas que se lo disputan; ignorando que no se trata de un objeto, sino de una relación abierta en continuo movimiento y cambio.

El aplomo del vice es propio del que tiene la certeza que, con cargo o sin cargo, con acciones o títulos de propiedad a su nombre o sin ellos, será siempre igualmente próspero y poderoso. De allí que no le importe exhibir su desapego, concreto, a la norma, aunque la norma exprese la voluntad y la soberanía popular. Lo que olvida, el tan altivo funcionario, es que la impunidad ha creado a muchos personajes idénticos que, demasiadas veces, han visto sus ínfulas trituradas por el simple movimiento de la historia.