Escucha esta nota aquí

Los museos no solo guardan muestras o especímenes interesantes; en sus colecciones se escriben también historias fascinantes e inspiradoras. Una de esas historias fue escrita por fray Andrés Langer, un dominico y naturalista alemán extraordinario, cuyo aporte a la historia natural de los valles cruceños apenas empezamos a dimensionar en su totalidad.

Conocí a fray Andrés una tarde de 1991 en el Museo Noel Kempff. A poco de ingresar como voluntario, había oído hablar de un ‘hermano’ de Pampagrande  que enviaba muestras al museo, cosa que me intrigó. La primera vez que lo vi, estaba sentado en un corredor, fuera del museo y fumando un cigarrillo. En actitud pensativa, su barba blanca destacaba; vestía una sotana, ajustada a la cintura y abarcas. Intenté abordarlo pero reaccionó con indiferencia, imagino que un joven primerizo no despertaba mucho interés, hasta que le pregunté si sabía algo de los trabajos del francés Teilhard de Chardin (Paleontólogo y evolucionista Jesuita), de ese modo nos conectamos y entablamos una conversación prolongada que sin duda fue más ilustradora para mí que para él. 

Fray Andrés dedicó alrededor de 24 años de trabajo voluntario y constante a colectar especímenes muertos que encontraba en la carretera o que centralizaba junto con sus feligreses en la Parroquia de Pampagrande, para luego enviarlos al Museo de Historia Natural Noel Kempff Mercado (ojo: ¡Hay un Museo de Historia Natural en Santa Cruz!). 

Las miles de colectas organizadas por él, etiquetadas, empaquetadas y en muchos casos identificadas, alimentaron las colecciones científicas de insectos, anfibios, reptiles, aves, mamíferos y plantas. Ocasionalmente enviaba también fragmentos de rocas, fósiles de invertebrados marinos y también material arqueológico, como fragmentos de cerámica y piedras pulidas. Especímenes por él colectados, resultaron nuevos para la ciencia y varios hacen honor a su nombre (Ej.: el cactus Sulcorebutia langeri, la culebra Clelia langeri o el escarabajo Athyreus langeri).

Al finalizar una de sus misas, mientras lo esperaba, le escuché decir con vehemencia: “Como les he dicho, no olviden recoger los bichos que encuentren muertos y entregármelos, he sabido que doña (…) recogió el esqueleto de un animal ¡y no lo ha traído a la parroquia!”.
Como persona fray Andrés era un hombre frontal. Fiel a esa estirpe de Dominicos de Teutonia que cuestionaron duramente la participación de la Orden en las Cruzadas Albiginenes contra los Cataros o más adelante en la Santa Inquisición, el fray era sin etiquetas e hizo una cruzada personal la protección del Parque Nacional Amboró.

En su parroquia de Pampagrande, pasamos veladas hasta muy de madrugada hablando sobre historia natural, evolución o cultura humana, y era obvio que el fray más que solo un colector de especímenes, era un intelectual acucioso, cuestionador y con una amplitud de mente excepcional. Han pasado poco más de tres años de su muerte acaecida a sus 77 años, y su nombre se adiciona a una lista de grandes naturalistas que han aportado silenciosa y tercamente a la ciencia de este país. Gracias fray Andrés.