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Leer es para unos una actividad placentera que se realiza en momentos de recreo. Para otros es ya algo compulsivo, y cuando estos no tienen a la mano un libro o algo que leer, entran en un estado de ansiedad que les hace morderse los labios y las uñas y pensar que están echando por la borda los minutos más valiosos de sus vidas por no estar adquiriendo conocimiento. Para estos todo vale, incluso un panfleto partidista o un libelo vulgar. Para estos todo momento es propicio, incluso cuando están sumidos en la depresión más incontrolable. Pero lo cierto es que no importa cuál sea el móvil, si el placer o la compulsión, lo importante es abandonarse a la lectura siempre que se pueda.

Recuerdo que el primer libro que cogí con verdadero interés, teniendo yo tres años, fue una enciclopedia de prehistoria. A esa edad, enseñado por mi padre dentro de las cuatro paredes de mi casa, ya había aprendido a descifrar el magnífico idioma de Cervantes; pero la verdad es que, a pesar de la habilidad que había logrado, la única actividad que realizaba era pasar mil veces mis ojos por las coloridas ilustraciones de los fósiles, dinosaurios y plantas milenarias que tenía esa mi vieja y gorda enciclopedia. Cada ilustración llevaba una leyenda que explicaba sintéticamente lo que era o representaba la imagen. Y ese fue el inicio de lo que luego hice parte esencial e inextirpable de mi vida: el libro.

Fue un momento mágico, quizá el más importante de mi vida hasta ahora, porque pocas cosas en esta vida son tan valiosas como el adquirir un hábito tan digno y tan fructífero como el de la lectura. De no haber caído en 1997 aquella enciclopedia de dinosaurios en mis pequeñas manos de niño, mi vida hoy tendría otro rumbo.

¿Es lo mismo leer que estudiar? Unos dicen que no, pero yo creo que sí. Estudiar no es otra cosa que leer. Quizá estudiar es leer dos, tres o incluso cuatro veces, pero es leer al fin. Los grandes genios e intelectuales no hacían otra cosa que tomar un libro y leerlo, quizá más concentrados que otros y más veces que otros, pero la actividad no variaba, solo leían.

Un buen libro es, aunque decirlo parezca un cliché, un portal mágico. Una novela es un prodigio y un par de poesías un bálsamo para el alma. Pero no solo hablo de arte; un tratado de filosofía hace al ser humano vislumbrar el sistema que se esconde en el devenir; una obra jurídica nos hace entender el orden que el hombre se ha impuesto a sí mismo para convivir en civilización. ¿Qué cosa mejor que un libro, una taza de café y un ambiente cargado por buena música?

Entre el 1 y el 12 de agosto se ha de llevar a cabo, en la ciudad de La Paz, la XXIII Feria Internacional del Libro (FIL). La FIL es un evento cultural en el más amplio sentido de la expresión. Se han de exponer libros ya publicados, pero también han de ser presentados unos nuevos. Es una verdadera vitrina de arte y saber, porque allí se pueden encontrar no solamente novedades, sino también obras clásicas de la literatura y el pensamiento universales. 

Si queremos apuntalar un país civilizado, no tenemos otra opción que la de pararnos en el umbral de la puerta mágica: la lectura.