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Han pasado 130 años desde que Adela Zamudio escribiera “Nacer hombre”, y la rabia de sus versos sigue resultando electrizante: “Una mujer superior/ en elecciones no vota/ y vota el pillo peor./ (Permitidme que me asombre)./ Con tal que aprenda a firmar/ puede votar un idiota/ porque es hombre”.

Hoy recordamos a Zamudio como una especie de tía benévola que luchó por los derechos de las mujeres a votar, a recibir educación y a conseguir el divorcio. Sin embargo, si viviera en nuestros tiempos con toda seguridad sería tachada de feminazi, resentida y radical: Zamudio se negó a enseñar religión en el liceo de señoritas que dirigía y tuvo una célebre pelea a través de los periódicos con Fray Francisco Pierini, el cura al que apoyaban las mujeres encopetadas de la época. La potencia de su poema “Nacer hombre” sin duda emana de la rabia que sentía por el trato injusto hacia las mujeres en la sociedad boliviana.

La rabia de las mujeres puede ser una extraordinaria fuerza revolucionaria; por eso mismo tiende a ser suprimida y silenciada a través de la cultura, que la entiende como desagradable, antinatural y monstruosa. En Buenas y enojadas. El poder revolucionario de la rabia de las mujeres (2018), Rebecca Traister reivindica la ira femenina como el motor de varias revoluciones que han transformado la cara de los Estados Unidos: tanto en las huelga de las obreras textiles que consiguieron cambiar las condiciones de trabajo en las fábricas en el siglo XIX, como en la negativa de la activista negra Rosa Parks a sentarse en la parte trasera del autobús –hecho que inspiró la lucha por los derechos civiles de los negros–, o en la batalla de Susan B. Anthony y Elizabeth Cady Stanton por conseguir el sufragio femenino, la ira ha sido un factor fundamental de progreso y de cambio. Un día estas mujeres decidieron que no podían seguir soportando la situación de desigualdad en que vivían y enfurecieron. Y entonces empezaron a organizarse y a actuar.

Traister señala que la misma rabia que en los hombres se ve como justificada y patriótica, en las mujeres es condenada como exagerada, ridícula o falsa, y  pone como ejemplo las elecciones presidenciales de 2016, en las que el discurso agresivo de Donald Trump no hizo más que ganarle adeptos, mientras que Hillary Clinton era percibida como gritona y amargada (Clinton llegó a tomar clases de modulación de la voz para no sonar “enojada”). No estamos acostumbrados a reconocer la ira de las mujeres porque la sociedad pone mucho empeño en contenerla, pero cuando se manifiesta tiene un gran potencial desestabilizador. Traister recuerda por ejemplo a Flo Kennedy, la abogada y activista negra que en 1969 organizó la protesta feminista contra la prohibición del aborto en Nueva York –anulada en 1970–; Kennedy era descrita por la prensa como “la boca más grande, ruidosa e indisputablemente insolente” entre las feministas, capaz de desatar la furia e inspirar a los demás a la acción. “Debemos reconocer (…) que la rabia es a menudo una expresión exuberante”, dice Traister. “Es la fuerza que inyecta energía, intensidad y urgencia en batallas que deben ser intensas y urgentes si quieren ser ganadas. De manera más amplia, debemos llegar a identificar nuestra propia rabia como válida y racional, y no como se nos dice que es: fea, histérica, marginal, risible”.

Dos de los movimientos que analiza Buenas y enojadas son Black Lives Matter, que hace campaña contra la violencia policial hacia la comunidad negra en Estados Unidos, y #MeToo, ambos creados por mujeres afroamericanas; de hecho, Traister señala que el activismo de las mujeres de color ha transformado políticamente a los Estados Unidos. Para Traister, el #MeToo, que cambió las nociones culturales sobre acoso sexual y que fue en parte una respuesta a la elección de un misógino como Trump, ha sido revolucionario porque logró suspender durante un tiempo la posición de privilegio e impunidad de los hombres que abusaron de su poder con las mujeres en el campo laboral. Varios hombres llamaron al #MeToo una “cacería de brujas” en un intento por neutralizar al movimiento, cuando en realidad casi ninguno de los acusados ha ido siquiera a la cárcel. “Fue una instancia en la que algunos hombres perdieron sus empleos o vieron dañada su reputación, y aparentemente eso se sintió para muchos hombres como si los estuvieran masacrando. El lenguaje hiperbólico (usado por ellos) ofreció pistas acerca de cuán instintivamente los hombres entendieron el potencial revolucionario de la rabia de las mujeres, y ayudó a comprender lo que los ha llevado a trabajar para suprimirla a través de varias estrategias a lo largo de muchos años. Porque en apariencia, cuando las mujeres alzaron la voz con ira —o incluso con crítica— por el comportamiento de estos hombres, ellos quedaron aterrorizados.

Así como la rabia y la protesta sirven para visibilizar la situación de desigualdad de las mujeres, a Traister no se le escapa que la raza y la clase social son fundamentales para mapear a qué mujeres se presta atención: el #MeToo fue creado sobre todo para que mujeres afroamericanas pudieran contar sus experiencias de acoso, pero fueron las historias de las actrices de Hollywood (por lo general blancas) las que acapararon la atención de los medios. Traister también examina la dinámica por la que muchas mujeres blancas deciden apoyar a líderes machistas y abusivos (entre ellas las votantes de Trump): estas mujeres se benefician por su cercanía con el centro del poder –el hombre blanco– y obtienen privilegios que no están al alcance de mujeres que no son blancas.

Buenas y enojadas llega en un momento político especialmente fértil para la furia de las mujeres: en Estados Unidos, el senado acaba de confirmar al juez Brett Kavanaugh en la Corte Suprema a pesar de una denuncia por intento de violación; en Argentina, el movimiento #NiUnaMenos consiguió movilizar 150.000 personas exigiendo al estado aborto legal, seguro y gratuito, a pesar de lo cual la ley no fue aprobada; en pocos días, es posible que Jair Bolsonaro, el político de ultraderecha que considera que las mujeres no deberían ganar lo mismo que los hombres, sea el presidente de Brasil, ante las protestas de más de un millón y  medio de mujeres que usaron el hashtag #EleNão y de miles que salieron a manifestarse contra su candidatura. Buenas y enojadas propone a las mujeres dejar de rechazar su ira y convertirla en una fuente de acción política para luchar contra la opresión. ¿Qué puede pasar si las mujeres se salen de control? “Ahí es cuando cambiamos el mundo”, asegura Traister.