Opinión

La vida tranquila

Guido Alejandro Arana Hace 4/16/2019 8:00:00 AM

En el mundo pasan cosas increíbles. Pasan cosas para que alguien las cuente, para que no se las lleve el viento ni la embriaguez del mundo acelerado, para que alguien las lea, las escuche, las mire. Hay quienes las cuentan empujados por ese viento que lleva el montón de memorias descarriadas y sin dueños. El otro día terminé La vida tranquila, de Marguerite Durás, un libro que encontré en una librería de Sabadell una tarde helada del último invierno. Lo estuve leyendo sorbo a sorbo porque sabía que corría el riesgo de llegar a ese lugar que a veces temo: el duro golpe de la última página. Así fue. Como con tantas otras historias me sentí tremendamente huérfano al despedirme. Atrás quedaron el mar que golpeaba la playa, la lluvia eterna que mojaba vidas y campo y el quejido de Jérome que murió en su cuartito solitario sin lutos ni tristezas y con secretos que se guardan para siempre. Hasta que miré la biblioteca y también la montañita de libros que soporta le mesa de noche y a Marguerite la dejé ir tranquila a buscar otros lectores que en realidad ella no los busca sino que son ellos que la encuentran.

No solo los libros. Recordé también las películas que andan por el mundo aguardando que uno las vea, las sienta, las despierte de su modorra, las saque a pasear por la mismísima vida. Ellas aguardando, como aguardan los aviones en el cielo la orden para aterrizar, mientras otros lo hacen, mientras otros decolan.

En el mundo pasan cosas increíbles y están ahí quienes las pintan y las bailan y las sueñan. El otro día me enviaron manuscritos de dos novelas y celebré la gestación de futuros nacimientos y golpeó mi puerta un documental soberbio que me mantuvo en su cápsula del tiempo por dos horas, mostrándome nuestro planeta con sus ballenas voluptuosas y sus cebras danzarinas, sus pingüinos elegantes y sus mares de viajeros.

En este mundo se viven cosas increíbles y sencillas: recordar cómo suena el silbato del tren que en la madrugada viaja a paso de caballería, alumbrado por sus faroles de luna llena, o escuchar a Frederic Chopin un domingo de sol, o cebar el poro de yerba mate mientras el gato se lame la cola o pensar en un poema de Bukowski que siempre recuerda que el viento trae nuevos recados. Imaginar a un lector del diario, concentrado en un reportaje, como se concentraba papá con un libro que encontraba en la casa de tía Dorita donde los domingos con mamá y mis hermanos íbamos a visitarla, a sentarnos bajo esa planta de pomelo.