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Me llamaron del periódico EL DEBER para preguntarme qué pienso sobre Rilda Paco y su imagen de la Virgen. El mismo día una amiga periodista me mandó un artículo sobre un tema similar, que salió en la prensa de Eslovenia, un país europeo y católico, mi patria anterior.
Así que, aunque quisiera cerrar los ojos y decirme a mí misma: “Qué te importa, no te metas”, no lo puedo hacer. Soy artista, soy mujer y me criaron como católica en un país con sistema comunista donde la fe no era bien vista.

Cuando llegué a Bolivia, mi nueva patria por elección libre, me chocó mucho ver cómo primero los milicos, con gafas Ray Ban verdes, y después los políticos, estos últimos sin gafas, juraban el futuro de sus acciones –y por lo tanto de la patria– delante del crucifijo en la mesa del Parlamento, que obrarían lo mejor que puedan y si no, Dios y, recién después, la patria y el pueblo los castigarían.
Ahora somos un estado laico y el crucifijo del Parlamento debe estar guardado en algún ropero o volvió a algún altar donde debió haber estado siempre. 

Ahora que ya no nos juzgan con la ley divina, sino de un estado laico y los temas religiosos pasaron a ser parte del dominio de los creyentes, aparecen artistas, como una tal Rilda Paco, que se atreven a burlarse de la Virgen. Y como no se sabe cuándo la castigará Dios por semejante herejía, lo haremos nosotros los carnavaleros, los bailarines, los devotos, la Iglesia y las instituciones públicas. La meteremos presa, si se puede, para que pague por su pecado.

Si fuéramos musulmanes, Rilda ya estaría muerta, como pasó con la gente de la revista Charlie Hebdo. Pero como somos católicos, ella tiene que autoculparse y tiene que pedir perdón.

Rilda es hija de minero, orureña, una mujer joven. Se la ve centrada y tranquila y cree en Dios, como confesó en la televisión diciendo que tiene la capacidad de reconocer sus pecados, una actitud sinceramente cristiana.
¡Pero si no cometió ningún pecado! Solo cuestionó nuestro accionar carnavalesco ¿Acaso las comparsas en Santa Cruz, que bailan, beben y coronan con la imagen de la Basílica Menor de San Lorenzo en sus casacas van a ir al infierno si no piden perdón por usar esta imagen?

¿Acaso la Gobernación mete juicio a los carnavaleros que beben y bailan con la Batalla de Florida pintada, con muertos y heridos, por Carlos Cirbián, además, sublimada sin su conocimiento?

Deberíamos aplaudir a esta joven artista Rilda Paco que con su obra expresó su punto de vista, nos cuestionó y nos provocó para que pensemos un rato. Esta es la función del arte, la de sentir y pensar. Y que nadie diga que estos 15 minutos de fama, que tanto propagó el gurú Andy Warhol, ayudarán a Rilda a vivir y a ganar mejor. Hay que defenderla, porque la causa lo merece y porque la artista está pasando por un momento muy difícil.

La libertad de expresión es, sin duda, algo que es discutible en todos los sistemas, y la libertad, la verdadera, no se amolda nunca a lo que dicta un sistema. Rilda ya estaría hecha una antorcha si viviera en tiempos de la Inquisición. Hoy en día los tiempos son duros también, son tiempos en los que hay que mirar adentro, en nuestros corazones, y preguntarnos: ¿será que esta artista merece semejante persecución? Al hijo de la Virgen lo crucificaron porque pensaba distinto. ¿Haremos lo mismo con Rilda?