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Se aproximan los que sin duda serán las elecciones más cruciales del último tiempo, los bolivianos escogeremos entre aceptar el afán del gobierno de perpetuarse ilegalmente en el poder o respetar el clamor ciudadano por la alternancia política. No obstante, a diario enfrentamos decisiones más importantes, cuyas consecuencias durarán toda la vida, como ¿qué carrera seguir, con quién contraer matrimonio o cuántos hijos tener? Con todo, la elección más trascendental consiste en saber en qué o a quién confiaremos nuestro destino eterno ya que sus efectos nos alcanzarán aún después de la muerte.

En dicha votación, a diferencia de las presidenciales, no es posible excusarse. Tampoco hay votos nulos o blancos, ya que todos elegiremos, sin excepción. Como en toda contienda electoral, somos bombardeados permanentemente con propaganda que abarca una amplia gama de creencias y que busca nuestro voto con distintas ofertas: que somos producto del azar y no existe un más allá; que con buenas obras podemos comprar nuestra entrada al paraíso; que la fidelidad a una religión nos salvará; que estamos en constante evolución para convertirnos en seres de luz; que el karma determinará nuestra vida en la reencarnación. Lo único cierto es que tenemos un Dios tan cercano que conoce aún el número de nuestros cabellos, y que quiso despejar todas esas dudas. Por eso, Jesús dijo de manera clara: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí”. No es que Él sea un camino más o que Él diga la verdad, sino que Él es el único camino y Él es la verdad. Más importante aún es que nos ama tanto que dio a su hijo “.....para que todo aquel que en Él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna”.

Las buenas nuevas son que hoy, no solo recordamos que Jesús murió en la cruz, tomando nuestro lugar por el justo castigo que merecíamos por nuestros pecados, sino que venció a la muerte. Él vive y nos dice a cada uno: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”. ¿Cómo responderemos a su llamado? ¿Abriendo nuestros corazones y reconociéndonos errados y necesitados de Él? o ¿cerrándolo con el cerrojo del orgullo y la auto-justificación? Esa es la verdadera elección de nuestras vidas.

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